El gato está en huelga - Capítulo 148
Por supuesto, todo aquello solo sería posible si Greus daba su consentimiento. Ries, con el corazón encogido, miraba al hombre sentado frente a él.
Greus, tras un instante de vacilación, asintió con la cabeza.
—En los tiempos en que la voz de los dioses alcanzaba la tierra, los sacerdotes dotados de un poder sagrado puro podían, al elevar sus plegarias, recibir en ocasiones una respuesta divina. Pero desde que la calamidad surgida del mar cubrió al Imperio, ya no existe nadie capaz de escuchar aquella voz…
De soslayo, fijó sus ojos en Ries, que lo contemplaba con ansia.
—Si se trata de usted, y de nadie más, quizá sea posible. Haré todo lo que esté en mis manos para ayudar.
—…Gracias.
—Antes de eso, ¿podría permitirme una sola petición?
—¿Una petición?
Era inevitable que la tensión se filtrara en su semblante sereno.
Una petición del sumo sacerdote… Ries temía lo que pudiera pedirle, aunque lo que Greus acabó planteando resultó ser tan trivial y nimio que apenas merecía ser sopesado.
—No tiene por qué ponerse nervioso. Es solo una pregunta que deseo hacerle.
—Si es algo que pueda responder…
—¿Qué piensa solicitar al dios?
…Una cuestión que para cualquiera podría parecer insignificante, pero que para Ries era capaz de atravesar el corazón.
Sintió como si su mayor preocupación, aquella que ocupaba por completo su mente, hubiera sido expuesta sin previo aviso.
—……
Ries apenas pudo articular sonido; sus labios se abrieron y cerraron en silencio. Sus ojos redondos vagaron sin rumbo por el vacío, hasta que finalmente se posaron en la persona a su lado.
—Ya veo.
Aunque no pronunció palabra, aquella reacción bastaba como respuesta. Greus, que comprendió sin dificultad el trasfondo, no insistió más y se limitó a esbozar una sonrisa suave.
Con una mirada cálida, semejante a la de un abuelo contemplando a sus nietos, observó alternativamente a los dos que permanecían sentados juntos. Uno fingía desviar la vista mientras no dejaba de estar atento; el otro seguía pendiente de cada gesto del compañero. Ambos se parecían demasiado.
Greus dejó escapar un murmullo y prosiguió:
—Hmm… Para hacer que mi poder sagrado entre en resonancia con otro, se requiere cierta preparación. Según los registros, hay algunas cosas que deben disponerse para aumentar la probabilidad de escuchar la voz divina. ¿Podrían darme un poco de tiempo?
—¿Eh? Bueno, claro…
—Aunque no sería correcto dejarlos aquí sin más, así que les recomendaré un lugar al que puedan ir mientras tanto.
La respuesta, que avanzaba con desgana, se cortó de golpe. Ries abrió los ojos de par en par.
Estaba a punto de decir que no era necesario, pero las palabras se deshicieron en su boca antes de llegar a formarse.
—El mar que custodia el templo es famoso por su hermosura. En este momento, es probablemente el lugar del Imperio donde más permanece la fuerza sembrada por Thalassa.
—Ah…
—Según crónicas que se estiman anteriores incluso a la fundación del Imperio, se cuenta que varios dioses contemplaron estas tierras desde lo alto. Contrasta bastante con el hecho de que hoy solo quede una divinidad vinculada a los humanos.
Greus tomó un sorbo de té antes de continuar.
—Existen registros dispersos sobre ellos. Como ejemplo destacado, podemos mencionar a la diosa de la luna, Luyanah.
—……
—Se dice que ella era hermana de Thalassa, la diosa del mar, y que mantenían una relación muy estrecha. Al quedar apenas unas líneas en los textos, muchos lo consideran un rumor sin fundamento; pero yo creo que es cierto. Ese mar del que hablo es la prueba.
Sonrió con dulzura. Ries, absorto en la narración, giró la cabeza casi sin darse cuenta hacia la dirección en que sentía cercano el mar.
—Quizá por la relación entre ambas, en los días en que el poder de la luna se intensifica, las olas del mar brillan como si esparcieran joyas. Los sacerdotes de antaño, al contemplar aquel espectáculo, bautizaron esas aguas con el nombre singular de “Mar de las Joyas”.
A esas alturas, era imposible no comprender hacia dónde se dirigía Greus.
“Seguro que quiere que vaya a verlo junto con Justin.”
En otras circunstancias, Ries lo habría rechazado sin más. Con el resentimiento que aún guardaba hacia Justin, aceptar aquella propuesta no le resultaba sencillo.
Sin embargo, cuanto más escuchaba, más se inclinaba su juicio hacia un lado.
“Un mar que brilla como joyas… debe de ser hermoso.”
Tal vez Greus percibió la vacilación en sus labios titubeantes, porque añadió la estocada final:
—Justo se acerca la luna llena, así que podrán observar el mar en todo su esplendor.
—¿De verdad? Debe de ser hermo… no, eso no. Lo que pasa es que no me agrada demasiado la multitud…
—Precisamente por temor a que se aglomere demasiada gente, el acceso al mar se abre solo en horarios limitados. Por fortuna, ahora mismo es un tiempo sin visitantes. En condiciones normales estaría prohibido acercarse, pero ustedes son mis invitados especiales, así que les abriré el camino.
—……
El rostro de Ries se estremeció visiblemente.
En realidad, esa era su mayor preocupación. Él podía soportarlo, pero ¿Justin? No parecía alguien que disfrutara de lugares abarrotados.
“Claro que si yo se lo pido, vendrá sin protestar.”
Eso era muy propio de Justin, y al mismo tiempo, esa constancia le despertaba una punzada de fastidio que le subía por los pies. Quizá por el conflicto reciente.
Sea como fuere, mientras Ries se debatía en esas dudas, Greus las disipó de un solo golpe.
—…Iremos.
Al final, Ries respondió con una voz cansada, como quien admite la derrota. Fuese casualidad o intención, lo cierto es que no quería dejar escapar una oportunidad tan valiosa.
Al ver la expresión de Greus, como si ya hubiera previsto aquella reacción, la vergüenza de Ries se duplicó. La mirada bondadosa del sacerdote recordaba demasiado a la de un adulto que observa con paciencia a un niño caprichoso.
“……Al final me ha descubierto, ¿verdad?”
Le vino a la mente el momento en que había entrado en aquel lugar y se había enfrentado al sumo sacerdote. Cuando le preguntó si había discutido, Ries respondió con descaro que no, aunque incluso él mismo sabía que era una excusa pobre, difícil de creer.
Por eso, todo aquello no era más que una muestra de generosa consideración. La propuesta de pasear junto al mar formaba parte de esa misma benevolencia, sin duda alguna.
“Al fin y al cabo, aunque recibí la invitación primero, quien está recibiendo la ayuda soy yo.”
La culpa y la incomodidad se enroscaban lentamente en su pecho. Ries, tras mover los ojos un instante, observó a Greus. Quería descubrir si había alguna manera de devolverle el favor, pero lo que acabó saliendo de su boca fue una pregunta inesperada, casi absurda.
—Sé que es una pregunta extraña… ¿tiene algún problema de salud?
—¿Eh?
La respuesta fue, como era de esperar, un gesto de desconcierto y una réplica cargada de sorpresa.
No obstante, al poco tiempo, Greus suavizó su expresión.
—Je, ¿se preocupa por mí? Es cierto que, por mi edad, no puedo decir que tenga la misma energía que ustedes dos, pero en comparación con mis contemporáneos, me mantengo bastante vigoroso. Puede dejar de lado esa inquietud.
—……
Y era verdad.
Su rostro mostraba arrugas marcadas, pero quizá por la fuerza sagrada que portaba, o por el cuidado que dedicaba a sí mismo, siempre irradiaba serenidad y claridad. Sus ojos brillaban con vitalidad.
Entonces, ¿por qué había pensado en algo tan fuera de lugar? Ries asintió, aunque no logró disipar del todo la ligera incomodidad que persistía en su interior.
Antes de seguir al sacerdote que había venido a guiarlos, volvió a mirar a Greus una vez más.
—De todos modos, tenga cuidado.
—……Siempre lo haré.
Al dejar aquella última advertencia, Ries se sintió algo más tranquilo. Aunque la respuesta de Greus vino acompañada de un silencio prolongado que le llamó la atención, no pasó de eso.
Pronto, las imágenes y preocupaciones relacionadas con la excursión —o algo parecido a un paseo turístico— irrumpieron como una marea en su mente, arrastrando consigo todos los pensamientos que hasta entonces lo ocupaban.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
—¡Guau…!
Ries olvidó su malestar y se dejó llevar por la admiración ante el espectáculo que se desplegaba frente a sus ojos.
No era la primera vez que veía aquel mar. Al llegar al templo y descender del carruaje, lo había contemplado de manera superficial.
El murmullo de las olas que cosquilleaban sus oídos, la vasta línea de la costa… Pero ahora, al acercarse tanto, descubría detalles que antes habían pasado desapercibidos.
El sonido de las olas, más nítido, parecía el murmullo alegre de aguas que conversaban entre sí, o el canto desordenado de voces que intentaban armonizar una melodía.
Ries se acuclilló justo en el punto donde las olas apenas alcanzaban a rozar, observando con atención su movimiento. La espuma blanca que se filtraba en la arena parecía un puñado de perlas puras, sin una sola impureza.
Aunque, más que nada, lo que atrapaba su mirada era aquello:
“Qué hermoso. Brilla de verdad…”
El mar resplandecía con destellos multicolores cada vez que las olas se agitaban. Era un espectáculo extraño y fascinante, del que resultaba imposible apartar los ojos.
Si de verdad estaba influido por la luna, verlo de noche debía de ser aún más cautivador.
“¿…Debería decirle a Justin que vengamos la próxima vez?”
Apenas formuló el pensamiento, la voz de Justin sonó a su espalda.
—Ries… Si te acercas demasiado, las olas podrían mojarte los zapatos. Mejor si te apartas un poco y te sientas aquí…
—¿Otra vez vas a poner tu abrigo en el suelo? No hace falta. Esta vez me llenaré de arena, y ya está.
Al mirarlo de reojo, descubrió que Justin, incapaz de contenerse, ya se estaba quitando la chaqueta. La protesta salió de su boca con un tono malhumorado.
Al final, Justin quedó en una postura incómoda: ni volvió a ponerse la prenda ni se atrevió a extenderla sobre la arena.
De haber estado presente el sacerdote que los guiaba, habría dudado de sus propios ojos al contemplar semejante escena.
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Hola muchas gracias a todos por leer en Newcat ♥