El gato está en huelga - Capítulo 144

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—¿Sacerdotisa Diana? ¿Qué haces aquí?

 

—Tenía un asunto cerca y al pasar por aquí sentí una presencia. Como casi nadie usa este pasillo, pensé que podría ser algo importante. ¿Acaso me preocupé sin motivo?

 

El sacerdote encargado de guiar al visitante frunció el ceño con desagrado, pero quizá por la explicación tan cortés, no pudo reprenderla. En su lugar, señaló con un leve gesto de cabeza a Justin, que se encontraba detrás, y añadió:

 

—Te lo agradezco, pero ha sido una falsa alarma. Como ves, estoy guiando a un invitado. ¿Podrías dejarnos solos?

 

—Por supuesto. Aunque…

 

La mirada de Diana siguió la dirección de su gesto. Asintió como si comprendiera, pero no parecía tener intención de marcharse sin más.

 

—¿Podría concederme un momento para hablar con el duque?

 

—…Sacerdotisa Diana. ¿Qué significa esto?

 

El rostro del sacerdote se endureció. Su voz, que se filtró entre los dientes, era tan rígida como su expresión.

 

¿Acaso había recibido un mensaje de Greus? ¿O tal vez los rumores ya se habían esparcido por el templo? Fuera como fuera, actuaba como si ya conociera el conflicto entre Diana y Justin.

 

Estaba a punto de reprenderla, pero fue Justin quien se adelantó. Había observado en silencio el tenso intercambio entre ambos, y ahora intervenía:

 

—Si es solo un momento, puedo escucharla.

 

—…Entendido. Si así lo desea, me retiraré un instante.

 

—No es necesario. Será breve.

 

No había hostilidad en su tono, pero sí una firmeza inquebrantable. En otras palabras, no esperaba absolutamente nada del otro.

 

Tal vez por eso, o tal vez porque lo entendía perfectamente, los labios bien delineados de Diana parecieron torcerse por un instante. Pero cuando parpadeó, todo rastro de ello había desaparecido, dejando solo un rostro sereno.

 

—Lamento mucho detenerlo cuando seguramente está ocupado, duque. Pero… esta vez, de verdad quería disculparme como corresponde.

 

Se acercó con pasos suaves y se inclinó con respeto. Sus cejas, caídas con pesar, transmitían una sincera expresión de arrepentimiento.

 

—¿Disculparte?

 

—Sí. He sido muy grosera, ¿verdad? Estaba pasando por un momento difícil, muy sensible por asuntos personales, y sin darme cuenta terminé exigiéndole cosas que no debía.

 

Su rostro al alzarse era sereno, y en sus ojos parpadeantes ya no se percibía aquella obsesión desmedida que antes lo había inquietado. Luego, como si eso fuera todo lo que tenía que decir, dio un paso atrás.

 

—Eso era lo único que quería expresarle. ¿Se dirige a ver al Sumo Sacerdote, verdad? No quiero incomodarlo más, así que me retiraré. Pero si alguna vez resulta herido y debe venir al templo, por favor, no dude en buscarme.

 

No parecía haber falsedad ni intenciones ocultas. Tal vez por eso, Justin entrecerró los ojos tras su máscara negra, observándola con atención.

 

Pero Ries no pensaba lo mismo.

 

‘Mentira.’

 

Sus ojos, aún tensos, escudriñaron el otro lado del pasillo. Desde el momento en que ella apareció, Ries no había podido apartar la vista de las presencias que revoloteaban a su alrededor.

 

Bastaba con concentrarse un poco, con enfocar la mirada, para percibirlo: algo que flotaba en el aire. Una niebla negra, tan densa y viscosa que bastaba con verla para sentir un escalofrío, palpitaba justo donde debería estar el corazón de la mujer, ocultando su rostro sonriente.

 

“Está peor que antes.”

 

A simple vista, parecía alguien que había renunciado a sus deseos y aceptado la realidad. Pero la malicia que se agitaba en el cuerpo de Diana era más espesa que nunca.

 

“Y además… hay algo en ella que se siente extrañamente ajeno.”

 

Esa sensación extraña, difícil de nombrar, lo incomodaba aún más. ¿Estaría tramando algo? ¿O simplemente había aprendido a ser más astuta?

 

Incluso en medio de su frustración, una parte de él sentía un cosquilleo en las manos.

 

“…Solo un golpecito, uno nada más.”

 

Si lograra disipar aunque fuera una fracción de esa malicia, sin duda sería un gran avance en la curación de Justin.

 

Si en ese momento Ries hubiera tenido forma de gato, no habría dudado en lanzar un zarpazo. Después de todo, a las mascotas se les perdonan ciertos arrebatos.

 

Pero lamentablemente, Ries tenía ahora forma humana. Si actuaba por impulso, no solo él saldría perjudicado, sino también la reputación social de Justin.

 

Así que no tuvo más remedio que dejar marchar a Diana, que se retiraba con docilidad tras ofrecer sus disculpas.

 

Cuando sus pasos suaves dejaron de oírse, el sacerdote que estaba junto a él se llevó la mano al entrecejo y murmuró:

 

—Huu… Las disculpas deben ofrecerse cuando el otro está listo para recibirlas. Le daré una advertencia por lo ocurrido hoy, así que le ruego que no la juzgue con demasiada dureza.

 

—No hay problema, no te preocupes. Pero me gustaría que reanudáramos la visita.

 

—Por supuesto. Sígame, por favor.

 

Su rostro, antes sombrío, se iluminó apenas. Parecía haber comprendido que Justin no pensaba hacer un escándalo por lo sucedido.

 

Esta vez, sus pasos eran más decididos, como si por fin se dirigieran al lugar donde residía el Sumo Sacerdote. Ries lo siguió, mientras cavilaba en silencio sobre cómo podría darle un golpe a Diana sin ser descubierto.

 

  ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

 

—Así que han llegado. Los estaba esperando.

 

El lugar al que los condujo el sacerdote era una pequeña sala de recepción anexa a una capilla.

 

No era especialmente amplia, pero tenía todo lo necesario. Además, tras atravesar un largo y serpenteante pasillo, el ambiente adquiría un aire de confidencialidad casi ceremonial.

 

Sin embargo, lo que más llamaba la atención era evidente: por ejemplo, Greus, sentado con elegancia, esperándolos con una taza de té ya servida.

 

Tal vez interpretó el saludo cortés como un “¿por qué han tardado tanto?”, porque el sacerdote, tras hacer una profunda reverencia, se retiró apresuradamente de la sala.

 

—Pensaba ofrecerles una taza de té por las molestias… pero parece que tenía más prisa de lo que creía. ¿Ocurrió algo en el camino?

 

—Nada en particular.

 

Aunque, por la expresión de decepción que no logró ocultar Greus, parecía que su suposición había sido errónea.

 

Justin, al parecer, no tenía intención de hablar sobre el asunto de Diana, así que tomó asiento tal como se le había sugerido. Ries hizo lo mismo.

 

La única diferencia entre ambos era la mirada. Apenas se sentaron uno junto al otro, una mirada tan intensa como pegajosa se clavó en él con una presencia abrumadora.

 

Aunque, por suerte, solo fue por un instante.

 

—¿Es usted el miembro de la tribu felina que vi aquella vez, verdad? Nunca lo había visto en esta forma, así que me temo que he sido descortés.

 

—¿Eh? N-no, está bien, por favor, no se incline así.

 

El Sumo Sacerdote, con los ojos arrugados por la edad y una sonrisa amable, se inclinó profundamente mientras ofrecía una disculpa formal. Ver a un anciano tan mayor hacer eso le provocó una incomodidad repentina.

 

—¿Se preocupa por este viejo? Ya lo había notado antes… Tiene usted un corazón bondadoso. Me tranquiliza saberlo.

 

—…Solo me resultó incómodo, eso es todo.

 

—Aun así, se agradece.

 

—Tiene razón.

 

Y para colmo, Justin, que había permanecido en silencio hasta entonces, decidió intervenir justo en ese momento.

 

Como resultado, el calor comenzó a subirle por las orejas. Abrumado por una vergüenza que crecía sin control, Ries bajó la cabeza instintivamente.

 

Afortunadamente —o tal vez no tanto—, no hubo más intercambios similares después de eso. Como si quisieran disipar la tensión, todos se dedicaron a tomar sus tazas de té en silencio, uno tras otro. Ries también probó el contenido de la suya.

 

Lo primero que percibió fue el aroma de frutas secas. Al saborearlo con calma, un delicado perfume floral se deslizaba por encima, envolviendo el paladar. También le agradó el leve dulzor de la miel, apenas perceptible, pero reconfortante.

 

El calor y el sabor agradable le aflojaron un poco el cuerpo. Como si hubiera estado esperando ese momento, Greus habló de nuevo solo después de vaciar la mitad de su taza.

 

—Como mencioné antes, en el templo contamos con un medio para identificar qué tipo de bendición habita en usted, señor Elton… o mejor dicho, en el miembro de la tribu felina.

 

—Solo quiero asegurarme de que no le causará ningún daño a Ries.

 

—Por supuesto. Es un objeto que se utilizaba con frecuencia en tiempos antiguos, cuando las bendiciones divinas eran más comunes. Según los registros, no hay casos documentados en los que haya causado daño alguno. Puede estar tranquilo.

 

Poco después, Greus se puso de pie. Las tres tazas estaban ya vacías hasta el fondo.

 

—Síganme, por favor. Los guiaré al lugar donde se encuentra el artefacto sagrado.

 

Aunque usó la palabra “guiar”, en realidad no caminaron más que unos pocos pasos antes de llegar a su destino.

 

Una capilla contigua a la sala de recepción. No se percibía presencia humana alguna, lo que le daba un aire extraño, pero al mismo tiempo, esa misma quietud le confería una sensación de santidad.

 

—Este lugar fue utilizado en tiempos remotos por los altos sacerdotes para elevar sus plegarias a la divinidad. Hoy en día, ha quedado relegado a simple almacén de reliquias olvidadas.

 

Greus avanzó lentamente hasta situarse frente a la estatua en el centro de la capilla. Ries, sin darse cuenta, alzó la vista para observarla con atención.

 

Una mujer de ojos cerrados abrazaba algo redondo entre sus brazos. Su cabello, ondulante como las olas, caía sobre ello como si lo envolviera. A excepción del leve desgaste del color, era una escultura tan delicada que provocaba admiración con solo mirarla.

 

—Es el artefacto sagrado.

 

—Así es. En los tiempos en que aún se hablaba con los dioses, cien escultores dedicaron diez años de sus vidas a tallar esta imagen en honor a la diosa del mar. Se dice que Thalassa, conmovida por tal devoción, otorgó su bendición directamente a esta figura.

 

El Sumo Sacerdote se volvió entonces. Sus ojos, tan claros que parecían atravesar el tiempo vivido, se posaron en Ries sin encontrar obstáculo alguno.

 

—Extienda su mano, por favor.

 

—…

 

Ries tragó saliva con dificultad.

 

Tenía las palmas empapadas de sudor. Como siempre que se sentía inseguro, su mirada buscó primero a quien permanecía firme a su lado.

 

—Todo está bien. Estoy contigo.

 

Justin respondió sin dudar. Su mano, limpia y sin rastro alguno de aquellas venas oscuras, acarició suavemente su mejilla.

 

Tum, tum. El corazón, que latía con violencia descontrolada, comenzó a calmarse a una velocidad asombrosa.

 

¿Fue por esas palabras que prometían quedarse a su lado? ¿Por la caricia afectuosa en la mejilla? ¿O por esos ojos rojos que, pese a sus palabras tranquilizadoras, no lograban ocultar su propia inquietud?

 

“Parece más preocupado que yo.”

 

Toda su ansiedad de antes casi se le escapa en una risa. Tener a alguien que se preocupa más por ti que tú mismo… eso era exactamente lo que significaba.

 

Pero tal vez Justin interpretó su silencio como duda, porque no se detuvo ahí. Con urgencia, añadió otra frase:

 

—¿Quieres que te tome la mano?

 

—Te están pidiendo que la extiendas.

 

—…Ah.

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