El gato está en huelga - Capítulo 145

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Justín miró su mano una vez, luego la estatua frente a él, y finalmente clavó la mirada en Greus con una intensidad que parecía atravesarlo.

 

¿Acaso percibió en esa mirada un atisbo de duda? El sumo sacerdote respondió con una voz cargada de una sonrisa apenas contenida:

 

—Una sola mano basta para tocar la estatua. Hacedlo como deseéis.

 

Era, en esencia, un permiso.

 

Un frescor templado se deslizó de inmediato por la palma de su mano. Ries bajó la vista y contempló las dos manos entrelazadas con una precisión que parecía natural.

 

—¿Te incomoda?

 

—No, para nada.

 

Movió los dedos entrelazados sin razón aparente. Era la mano de Justín, después de todo. No había forma de que le resultara incómoda. Lo que se expandía cálidamente en su pecho era, sin duda, un alivio nítido.

 

—Huu…

 

Inspiró hondo y volvió la mirada hacia la estatua frente a él. Desde que se acercaban al templo, había sentido que tal vez descubriría algún secreto oculto en su propio cuerpo.

 

Quizá esa ansiedad sin causa nacía de ahí. Pero… ahora estaba bien. Fuera lo que fuese, sabía que el calor que sentía en su mano lo sostendría con firmeza.

 

Siguiendo las palabras de Greus, Ries extendió la mano hacia la estatua. Al tocar su superficie fría y tosca, su piel se estremeció de forma instintiva.

 

—Ahora, cierre los ojos.

 

Obedeció, cerrándolos con suavidad.

 

—Permanezca quieto. No intente ver nada, no busque nada. Pero si, al soltar por completo su corazón, escucha un sonido… sígalo. Ese será el que lo guíe por el camino correcto.

 

Las palabras fluían, ambiguas, como si se deshicieran en el aire. ¿Será cosa de sacerdotes?, pensó. Todo parecía demasiado vago… y sin embargo, en algún momento, tal como él había dicho, algo comenzó a oírse junto a su oído.

 

Frunció el ceño, concentrando todos sus sentidos, y lo siguió. El sonido, al principio incomprensible, fue tomando forma poco a poco.

 

«¿…El sonido del mar?»

 

Y justo cuando logró identificarlo…

 

Una sensación de caída sin fondo lo envolvió de golpe. Como si su conciencia se precipitara hacia lo más profundo.

 

«¡…!»

 

Sintió que el suelo bajo sus pies desaparecía, y el vértigo le apretó el pecho. Olvidando la advertencia de Greus de mantener los ojos cerrados, Ries los abrió de golpe.

 

«¿No… veo nada?»

 

Pero su campo visual, donde debería haber luz, seguía completamente negro. Una oscuridad sin fin, imposible de medir, despertaba un miedo primitivo que ningún ser vivo podía ignorar.

 

El impulso de retroceder lo invadió con fuerza. Lo único que lo mantenía en su sitio era el calor persistente en su mano izquierda, aún perceptible a pesar de sus sentidos entumecidos.

 

«Justín sigue aquí, a mi lado.»

 

Movió con fuerza la mano entrelazada. Aunque la sensación estaba algo amortiguada, como si algo la hubiera bloqueado por un instante, podía notar con claridad que el agarre del otro se había hecho más firme.

 

Eso solo podía significar una cosa: esto no era la realidad. Y al pensarlo así, las emociones que hasta entonces se agitaban sin control comenzaron a calmarse poco a poco.

 

Fue entonces cuando, sobre el murmullo de las olas, comenzaron a superponerse otros sonidos.

 

―■■…….

 

Un susurro deshecho, irreconocible, sin forma ni dueño. Pero su cuerpo lo supo al instante: debía escuchar eso.

 

Otra vez, una voz sin rostro rozó su oído.

 

―■… te… bend■■■.

 

Esta vez, era un poco más clara.

 

Otra vez.

 

―Te… bendec■■.

 

Ahora podía entender casi todo.

 

Otra vez.

 

―Te bendigo.

 

Cuando esa frase se repitió por tercera vez, la voz extraña ya no se quebraba entre palabra y palabra, ni se deshacía al final. Era nítida.

 

Una familiaridad inexplicable se deslizó hasta la punta de sus dedos. Esa voz… esas palabras… las había oído antes. Rebuscó en los rincones borrosos de su memoria.

 

«Sí…»

 

Al recordarlo, supo que era cierto.

 

Habían pasado tantas cosas desde entonces, que en algún momento se había borrado de su mente. Solo necesitaba un detonante. Y ahora, ese recuerdo sepultado emergía como una marea.

 

Fue el día en que descubrió que podía transformarse en humano.

 

―Te bendigo.

 

―A ti, que marchitarás anhelando lo que fuiste…

 

Bajo la luna llena, Ries había escuchado esa voz, con la mayoría de sus palabras aún distorsionadas. En aquel momento, la sorpresa de su transformación lo había abrumado tanto que pronto lo olvidó… o creyó haberlo hecho.

 

«…No. No es solo eso.»

 

Negó con la cabeza, aferrándose al hilo de sus pensamientos antes de que se desvanecieran.

 

No fue solo aquel día. Estaba seguro de haber oído esa voz otra vez. Y ahora que la había reconocido, le resultaba imposible ignorarla, como una astilla bajo la uña.

 

Entonces, de pronto, como si alguien hubiera encendido una llama en la mecha del recuerdo, lo olvidado se volvió claro.

 

―Te bendigo.

 

―A ti, que marchitarás anhelando lo que fuiste…

 

―A ti, que en la tierra de los dioses marchitos harás florecer lo que fue perdido…

 

El día en que se desmayó tras enfrentarse a Edler, lo recordó con claridad. Justo cuando su conciencia se apagaba, una voz dulce le susurró al oído, apenas audible.

 

Y entonces ocurrió. Un estruendo metálico, agudo, como el quiebre de un cristal, le dio la ilusión de que la neblina que cubría su mente se hacía añicos de golpe.

 

Al mismo tiempo, aquella voz que había escuchado tantas veces regresó como una marea, inundando su interior.

 

―A ti, que marchitarás anhelando tu vida anterior, te doy el olvido.

 

―A ti, que titubeas al hacer florecer algo en tierras extrañas, te doy esperanza.

 

―A ti, que temes caer y herirte en el sendero de espinas, te doy fortaleza.

 

Su visión se sacudió, los ojos le ardieron como si fueran a salirse de sus órbitas, y el aliento se le atascó en la garganta. Como si estuviera sumergido en aguas profundas, sus brazos y piernas perdieron toda sensibilidad.

 

Sus labios se movían en silencio, sin que saliera sonido alguno. Debería sentirse angustiado, y sin embargo… no era exactamente así.

 

¿Será esto lo que siente un feto en el líquido amniótico? Se dejó llevar por ese pensamiento absurdo, como si estuviera hechizado.

 

—…s.

 

—……

 

Una voz tenue flotó en el aire. Era grave y profunda, muy distinta a la que le había transmitido las bendiciones… pero, sin duda, más cálida.

 

—…¡Ries!

 

Y en ese instante, la conciencia de Ries emergió con violencia. Como si una mano firme lo hubiera tomado desde lo más hondo y lo arrastrara de vuelta a la superficie.

 

  ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

 

—¡Ah!

 

Abrió los ojos de golpe.

 

A diferencia de antes, la luz del sol atravesaba la ventana y le hería los ojos. Poco a poco, las sensaciones físicas comenzaron a regresar.

 

Los pies firmes sobre el suelo, la superficie fría y lisa de la estatua bajo sus dedos, y… la otra mano, aún entrelazada con la suya.

 

Siguió con la mirada el contacto de sus dedos hasta encontrarse con Justín.

 

—¿Estás bien? Te pusiste pálido.

 

—¿Ah, sí? Pues yo diría que tú estás más pálido que yo.

 

Y lo decía en serio.

 

No sabía cuán descompuesto estaba su propio rostro, pero al menos parecía estar en mejor estado que Justín. La piel que se asomaba bajo su máscara estaba completamente lívida.

 

—¿Cuánto tiempo estuve así?

 

—No mucho. Tu expresión cambió, tu respiración también… por eso te llamé. ¿Acaso… te interrumpí?

 

Ries se quedó rumiando la primera parte de su respuesta.

 

—¿No mucho…?

 

Aunque en aquella oscuridad donde no podía ver absolutamente nada sintió haber pasado varios minutos…

 

No tuvo tiempo de detenerse demasiado en esa idea. Justo frente a él estaba su amante, acumulando preocupación como si construyera una montaña, creyendo que algo había salido mal.

 

—No… Creo que ya he visto todo lo que debía ver.

 

Pero su respuesta se fue apagando poco a poco hacia el final.

 

«Olvido, esperanza, fortaleza.»

 

Ries volvió a evocar la voz que, en aquel espacio al que fue arrastrado al tocar la estatua, le había recitado las bendiciones que le fueron otorgadas.

 

Pensó que, al saberlo, al menos podría deshacerse de esa sensación incómoda. Pero ni siquiera eso había logrado. Apretó los labios con fuerza y desvió la mirada.

 

Entonces sus ojos se cruzaron con los de alguien que había estado observando desde un paso atrás. Greus habló como si hubiera estado esperando ese momento.

 

—¿Ha descubierto todo lo que deseaba saber?

 

—…Sí. Gracias a usted.

 

—Entonces me retiraré primero. Puede quedarse cuanto desee, no se sienta presionado. Cuando todo esté en orden, por favor, vuelva a buscarme.

 

Con esas palabras, Greus se alejó. No parecía tener la menor preocupación por dejar una reliquia sagrada al alcance de unos visitantes forasteros.

 

—Ries.

 

Estaba observando esa escena con extrañeza cuando una voz lo llamó de nuevo a la realidad. Al volver la vista, Justín seguía con el rostro lleno de preocupación.

 

—¿Qué fue lo que escuchaste?

 

—…

 

—No, no quise presionarte. Pareces abrumado, no debí preguntar. Si no quieres contarlo, no tienes que hacerlo.

 

Seguía sujetándole la mano, y con la otra le acarició suavemente el contorno del ojo. Luego, como si se corrigiera a sí mismo, bajó la mirada.

 

—¿Nos sentamos un momento?

 

Y sin esperar respuesta, se quitó la capa y la extendió en el suelo. Lo hizo con tal agilidad que Ries apenas pudo seguir el movimiento con la vista.

 

Ries murmuró, apenas moviendo los labios:

 

—…Está limpia.

 

—El suelo está frío. Así me quedo más tranquilo.

 

Al final, no tuvo más remedio que sentarse sobre la capa de Justín. Gracias a eso, el nudo en su interior comenzó a aflojarse, aunque fuera un poco.

 

—…

 

—…

 

Justín no volvió a preguntar nada sobre lo ocurrido tras tocar la estatua. Parecía decidido a cumplir su palabra: no insistir si Ries no quería hablar.

 

El silencio que se instaló entre ellos no era incómodo. La capa bajo él, que aún conservaba el calor de Justín, parecía transmitirle ese calor como si fuera suyo.

 

«Tengo que decirlo.»

 

No tenía intención de quedarse callado.

 

Olvido, esperanza, fortaleza. Las bendiciones transmitidas por aquella voz —que sin duda pertenecía a la diosa—, aunque hasta ahora no las hubiera reconocido, debían de haber sacudido su vida desde sus cimientos.

 

Y entre todas, había una que no dejaba de resonar en su mente.

 

«Olvido.»

 

Repetía esa palabra para sí, una y otra vez, incapaz de aceptar su sonoridad.

 

Pero no era porque hubiera perdido todos los recuerdos de su vida anterior, antes de despertar en este cuerpo.

 

«Si lo hice una vez… ¿no podría volver a hacerlo?»

 

Lo que realmente lo aterraba era la posibilidad de olvidar —sin quererlo, sin poder evitarlo— el tiempo que había compartido con Justín. Así como había olvidado su vida pasada, temía que también pudiera perder esos momentos, arrancados de su memoria por una voluntad ajena.

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