El gato está en huelga - Capítulo 146

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Hasta que volvió a abrir la boca, Justin permaneció en silencio a su lado.

 

Debía de tener mil preguntas, pero su expresión no cambió en ningún momento. Parecía que hablaba en serio cuando dijo que no tenía que contar nada si no quería.

 

Precisamente por eso, Ries pudo reunir el valor para hablar.

 

—Creo que escuché la voz de la diosa.

 

Pero no se atrevía a mirar a Justin de frente, así que se acurrucó abrazando sus rodillas.

 

Olvido, esperanza, perseverancia. Pronunció esas tres palabras una a una. Mientras observaba de reojo cómo el rostro de Justin se iba endureciendo poco a poco, al final acabó por esconder la cara entre las rodillas.

 

—Y además, ¿sabes…?

 

Antes de continuar, Ries tomó aire lentamente. Lo que estaba a punto de confesar no era solo eso.

 

—¿Recuerdas que te dije que antes de conocerte viví en casa del marqués de Merillin?

 

—Sí. No lo he olvidado. 

 

—…En realidad, no te conté todo. Tú confiaste en mí y me hablaste de tu pasado, pero yo… yo me lo guardé. Lo siento.

 

Fue entonces cuando sintió calor en las manos que rodeaban sus rodillas. Al levantar apenas la cabeza, vio que Justin le sostenía con cuidado la punta de los dedos.

 

—No tienes que decir nada. Que yo te haya contado mi pasado fue decisión mía. Nunca quise imponerte que hicieras lo mismo.

 

—Claro que lo sé. Tú nunca me obligarías a algo así.

 

—…Lo sé. Tienes razón.

 

Esa respuesta fue tan firme que el rostro de Justin se suavizó aún más.

 

Al verlo, Ries sintió un extraño impulso de valentía. Abrió la boca varias veces sin emitir sonido, hasta que por fin se atrevió a decirlo.

 

—…Yo, en realidad, era humano. De otro mundo. Un día desperté y me había convertido en un gato. Fue muy confuso.

 

—…

 

—Pero no recuerdo casi nada. Sé que fui humano, pero no qué hacía, con quién me llevaba bien, qué me gustaba… nada.

 

Sin darse cuenta, Ries volvió a mirar al suelo. El frío del suelo de la capilla, sin un atisbo de calor, llenaba su campo de visión.

 

—Supongo que eso es lo que la diosa llamó olvido. Al principio, cuando desperté, aún recordaba algunas cosas, aunque fueran pocas. Pero ahora ya no queda nada.

 

Dicho eso, se quedó callado.

 

No continuó. Se mordió los labios, incapaz de mirar siquiera a Justin. En su lugar, fijó la vista en la capa sobre la que estaba sentado, como si fuera parte del suelo.

 

—…Lo sé. Suena increíble, ¿verdad?

 

Aunque este mundo estuviera lleno de cosas irreales como la magia, el aura o los hombres bestia, la existencia de alguien de otro mundo era una historia de una naturaleza completamente distinta.

 

‘Yo tampoco me lo creería, la verdad.’

 

Claro que, si quien lo dijera fuera Justin, probablemente lo creería sin dudar.

 

Fue entonces cuando llegó una respuesta tajante.

 

—Te creo.

 

—…¡!

 

Ries alzó la cabeza de golpe, sobresaltado. Tal como había sonado su voz, los ojos de Justin, que encontró al mirarlo por fin, brillaban con una claridad absoluta, sin el menor atisbo de duda.

 

Solo entonces la inquietud que se había enroscado en algún rincón de su pecho empezó a menguar.

 

Y al mismo tiempo, la ansiedad que lo había consumido unos segundos antes le pareció un poco ridícula. Sabiendo cómo era Justin, sabiendo que reaccionaría de forma parecida a él… ¿por qué había tardado tanto en hablar?

 

Iba a agradecerle por creerle, pero fue Justin quien rompió el silencio primero. Su expresión, sin embargo, se había vuelto curiosamente difusa, como si algo lo preocupara.

 

—…¿Acaso quieres recuperar tus recuerdos?

 

—¿Mis recuerdos?

 

—Sí. Como se trata de otro mundo, no creo poder ayudarte mucho… pero si necesitas algo, haré todo lo que esté en mis manos.

 

—Ah…

 

Ries ladeó la cabeza, pero acabó soltando un suspiro.

 

Que Justin aceptara tan naturalmente la existencia de otro mundo y hablara de ello sin inmutarse le resultaba extraño y fascinante a la vez. Pero eso no era lo importante ahora.

 

Sus grandes ojos gris plateado se posaron en quien tenía enfrente. La mirada, que solía parecerse a un rubí, ahora se desviaba ligeramente, como si evitara encontrarse con la suya. Sin duda, algo le preocupaba.

 

Y Ries creía saber, al menos un poco, de qué se trataba. Apretó con firmeza la mano que aún sostenía la suya.

 

—¿Te preocupa que quiera regresar?

 

—…

 

Los ojos alargados de Justin temblaron visiblemente. Había dado en el clavo. Las preocupaciones que lo llenaban por dentro seguían ahí, pero por alguna razón, a Ries le daban ganas de reír.

 

Contuvo la sonrisa que amenazaba con escaparse, presionando con la otra mano la comisura de sus labios. Primero debía calmar a Justin, que se angustiaba por algo que no tenía por qué preocuparle.

 

—No tengo ningún apego a mi vida anterior. Ni siquiera recuerdo nada, ¿por qué querría volver? Además, allá no estás tú, Justin.

 

—Ah…

 

Esta vez fue Justin quien suspiró. En sus ojos, que aún titilaban, se dibujó un alivio nítido. Al parecer, esa última frase le había llegado especialmente hondo.

 

Ries lo observó con satisfacción. Aunque no se hubiera resuelto nada, bastaba con mirar el rostro de Justin para que el nudo en su interior se deshiciera poco a poco.

 

—¿De verdad?

 

—Sí. De verdad.

 

Una pregunta que parecía no poder creerse la respuesta.

 

Durante toda la confesión, Ries temió que no le creyeran. Pero al parecer, en cuanto Justin escuchó las palabras “otro mundo”, lo que le preocupó fue otra cosa.

 

En lugar de extenderse explicando por qué no quería volver, Ries se limitó a asentir con fuerza, acompañado de una respuesta serena.

 

No quería regresar. No lo haría. Estaba seguro —con una certeza que casi le parecía osada— de que ese deseo no cambiaría en lo que le quedaba de vida.

 

‘Quizá alguien más sentiría apego por los recuerdos perdidos a la fuerza.’

 

O tal vez mostraría disgusto por el hecho de que su memoria hubiera sido manipulada sin saberlo, o sentiría que le habían arrebatado algo injustamente. Si las circunstancias hubieran sido distintas, Ries también habría pensado así.

 

Pero ahora no. Ahora tenía a alguien valioso en su vida, y quedarse junto a él era más importante que recuperar un pasado olvidado.

 

Otra persona podría preguntarle

 

‘¿Y si en esos recuerdos que perdiste había alguien tan importante como Justin?’

 

Una pregunta válida.

 

Pero aunque Ries podía aceptar esa perspectiva, no quería estar de acuerdo con ella. Apostarlo todo por una incertidumbre no era algo que pudiera hacer, no cuando la persona que tenía a su lado era tan irremplazable.

 

Podrían llamarlo egoísta, incluso cruel. No tendría cómo refutarlo. Pero centrarse en quien está justo frente a ti, en lugar de en lo desconocido, es un instinto humano.

 

Y Ries no era la excepción. Por eso, lo que realmente le daba miedo ahora era…

 

—…Me da miedo olvidar a Justin.

 

Por fin puso en palabras lo que llevaba rondándole la cabeza sin descanso. No pudo continuar. Desvió la mirada.

 

¿Qué expresión tendría Justin en ese momento? ¿Temería ser olvidado? ¿Estaría enfadado con la diosa por imponerle esa carga?

 

Pensaba que sería una de esas dos cosas. Pero cuando por fin lo miró, la expresión de Justin era… extraña.

 

Como si una maraña de emociones se hubiera enredado en su interior. Pero ninguna de ellas era la que Ries había imaginado.

 

  ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

 

—Que pueda llegar a olvidarme…

 

Justin repitió en silencio las palabras de Ries.

 

También captó la mirada cargada de preocupación. Era la mirada de alguien que temía haberlo herido.

 

Pero, para sorpresa de ambos, esa posibilidad no le resultaba tan aterradora como cabría esperar. Su mente volvió al primer momento en que hablaron de este tema.

 

Cuando escuchó por primera vez sobre la existencia de una bendición, sintió un malestar persistente. Aún recordaba la leyenda que le había contado el sumo sacerdote.

 

Pero cuando Ries, por fin, se atrevió a compartir lo que llevaba guardado, Justin se sintió feliz.

 

Aunque le había dicho que no tenía que contarlo, el hecho de que se desnudara hasta lo más profundo de su alma era prueba de una confianza absoluta.

 

No había razón para negarse.

 

Y cuando escuchó hablar de “otro mundo”…

 

—Sí, sentí miedo.

 

No importaba si era realista o no. Desde el momento en que quien hablaba era Ries, para Justin ya no existía la opción de no creerle.

 

En su lugar, una oleada de miedo indescriptible lo invadió de golpe. Un terror que jamás había sentido antes le pisoteaba la mente sin piedad.

 

Si Ries no le hubiera asegurado que no tenía intención de marcharse, quizá ya estaría buscando desesperadamente una forma de retenerlo a su lado, aunque fuera a la fuerza.

 

Cuando por fin su razón, tambaleante, volvió a asentarse, sintió una leve punzada de culpa. Pero esa emoción se apagó como una vela al viento con las palabras que siguieron.

 

—…Me da miedo olvidar a Justin.

 

Curiosamente, lo primero que sintió al oír eso fue gratitud.

 

El rostro de Ries, con esa expresión tan tierna al decir que no quería olvidar, parecía imposible de borrar incluso con el paso de los años. Le picaban los dedos.

 

Y luego, lo siguiente fue…

 

—Ya veo.

 

—¿Tú no tienes miedo, Justin?

 

—Yo…

 

Justin movió apenas los labios.

 

Sabía que la respuesta que le venía a la mente no era la más adecuada, pero no quería mentirle a Ries.

 

—No tengo miedo.

 

—¿Qué?

 

—…Siempre he vivido cerca de la muerte. Desde que nací, con la muerte de mi madre, y a medida que crecía, la maldición que habitaba en mí fue consumiendo mi cuerpo.

 

El rostro de Ries se contrajo. Parecía a punto de protestar, pero sus labios no llegaron a abrirse.

 

Por suerte, parecía dispuesto a esperar a que terminara de hablar. Justin agradeció ese gesto.

 

—Desde que me hice adulto, siempre pensé que no sería raro morir en cualquier momento. Cada noche, al cerrar los ojos, me preguntaba si volvería a abrirlos. Si el dios me concedería un nuevo día.

 

Aunque, en realidad, quien le regaló ese “mañana” fue un pequeño gato callejero que encontró en un callejón sucio.

 

—Desde que mejoré gracias a ti, dejé de pensar en eso. Pero mi visión no ha cambiado. La muerte puede llegar en cualquier momento, y no me sorprende.

 

—…

 

—Solo quiero que tú no estés atado a algo así.

 

Esa era su decisión. Una voluntad pura, despojada de emociones crudas, pegajosas o desbordadas. Un acto de bondad sin adornos.

 

…Como era de esperarse, el rostro de Ries se arrugó como una hoja de papel al escuchar esas palabras.

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