El gato está en huelga - Capítulo 143

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Para entonces, las miradas de los demás caballeros ya no eran asunto de interés para Ries. Se acercó sigilosamente a Justín y le susurró:

 

—Con lo cauteloso que eres ahora… ¿cómo es que aquella vez viniste directo hacia mí?

 

Había un tono juguetón en su voz baja. Pero, siendo honestos, también era una pregunta genuina.

 

El recuerdo de su primer encuentro con Justín en aquel callejón seguía vívido. Un hombre enmascarado, al que se topó tras huir de unos gatos callejeros y quedar atrapado en un callejón sin salida.

 

En aquel entonces, Justín no dudó en acercarse. Si se hubiera limitado a observar desde lejos, como hoy, Ries probablemente habría salido corriendo sin mirar atrás.

 

Justín también parpadeó lentamente, como si evocara aquel momento. Luego habló:

 

—Simplemente… no podía dejar de mirarte.

 

—¿Eso es todo?

 

—Sí.

 

Ries no esperaba una gran explicación, pero… eso superaba incluso sus bajas expectativas. Frunció el ceño con desagrado, aunque no le duró mucho.

 

—Quizá, en el instante en que te vi, ya sabía, sin saberlo, que acabaría atado a ti.

 

—…

 

No eran solo palabras. Una mano se acercó con cuidado y le apartó el cabello despeinado detrás de la oreja. El corazón de Ries dio un vuelco, como si se precipitara al vacío.

 

Abrió la boca un par de veces, pero no logró articular respuesta.

 

En su lugar, sacudió la cabeza, deshaciendo el gesto de Justín y dejando que el cabello volviera a su sitio. Era evidente que sus orejas se habían teñido de rojo.

 

Entonces volvió en sí de golpe. Al fin y al cabo, estaban en plena calle, y había ojos que los observaban. Empezó a empujar a Justín con apremio.

 

—Vamos. ¡Vámonos ya!

 

Ni siquiera logró mantener la coherencia entre el tono informal y el formal. Y ni se le pasó por la cabeza que tocar con tanta familiaridad el cuerpo de un duque llamaría aún más la atención.

 

Aun así, las palabras de Justín seguían resonando con fuerza en su mente.

 

Tenía razón. ¿Y si aquel callejón no hubiera sido un callejón sin salida? ¿Y si hubiera huido en cuanto lo vio? ¿Y si, mientras él se llevaba aquel pan destrozado, Ries hubiera dado media vuelta?

 

Este momento no habría llegado. Así que, en cierto modo, también podía llamarse destino. Igual que Justín lo supo al verle, Ries también lo sintió en cuanto vio su rostro.

 

“Voy a quedarme a su lado.”

 

Sin importar la forma que tomara esa relación.

 

Con un par de gestos apresurados, ambos se metieron en el carruaje. Lo único que quedó afuera fueron dos caballeros atónitos, un cochero que regresaba jadeando a su asiento, y un muñeco con ojos de pez plano.

 

Si las miradas pudieran oírse, el lugar habría estallado en ruido. Ries podía sentir perfectamente cómo los dos caballeros a su espalda se lanzaban miradas entre sí.

 

—Ay, por favor…

 

Ante eso, Sepite no pudo contenerse y soltó un largo suspiro. Vaya cosa… ¿de verdad tenía intención de mantenerlo en secreto?

 

  ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

 

La carreta llegó pronto al templo. En cuanto bajó con la ayuda de Justín, Ries echó una mirada amplia a su alrededor.

 

El murmullo del oleaje le rozaba apenas los oídos. Al girar la cabeza, se desplegaba a lo lejos un mar inmenso, sin fin a la vista. Era justo lo que uno esperaría del santuario dedicado a Thalassa, diosa del mar.

 

—Esperen aquí.

 

—¿Eh? Pero…

 

—Solo terminaré un asunto personal y saldré enseguida.

 

—¡Ah, entendido!

 

Ries lanzó una mirada de soslayo a Justín, que daba instrucciones a los caballeros, y luego volvió a concentrarse en su interlocutor.

 

—¿No vas a venir?

 

—No. Estar entre sacerdotes me incomoda. Uno, bueno, pero meterme en su madriguera… paso. Me quedaré aquí. Si de verdad me necesitas, ven a buscarme.

 

Sepite, que agitaba las aletas con desgano, respondió con tono mohíno. Ahora que lo pensaba, ya le había dicho algo parecido antes. Que no se llevaba bien con los sacerdotes, o algo así.

 

Al final, Ries decidió dejarlo atrás y bajó solo del carruaje. Justín, por su parte, parecía haber terminado también su conversación.

 

—Vamos.

 

Ries lo siguió. Apenas le dio la espalda un instante, Justín ajustó su paso para caminar a su lado, acompasado.

 

En algún momento, o eso creyó Ries, él se giró brevemente para mirar atrás. Allí estaban Sepite, asomando la cabeza fuera del carruaje, y los caballeros que lo rodeaban.

 

“Parece que ya se llevan bien.”

 

Y bueno, no era de extrañar. Ries recordó algunas anécdotas de su estancia en la casa de la ciudad.

 

Aquel muñeco volador que apareció de repente. Los sirvientes que habían venido del ducado le insinuaron que era un hada, pero ¿quién iba a creerlo tan fácilmente?

 

…Bueno, si fueran personas comunes, claro.

 

“Pero estos lo creyeron sin más.”

 

Después de todo, ya tenían antecedentes: habían venerado a un gato como si fuera una criatura sagrada. Recordar cómo aceptaron todo con una facilidad pasmosa y se pusieron a charlar entre ellos como si nada… fue desconcertante.

 

Sepite, por su parte, decía que ya se sentía con fuerzas y se paseaba por la mansión, supuestamente para ayudar a ordenar. Pero cada vez que Ries lo veía, tenía algo en la boca.

 

“Lo tratan como a un perrito…”

 

Sacudió la cabeza con fuerza. Si Sepite lo hubiera oído, se habría indignado preguntando con qué lo estaba comparando. …Aunque, la verdad, sí que se parecen.

 

De cualquier modo, para Ries no era algo malo. Sepite se había integrado en la mansión sin hacer el menor ruido, como si siempre hubiera estado allí.

 

Perdido en pensamientos sin importancia, no se dio cuenta de que la carreta ya había quedado atrás. En su lugar, los muros blancos del templo se alzaban a su alrededor, envolviéndolo por completo.

 

Contuvo la mirada, que amenazaba con desviarse por su cuenta, y preguntó en voz baja, dirigiéndose a su acompañante:

 

—No hay mucha gente, ¿no?

 

—Es la entrada trasera. La usan sobre todo los nobles que prefieren visitar el templo con discreción. Los visitantes comunes están todos por la entrada principal.

 

Al parecer, había muchos aristócratas que, como ellos, deseaban resolver sus asuntos sin llamar la atención.

 

Fue entonces cuando apareció una figura desconocida al otro lado del pasillo.

 

—Lo estábamos esperando, duque Laufe.

 

Un hombre de aspecto pulcro inclinó la cabeza en señal de saludo. Justín pareció identificarlo de inmediato.

 

—¿Te envía el sumo sacerdote?

 

—Sí, señor. Me ha pedido que los conduzca hasta lo más profundo del templo.

 

El sacerdote añadió que, si no tenían otros asuntos pendientes, podía guiarlos de inmediato. Justín asintió con la cabeza.

 

—Te lo encargo.

 

Luego, de reojo, dirigió una mirada a Ries.

 

Sin decir nada, Ries se colocó a su lado sin oponer resistencia. Con un extraño presente, prefería guardar silencio.

 

Pero aunque no hablara, no podía ocultar hacia dónde se dirigía su mirada. El sacerdote, que hasta entonces había caminado en silencio, habló unos minutos después.

 

—Ese es el santuario que suelen visitar los ciudadanos. Se puede venir a rezar a Thalassa en cualquier momento, incluso sin hacer ofrendas. Tal vez por el ambiente agitado en la capital, últimamente ha aumentado el número de visitantes que vienen a orar.

 

Una explicación que nadie había pedido comenzó a fluir sin pausa. Ries, algo incómodo, se rascó la mejilla.

 

—…Se me notó, ¿verdad?

 

Debió de ser porque no podía apartar la vista de la multitud al otro lado del pasillo.

 

Sin embargo, a diferencia de lo que asumió el sacerdote, Ries no miraba el santuario por curiosidad ni por el gentío.

 

“Hay muchos.”

 

Pero no de personas.

 

Ries entrecerró los ojos a propósito. Aunque hacía tiempo que había despertado en este cuerpo y visto el mundo con sus propios ojos, seguía sin acostumbrarse a escenas como aquella.

 

En el santuario había tantos muertos como vivos. Figuras azuladas y translúcidas llenaban el interior.

 

A pesar de lo inquietante que resultaba, había una duda que no lograba disipar. Recordaba lo que Sepite le había dicho una vez: los fantasmas eran almas atrapadas en este mundo por los apegos de su vida pasada.

 

—…

 

Permaneció en silencio.

 

Pero no podía apartar la vista de esas figuras que, como si aún vivieran, unían las manos y rezaban frente a la estatua de la diosa.

 

“¿Será que hay plegarias que uno desea elevar incluso después de la muerte?”

 

¿Será que existe una misericordia tan anhelada que se implora aun así, a toda costa?

 

No había forma de saberlo sin sacar a la fuerza los pensamientos de aquellos seres y leerlos uno por uno.

 

—Si lo desea, puedo mostrarle brevemente el interior del templo mientras avanzamos. Por supuesto, es solo una sugerencia mía, así que si prefiere rechazarla, no se preocupe.

 

—Ah…

 

La inquietud y las preguntas no duraron mucho. El sacerdote que iba delante acababa de hacer una propuesta inesperada. Ries, tentado, desvió la mirada hacia su lado.

 

Justín asintió con la cabeza en lugar de responder.

 

—…Entonces, se lo agradeceremos.

 

—Buena decisión.

 

A partir de ahí, el sacerdote se encargó de mostrarles solo los rincones menos concurridos del templo.

 

La sala de oración que usaban los propios sacerdotes, el comedor donde ofrecían comidas gratuitas a los ciudadanos varias veces al mes, el confesionario, y la biblioteca de escrituras sagradas accesible a todos sin importar su estatus.

 

Cuando llegaron al salón donde se realizaban los bautismos, la imagen que Ries tenía del sacerdote ya había cambiado un poco… o más bien, bastante.

 

“Habla mucho.”

 

A diferencia de la impresión inicial, que era la de un hombre reservado, una vez que empezó a hablar, no parecía tener intención de detenerse. Aun así, Ries podía imaginar por qué el sumo sacerdote le había confiado el papel de guía.

 

Cada palabra que pronunciaba dejaba ver con claridad cuánto apreciaba y valoraba aquel templo.

 

No es que fuera necesario, pero si el templo decidiera hacer campañas de promoción, no habría mejor embajador que él.

 

—Vaya… ha pasado más tiempo del que pensaba. Disculpen.

 

El sacerdote se dio cuenta del problema unos minutos después. Al comprender que se había excedido, palideció y se inclinó varias veces, visiblemente apenado.

 

—No se preocupe. Es mi primera vez aquí, y la verdad… había muchas cosas interesantes…

 

Ries empezó a decir algo para tranquilizarlo, pero no logró terminar la frase.

 

—Cuánto tiempo sin verlo, duque.

 

Cabello rubio que caía como seda, ojos que parecían contener una flor rosada. Desde el otro extremo del pasillo, una figura se acercaba con una sonrisa radiante dirigida al grupo.

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