El gato está en huelga - Capítulo 173
El viento azotaba el rostro con una violencia cortante, y la visión se alargaba como si todo se estirara sin fin. …No, en realidad no se alargaba de verdad. Era solo la sensación de correr demasiado rápido.
Aun así, el hecho de que todavía no hubieran atrapado al hombre significaba que Justín estaba regulando la distancia con cuidado.
—Lo llevaré a un sitio sin gente.
Entre el silbido agudo del aire que pasaba rozando los oídos, Ries creyó escuchar aquel murmullo. Entrecerró los ojos y miró alrededor.
De pronto, los puestos callejeros empezaban a escasear y los transeúntes se habían reducido a un tercio. Cada vez que dejaban atrás a alguien, la expresión de espanto seguía repitiéndose, pero eso no cambiaba.
Y poco después:
—¡Hah… hah…! ¿Por qué… por qué siguen persiguiéndome…?
El hombre fue atrapado.
Tal como había dicho Justín. Quizá para despistarlos, el fugitivo se había desviado hacia un callejón y corría por aquel laberinto de pasajes como si fueran su propia casa.
Pero aquello no fue más que cavar su propia tumba. No importaba hacia dónde girará ni cuán profundo se adentrara, nunca logró escapar del alcance de la percepción de Justín.
El hombre capturado rodó por el suelo. Su rostro, pálido hasta lo indecible, mostraba el terror de alguien que había quedado completamente trastornado por la persecución implacable que había comenzado con un simple roce de hombros.
…Por supuesto, no era solo por eso que los dos y la muñeca lo habían seguido.
“Lo sabía, no me equivoqué.”
Ries, que había bajado sana y salva de los brazos de Justín, frunció el ceño. De aquel cuerpo tendido en el suelo emanaba un humo oscuro. Era, sin duda, energía maldita.
Y entonces, como si resonara una voz potente en el aire:
—¿No es acaso una suerte que los que deben ser atrapados caigan justo delante del duque?
El príncipe heredero tenía razón. El enemigo había aparecido frente a ellos por sí mismo.
Habían estado a punto de enredarse en una disputa callejera, y resultó que aquel hombre era precisamente a quien buscaban. Aunque pensaron que era buena fortuna, la sensación que les quedó fue extrañamente incómoda.
¡Incluso en el instante en que había decidido dejarlo todo y volver a casa! No habían interrumpido su tiempo personal, así que no podía haber una aparición más considerada.
Si él hubiese presenciado la escena, quizá habría dicho que lo esperaba y, con disimulo, le habría vuelto a sugerir si no pensaba trabajar en la corte imperial. Entre los dientes entreabiertos se escapó una risa seca y temblorosa.
Ries se dirigió de inmediato hacia el hombre.
…O al menos, intentó hacerlo. De no haberle cerrado el paso Justín a mitad de camino, lo habría logrado.
—Todavía es peligroso, déjame terminar de arreglarlo. Será solo un momento.
—Ah.
Tenía razón. Reconoció que había actuado con demasiada precipitación.
Incluso acurrucado en el suelo, aquel cuerpo no dejaba de imponer. Si se acercaba sin cuidado, corría el riesgo de ser reducido en un instante.
Pero las palabras de Justín parecieron tener un significado muy distinto para el implicado. Dejó de rodar los ojos y retrocedió con brusquedad.
Fue entonces cuando una ráfaga cortante sopló desde el frente.
La túnica, apretada hasta entonces, no resistió el viento y se abrió de golpe. Justín no se molestó en sujetarla. Así, de manera natural, quedó al descubierto el rostro enmascarado que ocultaba bajo la tela.
Quizá aquello fue el golpe final. Los ojos del hombre se desorbitaron.
—¡Hhh…! ¡Lo siento, lo siento! ¡Perdón por intentar robar el dinero de su compañero!
—……
—¡No volveré a codiciar lo ajeno! ¡Trabajaré honradamente para ganarme la vida! ¡Si me perdona, viviré como un ratón, sin molestar jamás a su señoría!
Con sus disculpas, empezó a soltar confesiones que nadie le había pedido. Bastó ver la máscara para deducir la identidad de Justín, y su reacción fue más violenta de lo esperado.
«…¿O no?»
Ries entornó los ojos.
Ahora notaba que, entre los pliegues de la túnica, la empuñadura de la espada quedaba a la vista. Tal vez el hombre temía que, si lo provocaba, lo atravesaría sin dudar.
O quizá eran ambas cosas.
Aunque, en realidad, para Ries poco importaba cuál fuera la verdad. Había algo más inquietante en lo que acababa de escuchar. Su mirada se heló al posarse sobre el hombre.
«¿Un carterista?»
Provocar primero una disputa y, en medio de la confusión, lanzarse a robar el dinero… era, sin duda, más ruin de lo que había imaginado.
Justín parecía compartir la misma impresión. De otro modo, su mano no habría vacilado tan poco.
—¡Ya pedí disculpas! ¡Dije que lo sentía! ¿Qué más quiere aquí, maldito…! ¡Aaaagh! ¡Mi piernaaaa!
Al final, quizá el miedo cedió otra vez ante su naturaleza. El hombre soltó una maldición y enseguida un grito desgarrador. El sonido de algo quebrándose se repitió varias veces.
Después vinieron más alaridos —“¡Krrgh!”, “¡Aaagh!”—, aunque pronto se apagaron. Solo entonces Justín enderezó el cuerpo y se apartó a un lado.
Más allá, el hombre yacía tendido sin fuerzas. Tal vez sintiéndose culpable por la escena, Justín añadió en tono de explicación:
—Pensé que podía escapar. No lo dejé inconsciente. Tampoco lo rompí del todo.
—¿Eh… de veras?
Aun así, la pierna parecía torcida en un ángulo imposible. La réplica se le subió a la garganta, pero Ries la tragó en silencio. No tenía tanta indulgencia como para preocuparse por alguien que había intentado robarle.
«Además, puede que esté relacionado con el mercado negro.»
Con aquellos mismos que el príncipe heredero vigilaba y que Justín debía atrapar pronto.
Se acercó al hombre, que apenas dejaba escapar gemidos. No había perdido el conocimiento, y la oscura energía de la maldición seguía enroscada en su cuerpo.
Por precaución, Ries miró a Justín.
—Es la primera vez que lo ves, ¿no?
—Así es.
El cuadro no difería mucho del mago que habían capturado antes. Si su deducción era correcta, este hombre también estaba infectado por una maldición de origen desconocido.
Ries se agachó junto a él, levantó la mano como ya había hecho antes y, sin más, ¡pum! El puño cerrado golpeó con firmeza en el plexo solar.
—¡Ugh!
El hombre, ya medio aturdido, apenas dejó escapar un quejido miserable. Era un espectáculo objetivamente lamentable, pero la mano de Ries no se detuvo.
Repitió el golpe varias veces más. Al menos cuatro o cinco.
—…Grrrhh.
—¿Eh?
Y entonces, con un sonido espumoso en la boca, cayó desmayado. Apenas había soltado aquel gemido torpe cuando, desde abajo, se oyó una voz cargada de burla.
—Vaya, al final lo hiciste desmayar. Qué despiadado manotazo, chiquillo. Yo también he probado ese puño, sé bien que pica más de lo que parece.
Era Sepite. Mientras el hombre había estado consciente, se había mantenido en silencio, pero ahora se dedicaba a soltar comentarios mordaces.
—…No se burle.
No tenía más defensa que esa, pues realmente lo había golpeado. Por suerte, Justín salió en su apoyo.
—No lo reprenda demasiado. Parece un sujeto dado a exagerar.
—¿Verdad? No pegué tan fuerte, ¿cierto?
—…Bah. Qué aburrido.
Lo único positivo era que, tras aquellos golpes, la energía maldita se había disipado por completo. Por un pelo.
Y justo entonces, algo se agitó abajo. Una forma de maldición, delgada como un hilo y teñida de púrpura oscuro, se reveló por fin ante sus ojos.
Ries se incorporó de golpe.
—¿Ries?
—Lo que les dije antes… ¡voy a intentarlo!
Cabe recordar que aquella idea descabellada de perseguir la maldición ya la había compartido con Justín y Sepite el mismo día que visitaron la corte imperial. Por eso ambos comprendieron enseguida lo que pensaba hacer.
¿Y funcionó?
La respuesta, en pocas palabras, es que fracasó.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
Si hubiera que enumerar las causas de tan estrepitoso fracaso, serían varias.
Primero, la criatura era increíblemente veloz.
—Hhh… hhha… hhhaa…
No alcanzaba la destreza de un espadachín curtido, pero comparado con un hombre común, su velocidad y resistencia eran el doble. Tanto que Ries, pese a su propio entrenamiento y orgullo de felino —o de súbdito bestial—, no pudo seguirle el ritmo. Su orgullo se hizo añicos. Jadeando, se arrepintió: habría sido mejor quedarse quieto y dejar que Justín lo cargara.
Y segundo: la criatura… podía atravesar muros.
«…Pensándolo bien, no era nada especial.»
Solo él podía verlo con claridad; no tenía forma física ni podía tocarse con la mano.
Para quien debía perseguirlo, no había nada más molesto. En lugares como callejones, donde las estructuras se entrelazaban en un caos, la desventaja era absoluta.
El tercer problema, y en realidad el más grave, fue este:
—Se desvaneció.
Literalmente. La maldición, en plena huida, desaparecía de repente.
¿De qué servía superar los dos obstáculos anteriores? Al final, aquella energía maldita no regresaba al supuesto huésped, sino que se extinguía en el aire con estrépito.
La sensación era la de un perro que persigue gallinas en vano.
Sobre ello, Sepite comentó con sencillez:
—¿Por qué crees que la maldición necesita un huésped? Porque sin alguien —sea humano o animal— en quien parasitar, se disipa enseguida. Esto no es distinto.
En otras palabras, había abandonado el cuerpo del hombre en el que se alojaba. Y siendo una energía tan débil, era natural que se deshiciera tan rápido.
El gesto de Ries se ensombreció aún más. Eso significaba que perseguirla a ciegas era imposible. Otra vez se sentía frente a un muro.
—¿Cómo te encuentras ahora?
—Mmm… ya estoy bien.
—Me alegra. La próxima vez… ¿quieres que te lleve yo?
—De hecho, pensaba pedírtelo.
Pero una cosa no quitaba la otra. Aunque la cabeza estuviera llena de preocupaciones, había que cumplir con lo pendiente.
En cuanto Ries recuperó el aliento, el grupo emprendió el regreso por el mismo camino. Tenían que volver a buscar al hombre que habían dejado atrás, inconsciente en el suelo.
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