El gato está en huelga - Capítulo 171
Tras mucho vacilar, al fin logré arrancar unas palabras:
—…¿Está bien?
—¿Y por qué no habría de estarlo?
La respuesta no se apartó en lo más mínimo de lo esperado.
Los ojos de Ries se fruncieron con visible desagrado, pero aquello duró apenas un instante. Como si de pronto se le ocurriera una buena idea, su rostro se iluminó.
—¿Y si salimos a dar una vuelta, para despejarnos?
—¿Qué?
—Sea humano o fantasma, cualquiera se deprime si se queda demasiado tiempo encerrado en casa. Y parece que últimamente hay bastantes cosas con las que divertirse.
La boca de la muñeca se abrió y cerró repetidas veces, sin hallar por dónde empezar a refutar semejante disparate.
¿De pronto qué? ¿Un paseo? ¿Un cambio de aires? ¿Diversión? La conversación se desviaba tanto de lo anterior que me dejó sin palabras.
Sepite había acompañado incluso la visita reciente al templo. Aunque fue una compañía a medias, sin bajar del carruaje.
Así que la premisa de «quedarse demasiado tiempo en casa deprime» era falsa desde el inicio. Y el descendiente que callaba tampoco podía ignorarlo.
—¿Acaso… tienes demasiado trabajo? ¿Te resulta difícil salir?
—De ningún modo. Con la preparación para el festival de descanso, la mayoría de las tareas ya están hechas. Tengo tiempo libre.
No sabía si fingía ignorancia o si simplemente no le importaba, pero Justín asintió complacido a cada palabra de Ries. Y no solo eso.
—Aunque hoy será complicado. Ya es tarde, y tengo entendido que durante el día del festival se evita al máximo cualquier actividad externa. No habría mucho que hacer.
—¿Y mañana?
—Mañana… seguramente habrá bastante bullicio.
—Entonces, ¿vamos de excursión juntos? …Ah, aunque si hay demasiada gente quizá sea pesado.
—Eso no importa. Si a ti te agrada, a mí también.
Incluso se ofrecía a ajustar la agenda. Y en medio de todo, no olvidaba añadir esas muestras de afecto que hacían encogerse de incomodidad a cualquiera que los observara. Sentí como si un dolor inexistente me pinchara la sien.
…En fin, ¿cómo iba ese tipo a rechazar una petición de Ries?
Entre los labios entreabiertos se escapó un suspiro largo. Sepite agitó sus aletas.
—Yo paso. ¿Cómo pretendes que me mueva entre tanta gente con esta pinta? Además, los lugares ruidosos y abarrotados nunca han sido de mi gusto…
—Vamos. No pasará nada.
—…¿No escuchaste lo que acabo de decir? Que no.
—Entonces te cargo yo. Cuando eras gato lo hice muchas veces, y estoy seguro de que no te perdería.
—¿Con quién se supone que estoy hablando ahora?
El problema era que aquellos dos ni siquiera fingían escuchar. Apenas se habían conocido y ya parecían hechos el uno para el otro.
…Y aun así, no lograba enfadarse.
—Mmmh.
En vez de gritar que al menos lo escucharan, Sepite se limitó a flotar en el mismo sitio, dejando escapar un murmullo grave y disperso.
—Está bien, está bien. No quiero que me arrastren a rastras, así que saldré por mi propio pie. Vaya, quién se parece a quién… tercos los dos, como si se hubieran copiado el carácter.
—¿Verdad que sí?
—¿Y eso se supone que es un halago? ¿Eh?
Al final, lo que salió de su boca abierta fue una aceptación más cercana a un lamento. Aunque carecía de cuerpo, sentía como si dos pares de ojos lo empujaran por la espalda.
…Claro que, si solo hubiera sido eso, no habría cedido tan fácilmente. La razón de su docilidad era otra.
—Entonces… ¿a qué hora salimos mañana?
En cada mirada que se cruzaba, en cada gesto que parecía olvidar conversaciones pasadas, en cada límite que ellos mismos trazaban para no incomodarlo… Sepite percibía consideración y preocupación hacia él.
Sin poder evitarlo, una sonrisa se le escapó. Era una sensación extraña y familiar a la vez: cálida, cosquilleante, casi nostálgica. Hacía mucho que no experimentaba algo así.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
Resumir lo hallado en la biblioteca prohibida y lo escuchado de labios del príncipe heredero daba, en esencia, lo siguiente:
Primero, los hechiceros oscuros eran seres que tomaban prestado poder de lo impuro y con ello trastornaban el mundo. Desaparecieron cuando lo impuro se ocultó.
Segundo, se valían de la maldición como herramienta, y escogían como blanco a los débiles y frágiles. Esto parecía estar íntimamente ligado a la velocidad y propagación de la maldición.
Tercero, los dioses no toleraban la existencia de quienes «retorcían las leyes del mundo». Usaran o no aquel poder impuro, la prohibición era absoluta.
…Sin embargo, hoy en día la mayoría de los dioses duermen, y en este mismo instante siguen naciendo nuevos magos en lugares donde sus manos no alcanzan.
Dioses y maldiciones, lo impuro, los llamados demonios, los magos. No pocos vocablos flotaban a su antojo, enturbiando la mente.
Entre ellos, había dos preguntas que desde ayer no dejaban de crecer.
La primera concernía a los dioses.
‘¿Acaso Thalassa también caerá en el sueño?’
El mago es, por definición, un ser no permitido por los dioses. Y al mismo tiempo, su existencia es prueba viviente de que la mirada divina no alcanza a abarcarlo todo.
Si los dioses fueran realmente omniscientes, capaces de contemplar cada rincón, los magos no podrían caminar impunemente sobre la tierra. Mucho menos multiplicarse.
Volvió a la memoria la advertencia del príncipe heredero: últimamente el número de magos crecía con un ímpetu alarmante. Quizá él también sospechaba la ausencia del último dios.
…Incierto. La intuición, que a veces ofrecía ayuda, aquí permanecía muda, sin señales.
Aun así, no estaba del todo inactiva. Ante la segunda pregunta, sí ofreció una respuesta.
‘¿La maldición de Justín… será la misma que usaban aquellos magos oscuros?’
¿La antigua maldición que, si el recipiente era demasiado pequeño, se desbordaba sin distinguir entre amigo y enemigo, contagiando a todos alrededor?
A esa pregunta, la intuición de Ries respondió.
‘Son distintos.’
No había pruebas ni razones claras. Al fin y al cabo, ambas maldiciones debían de compartir la misma raíz, aunque los síntomas variaran según la persona. Aun así, Ries lo creía con certeza.
Si se tomaban prestadas las palabras de Sepite, la diferencia era esta: una provenía del rencor de lo impuro —de lo que algunos llamaban demonios—, y la otra era una torpe imitación humana. Entre ambas había un abismo.
…Quizá la “maldición” transmitida a través de la casa ducal de Raufe, por medio de Sepite, fuera algo más elevado.
Algo que incluso poseyera conciencia propia.
Al llegar a ese punto, Ries soltó una risa incrédula.
‘Bah, demasiado exagerado.’
Sí. Era una suposición excesiva. Si la maldición tuviera realmente un yo, no se dejaría purificar siempre de la misma manera.
Fue entonces cuando, desde abajo, se escuchó un murmullo urgente:
—¡Ugh… oye, afloja! ¡Me estás… asfixiando!
—Ah.
El leve forcejeo en sus manos hizo que Ries comprendiera tarde el problema. Había apretado sin darse cuenta mientras se perdía en sus pensamientos.
Aflojó de inmediato. Al revisar con apuro, notó que la superficie de la muñeca parecía arrugada. La vergüenza le arrancó una tos fingida.
Y pidió disculpas.
—Ejem… lo siento. Ahora te arreglo.
Lo dijo en voz baja, apenas audible para Sepite o Justín, que estaban cerca. Tan tenue que, de haber sido escuchado, podría confundirse con un murmullo.
No había alternativa. Abrazar con fuerza una muñeca y hablarle era suficiente para que cualquiera lo tachara de loco… o al menos de raro.
Entonces Justín habló con cautela:
—No te preocupes. Parecerá que conversas conmigo.
—Sí… sí, claro.
Ries respondió con torpeza, las palabras trabadas, mientras asentía rápido. Su expresión, sin embargo, era tibia.
En otro momento, las palabras amables y consideradas de Justín lo habrían conmovido. Como siempre, habría reafirmado su decisión de permanecer a su lado.
Pero hoy no.
—¡Ugh!
—…¡Ah!
Las miradas de los transeúntes se clavaban, sin disimulo, en una sola persona. Y los breves jadeos, apenas audibles para los oídos de un felino, acompañaban la escena.
El protagonista de todas aquellas miradas y suspiros no era Ries, que avanzaba con la muñeca apretada entre las manos, sino Justín.
La explicación era evidente. Una mirada furtiva bastaba para comprobar su atuendo: un manto negro que lo envolvía de pies a cabeza, el rostro casi oculto bajo una amplia capucha. No era común encontrarse con alguien vestido así.
No difería demasiado de cuando se ocultaba tras máscara y ropajes oscuros, pero ahora la sospecha parecía multiplicada. Apenas visible, la línea de su mandíbula reforzaba aún más aquella impresión.
—…¿Puedes ver bien? Con los ojos cubiertos parece difícil.
Ries no lo dijo en tono de reproche, sino con preocupación. Sabía que Justín se esforzaba por aceptar la propuesta de pasear juntos.
Ya en el festival, pocos habían visto su rostro tras la máscara. Y ahora, con un atuendo tan similar, no sería distinto de anunciar públicamente la visita del duque Raufe.
—Puedo orientarme por los sonidos y presencias, está bien.
—Aun así… podrías chocar con alguien.
—De verdad estoy bien.
—¿Quieres que te tome de la mano? A Sepite puedo sostenerlo con la otra.
—…Sí.
Así, caminaron tomados de la mano.
De ese modo, Justín no tropezaría con nadie, ni se perdería entre la multitud. Ries apretó con firmeza la mano limpia que asomaba bajo la túnica. El calor que se transmitía a través de la piel era distinto al que solía sentir en su forma de gato: más humano, más cercano.
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Hola muchas gracias a todos por leer en Newcat ♥