El gato está en huelga - Capítulo 170
Aún sin recibir respuesta, sus palabras continuaban fluyendo. Más bien, parecía que desde el inicio no las había pronunciado esperando contestación alguna.
—A los magos se les suele llamar quienes tuercen las leyes del mundo. Eso también era cierto en la antigüedad. Pero dime, ¿crees que los dioses, con los ojos bien abiertos, habrían permitido tal cosa? Sin recurrir a fuerzas impuras, jamás podrían haber obrado semejantes prodigios.
La cola de Ries se agitaba suavemente, siguiendo el compás de aquella historia fascinante. Para entonces, el grupo había alcanzado el final de un pasadizo secreto que no difería en nada de un laberinto.
—Sin embargo, la era en que humanos y mitos coexistían llegó a su fin, y en el presente todos los dioses, salvo uno, han caído en sueño. Los juglares callejeros, que no temen enemistarse con los templos, lo pregonan sin reparo.
Los ojos que vigilaban a los hombres se redujeron, y la cerca que limitaba nuestras posibilidades comenzó a resquebrajarse.
—Cuando se crían animales, si no se mantiene bien la cerca, siempre habrá alguno que la salte a su antojo. ¿Y los humanos? ¿Acaso serían distintos? Fue entonces cuando empezaron a surgir aquellos capaces de torcer las leyes por sí mismos, sin necesidad de apoyarse en fuerzas ajenas.
—…¿Esos son los magos que conocemos hoy en día?
—Exacto, tu comprensión es rápida. Desde entonces se empezó a llamar nigromantes a los antiguos magos. No se podía poner en el mismo saco a quienes trascendían con su propio poder y a los que sacrificaban a sus semejantes para invocar fuerzas corruptas.
Cuando la conversación había llegado a ese punto, volvieron a pisar el salón de recepción que ya habían visitado. El príncipe heredero, recostado con desdén sobre el sofá, murmuró mirando al techo:
—…Y cada vez hay más magos. Últimamente, esa tendencia se ha vuelto aún más inquietante. ¿El duque acaso sospecha la razón?
—……
—Vaya, he hablado de más. Mi lengua ha sido imprudente. Olvida lo que acabo de decir.
Su voz, sin embargo, estaba cargada de un significado demasiado evidente. ¿Quién podría ignorar semejante declaración? Ni siquiera Ries, que reposaba dócilmente en brazos mientras agitaba la cola, pudo hacerlo.
“Según él, no existen registros escritos, y la historia se transmite solo de boca en boca entre unos pocos de la familia imperial, por lo que carece de pruebas sólidas…”
Pero visto desde otro ángulo, ese mismo hecho podía ser prueba suficiente.
La mirada menguante de los dioses, la aparición de los magos como si hubieran estado aguardando, los cambios cada vez más acelerados… Las palabras que el príncipe heredero había dejado escapar se agolpaban una tras otra en la mente.
Lo siguiente que se apoderó de la mente de Ries fue la imagen de una diminuta medusa, flotando sola en lo más profundo del mar sin fin. Una voz tenue, casi quebrada, volvió a resonar difusamente en sus oídos.
Sus grandes ojos, redondos, se tiñeron de una luz compleja y se inclinaron hacia abajo.
“Tal vez… también Thalassa…”
Pero aquel pensamiento, que se extendía como ramas, nunca llegó a completarse. El príncipe heredero, enderezando su postura, se entrometió con precisión fantasmal y cambió de tema.
—Bien, creo que he cumplido lo mejor posible con las condiciones que el duque planteó. Ahora podemos retomar la conversación que quedó pendiente, ¿no te parece?
Sus labios, de un color saludable, dibujaron una curva suave, y aunque no era un súbdito de sangre animal, la forma de sus ojos se arqueaba con tal gracia que haría palidecer incluso a un zorro. La mirada de los presentes, todos hombres-bestia, se tornó un tanto incómoda.
Y como si lo hubiera estado aguardando, sacó algo del cajón con parsimonia.
—Mira esto. He movilizado los ojos y oídos de la familia imperial para seleccionar algunos lugares donde es más probable que esos sujetos aparezcan.
Un fajo de documentos, que antes no había mostrado, revoloteaba ahora en su mano. Tras haber dejado caer una bomba en la mente ajena, mantenía una actitud sorprendentemente serena.
El rostro del príncipe heredero volvía a ser el de siempre: calculador, midiendo con rigor pérdidas y ganancias, después de haber tensado el ambiente con solemnidad.
—Mientras se use el nombre de “mercado”, es indispensable asegurar al menos las rutas de distribución básicas para un comercio estable. Si fijamos las ubicaciones, alguno caerá en la red de vigilancia. Quiero pedirle al duque que se encargue de rastrearlos y neutralizarlos.
¿Acaso Justin compartía la misma impresión? Su mano, al recibir los documentos que el príncipe le tendía, transmitía un leve gesto de disgusto.
—…¿Rastrearlos y neutralizarlos, dice?
Ante su réplica, Harrison agitó la mano con ligereza.
—Ah, no me malinterpretes. No pretendo cargar todo el peso sobre tus hombros. Los caballeros y la guardia seguirán patrullando y te darán apoyo.
—¿Debo moverme junto a ellos?
—¡Ja, ja! De ningún modo. No podría imponer semejante prueba a un duque que ya de por sí evita el contacto. Basta con que te muevas solo y observes la situación. Los ojos de un espadachín que ha trascendido límites pueden descubrir lo que otros jamás verían. Además…
De pronto, su mirada descendió en un instante hacia Ries, que seguía en brazos de su dueño y amante, sin cambiar de forma, con las orejas atentas.
La patita que lamía por costumbre se quedó rígida. Harrison, al notar la lengua rosada detenida en un gesto incompleto, dejó brillar sus ojos con descaro.
—Dicen que los hombres-gato traen fortuna. Que los enemigos caigan justo delante del duque también puede considerarse una suerte. No en vano existe el dicho de que la casualidad es solo un disfraz del destino. Hm… visto así, casi me da envidia.
—…¿¡Miau!? ¿Niag?
—Dijiste que trabajabas como asistente del duque, ¿no es así? ¿Qué tal si aprovechas la ocasión para cambiar de puesto? El sueldo sería el doble de lo que ofrece la casa ducal de Raufe, y los beneficios estarían a la altura del mejor trato de la familia imperial. Saldrías a la hora exacta, y si lo deseas, incluso podría ajustar tu horario para que termines más temprano.
Que semejante propuesta saliera de la boca del príncipe heredero era casi increíble: un discurso de reclutamiento tan audaz como inesperado.
Ries se quedó rígido, con los ojos muy abiertos. En el fulgor dorado de su mirada, que brillaba con tal intensidad que casi deslumbraba, se percibía un deseo feroz, apenas contenido.
Sí, era comparable a…
“¿La mirada de un profesor que acaba de encontrar al esclavo… no, al estudiante de posgrado perfecto?”
…¿Qué significaba eso?
Aunque intuía que no había una metáfora más precisa, no lograba comprender el sentido. No entendía por qué semejante pensamiento había surgido de repente.
De cualquier modo, lo que sí quedaba claro era que el príncipe lo consideraba un talento indispensable para la familia imperial. Por eso Ries, en lugar de sostener aquella mirada directa, desvió la cabeza con fingida indiferencia.
“Trabajar en la corte… no me convence.”
Al fin y al cabo, aunque ostentaba el título de asistente, su vida junto a Justin era la de un feliz desempleado. La idea de fichar en palacio no resultaba atractiva.
Desplegado en el regazo de Justin en forma de gato, o mirando en forma humana mientras él trabajaba, recogiendo golosinas con Sepite, o hundido en un cojín para dormir largas siestas… toda esa rutina placentera desfiló fugazmente por su mente.
…¿Había estado viviendo demasiado de la holganza? La idea surgía sola, como reflejo de una vida perezosa hasta el extremo. La culpa, que se arrastraba poco a poco, la apartaba siempre cerrando los ojos con fuerza, fingiendo no verla.
“Ju… Justín dijo que se haría cargo, ¿no?”
Así era. Incluso después de descubrir que podía transformarse en humano, Ríes conservaba la costumbre de fingir ser un gato común, acurrucándose con afecto a su lado.
Seguía siendo, en esencia, un gato con un rostro descaradamente grueso.
Claro que eso no significaba que Justín fuese alguien que dejara pasar semejante propuesta. Su mano enorme cubrió de golpe el rostro de Ríes.
Y enseguida llegó la llamada en voz baja. Cada sílaba, pronunciada como si la masticara, transmitía un aire inquietante.
—Alteza.
—Está bien, está bien. No volveré a proponerlo, así que cambia esa expresión. ¡Por todos los cielos, ni tocar la escama inversa de un dragón sería tan aterrador!
La mano bloqueaba casi toda la visión, pero Justín no podía evitar que, entre los dedos apenas separados, se filtrara la imagen del príncipe heredero estremeciéndose.
Una expresión que oscilaba entre la leve nostalgia y la resignación de quien ya lo esperaba, dejaba ver con rara transparencia lo que sentía.
Por eso, aunque despertaba cierta curiosidad por saber qué rostro ponía Justín, decidió no indagar más.
En cambio, frotó la cabeza contra la palma que aún le cubría la vista. El calor que se filtraba a través del cuero resultaba sorprendentemente agradable.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
No mucho después, Justín y Ríes regresaron a la mansión. La visita a la familia imperial había concluido sin contratiempos.
El gesto del príncipe heredero, despidiéndose con la mano en un vaivén ligero y diciendo que podían volver cuando quisieran, quedó grabado en la memoria. Cada vez que evocaba su sonrisa radiante, sentía como si le drenaran la energía.
Las conversaciones que habían tenido llegaron también a oídos de Sepite, que aguardaba pacientemente en la mansión.
Brujos, maldiciones, recipientes, mitos de una era remota… Al escuchar aquellas historias del pasado, su rostro redondo de muñeco adquirió un matiz amargo.
—Cuando dijiste que no parecía una sola maldición, pensé en esto: quizá mi recipiente no bastaba para contenerla por completo, y por eso extendió su mano hacia otro. Parece que esa sospecha era cierta.
—Pero… si es como dices, la maldición debió propagarse a otros. Y eso nunca ocurrió.
—Eso es lo que no sabemos. El desconocido que decían maldito no mostraba síntomas. De haber sido distinto, la vigilancia imperial lo habría detectado hace tiempo.
—…Sepi.
—Si hubiera existido alguien capaz de ver con sus propios ojos cómo la maldición se transmitía, quizá habría sido distinto… pero, por desgracia, en aquel entonces no había nadie así a mi lado.
Tomó aire una sola vez, breve, y luego murmuró con un matiz sombrío:
—Incluso si no fuera así… no hablamos de un remedo torpe inventado por los hombres, sino de una maldición nacida del rencor de aquello que hasta los dioses temían. Si la hubiera soportado por completo, mi cuerpo se habría hecho pedazos. Para un ente que busca usar a los humanos como huésped, no habría situación más desfavorable.
Al decirlo, la comisura de sus labios se alzó lentamente. Era una sonrisa más cercana a la autocrítica que a la alegría.
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