El gato está en huelga - Capítulo 168
Plaf, plaf… los libros caen a una velocidad aterradora. Si uno recibiera un golpe directo, no quedaría más remedio que quedarse un buen rato encogido, gimiendo de dolor. El príncipe heredero retrocedió un paso y se limitó a observar el desastre.
Las miradas de Justin y Ries se dirigieron al mismo punto donde él estaba. Harrison, incómodo bajo aquellos ojos, se apresuró a justificarse:
—…Aunque no lo parezca, los hechizos de conservación están bien colocados, así que los libros no sufrirán daño. Lo único es que el último mago contratado por la familia imperial murió antes de terminar el trabajo.
—Tengo entendido que han sido varios los magos que han tenido contacto con la familia imperial.
—¿Y acaso crees que abundan magos confiables que jamás abrirían la boca sobre la biblioteca prohibida? Si hasta hay magos que se han vendido al mercado negro…
Quizá recordando a Kiyan, el rostro del príncipe heredero se arrugó como papel estrujado. Los ojos de Ries, fijos en él, se suavizaron con un matiz de compasión. Al fin y al cabo, ya se decía que los magos eran pocos; encontrar entre ellos a alguien discreto y leal debía de ser como alcanzar una estrella en el cielo.
—Hmf… dejemos la charla aquí. Habrá que confiar en que entre todo esto encuentres la información que buscas.
Con destreza, el príncipe heredero desvió el tema. El método había sido algo brusco, pero al menos los registros deseados estaban reunidos. Él y Justin comenzaron a recoger los libros esparcidos por el suelo. Ries también colaboró, empujando con las patas los volúmenes hacia un mismo lugar; levantar uno era imposible para su cuerpo, pero al menos podía reunirlos.
Después vino la maratón de lectura, hasta que los ojos casi se les salían de tanto fijarse en las páginas. Ries se pegó al costado de Justin y siguió cada línea que él leía, encontrando solo información que hacía fruncir el ceño.
Lo que acababan de leer no era mejor:
“¿Qué demonios? ¿Arrancar ojos humanos para ofrecerlos como sacrificio? Eso no es más que un ritual sangriento.”
Era un compendio de casos sobre los desastres provocados por nigromantes del pasado. Cada página estaba llena de horrores nauseabundos. Si leerlo ya resultaba repulsivo, verlo en la realidad debía de haber sido indescriptible.
En medio de aquella lectura, una mano blanca deslizó un libro delgado, abierto de par en par, justo frente a su vista. Era el príncipe heredero.
—Te recomiendo empezar por esto.
Señalaba un párrafo al inicio. Dos pares de ojos se posaron sobre él y comenzaron a leer lentamente.
[Los nigromantes recurren a fuerzas malvadas y prohibidas por los dioses. La soberbia, la envidia, la ira, la pereza, la codicia, la gula y la lujuria humanas son la fuente de ese poder.]
[…Mientras los dioses no dormían y las antiguas entidades malignas no se ocultaban del todo, ellos trajeron incesantemente el caos a esta tierra…]
[Sus ciegas maldiciones se propagaban sin descanso, abonando la era de turbulencias. Quienes se dejaban arrastrar por ellas quedaban teñidos de locura, y esa locura llamaba a nuevas fuerzas oscuras.]
[…El propósito exacto nunca fue revelado. Mas el autor se atreve a conjeturar.]
Entre las líneas, algunas frases destacaban con fuerza: poder tomado de lo corrupto, maldiciones contagiosas… y al final, aquella palabra grabada con peso.
[La venida del demonio.]
La mirada de Ries permaneció largo rato fija en ese párrafo, hasta que el príncipe heredero retiró el libro, como si hubiera esperado a que lo terminara. Encogiéndose de hombros, añadió:
—Es necesario saber qué clase de seres eran y qué poder manejaban. Estoy seguro de que ya has comprendido por qué hoy en día no existen nigromantes.
—¿Por la ausencia de aquello de lo que dependían?
—Exacto. Cuando terminó la era en que dioses y demonios pululaban por la tierra de los hombres, los nigromantes, privados de su respaldo, fueron cazados. Cien años después, fue la propia Thalassa, la única que permaneció velando por los humanos, quien declaró que los culpables de codiciar fuerzas malignas habían sido exterminados.
Con un golpe seco, cerró el libro. Sus ojos, sin embargo, seguían fijos en Justin.
—Por lo tanto, las maldiciones que los nigromantes empleaban tampoco deberían existir. Pero sabemos que no es así. Me refiero a aquello que se enroscó en tu cuerpo.
—…
—Los demonios desaparecieron, pero sus huellas persistieron con obstinación tras su muerte. En fin, lo que quiero decir es esto: los nigromantes se extinguieron hace tiempo, así que no debería haber maldiciones aparte de la del duque. Si llegáramos a descubrir otra distinta…
Un suspiro escapó entre sus labios. Tal vez por la gravedad del asunto, su expresión dolida se grababa con nitidez.
—…Eso significaría que comparten la misma raíz. El día en que se contuvo la catástrofe, parece que no solo el antepasado del duque fue maldecido.
—…
—Sé lo que el duque quiere insinuar. Si alguien está maldito, debería notarse. Pero yo no he visto a nadie, ni he oído rumores.
Era una historia ya escuchada. Tras la afirmación del príncipe heredero, otra voz familiar se superpuso en la memoria.
—Por eso, si en este mundo quedara más de una maldición… al final todas compartirían la misma raíz que la de Justin.
Tal como lo había dicho. Lo que hasta entonces solo era una posibilidad quedó sellado como certeza. El problema era que no había ni una sola pista de quién podía ser el origen. Ni rango, ni edad, ni género. No había indicios significativos, ni siquiera una idea de dónde empezar a buscar rastros. Claro que eso era lo que pensaban los dos humanos que se devanaban los sesos.
“Quizá pueda encontrarse.”
Ries evocó aquella inquietante energía púrpura oscura que había visto tantas veces. Sobre todo, el extraño movimiento que aparecía cada vez que trataban de curar la maldición de Justin. Cuando el refugio donde se ocultaba desaparecía, esa maldición de origen desconocido se agitaba en el aire, como si intentara escapar.
“¿Y si no era una huida, sino un intento de regresar a su huésped?”
La intuición, que a veces le había servido de guía, vibró con fuerza. La posibilidad no era pequeña. Así, Ries se prometió con una mirada solemne probar otro método la próxima vez: seguir la maldición cuando intentara volver a su dueño. Con suerte, descubriría de inmediato quién la había sembrado.
—Son demasiadas las cosas que ignoramos. Según lo que dijo este amigo felino, la maldición estaba incrustada en los cuerpos de los magos y de los que capturamos recientemente.
—Así es.
—No sabemos para qué sirve, qué efectos tiene, ni siquiera cómo fue implantada.
Mientras sus pequeñas cabezas seguían trabajando, la conversación de los humanos continuaba. Algunas frases llamaron la atención de Ries, que aguzó las orejas.
La voz, exhalada como un suspiro, flotaba con cierta levedad:
—…Duque. ¿Has oído alguna vez que la medicina y el veneno son como las dos caras de una moneda?
—Creo haberlo escuchado.
—No soy experto en farmacología, pero sé que una misma hierba, según cómo se refine y la dosis que se administre, puede convertirse en remedio o en veneno. Quizá las maldiciones sean algo parecido.
—…
—Vaya, no debería decirle esto al afectado. Perdona, haz como si no lo hubieras oído.
Justin solo parpadeó, sin dar respuesta. El príncipe heredero se apresuró a retirar sus palabras, aunque no parecía molesto, sino pensativo. Ries, que lo observaba de reojo, también se quedó rumiando aquella expresión.
“Medicina y veneno…”
Demasiado inquietante para descartarlo como una simple ocurrencia.
Mientras sus pensamientos giraban con rapidez, la conversación entre los dos humanos entraba en una calma relativa. Parecían convencidos de que seguir especulando no tenía sentido. Así, el silencio de la lectura volvió a instalarse.
Esta vez, en lugar de espiar el libro de Justin, Ries arrastró hacia sí un tomo viejo y deshecho. Con un poco de destreza, podía pasar las páginas usando las patas delanteras. Mientras el suelo no resbalara demasiado, aquello era pan comido. Para los humanos, sin embargo, la escena no resultaba tan natural.
—…
—…
De reojo, el príncipe heredero y Justin lo miraban cada pocos segundos. Un gato amarillo, encorvado sobre la mesa y leyendo como una persona, tenía el extraño talento de robar miradas. Y esas patas, esforzándose por voltear cada hoja, eran un espectáculo en sí mismas.
Al final, las pistas útiles aparecieron solo tras mucho más tiempo de búsqueda que en la ocasión anterior. Justin extendió un libro hacia los demás.
—Mire esto.
Era un volumen ennegrecido, impregnado de un olor desagradable y cubierto de huellas de uso. Desde que se le aplicaron hechizos de conservación ya estaba en mal estado: páginas desgarradas, hojas deshilachadas.
—¿Este es uno de los grimorios que llevaban consigo? Qué pésimo gusto.
El comentario mordaz del príncipe heredero era difícil de refutar. Ries lo compartía sin reservas. Bastaba con mirar el índice:
[1. Cómo recibir la mirada de Él
- Preparación de la ofrenda
- Ritual de sacrificio: disposición de la mesa…]
Hasta ahí bastaba. El contenido era grotesco. Ries apartó la vista del índice y la dirigió hacia el pasaje señalado por Justin:
[El recipiente.]
[Para difundir más amplia y rápidamente la bendición de Él, el proceso de elegir el recipiente es de suma importancia.]
[…Joven y débil. Carne blanda y tierna. Con algo de callo, pero sin haber empuñado jamás un arma. Alguien que clama por salvación, pero es incapaz de mover sus propios pies.]
[Un recipiente frágil y vulnerable propagará la bendición con mayor alcance y contagiará a otros igualmente débiles. Ellos son dignos de convertirse en la primera semilla de la bendición.]
La mirada se fue afinando poco a poco.
“Recipiente”, “selección”, “inspiración”, “semilla”… términos inquietantes y desconcertantes, más allá de su extrañeza.
“Han disfrazado la maldición como bendición.”
¿Es que acaso no tienen conciencia?
Comments for chapter "Capítulo 168"
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♥ Gracias ♥
Hola muchas gracias a todos por leer en Newcat ♥