El gato está en huelga - Capítulo 167

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Resumiendo lo que ocurrió después, fue más o menos así.  

 

—Uuugh.

 

—…Ries. Si te resulta demasiado, puedes parar.

 

—No, estoy bien… solo un poco más y… bleegh.

 

Arcadas.  

 

—¡Sangre, sangre, tengo sangre en las manos… uugh!

 

—…¿No estarás forzándote demasiado? Si aún te queda apego por los que restan, ¿qué tal si vuelves otro día? La puerta se abrirá cuantas veces quieras.

  

—¿Vo-volver aquí? ¡Ni pensarlo!!!

 

—…

 

Golpeaba hasta mancharse las manos de sangre, y entonces se horrorizaba.  

 

Al final, ya ni fuerzas tenía para reaccionar, y se limitó a apretar los labios en silencio.  

 

Posó la mano sobre el cuerpo del último prisionero. Como si lo hubiera estado esperando, la negrura se disipó y de su interior emergió un hilo de seda púrpura oscuro, arrastrándose con torpeza.  

 

“Qué desagradable.”

 

Tras repetirlo varias veces, Ries había acabado por acostumbrarse a la fuerza, pero la manera en que aquello se movía y la energía que desprendía seguían resultándole repulsivas.  

 

Lo atrapó al vuelo y lo estrujó. Con ese simple gesto, la maldición de origen desconocido dejó de resistirse y se extinguió.  

 

Solo entonces, cuando se deshizo en fragmentos que se dispersaron en el aire, Ries pudo girarse y mirar a Justin.  

 

Aún agotado, sus ojos recorrieron con atención cada rincón de su amante. No tanto como Diana o aquel mago, pero había logrado expulsar no pocas maldiciones.  

 

“¿Habrá mejorado un poco?”

 

…No lo sabía. Al final, tendría que quitarle esas ropas tan apretadas para comprobarlo.  

 

Claro que solo lo pensó: jamás lo intentaría en un lugar tan sombrío, impregnado de sangre y podredumbre. Además, estaba tan cansado que sentía que iba a morir.  

 

Había gastado toda su energía, y la punta de sus dedos temblaba sin control.  

 

—Ries… ¿estás bien?

 

—Mmmgh… n-no.

 

A la pregunta preocupada de Justin no pudo inventar una respuesta convincente; simplemente negó con la cabeza, sincero. La caricia que recorrió con cuidado el dorso de su mano fue cálida.  

 

El príncipe heredero, que observaba la escena desde un lado, intervino con voz casual:  

 

—Eso de llevarlo hasta el final… cof, no, me he expresado mal. No pareces en buen estado; ¿qué tal si subimos primero? Parece que ya has terminado tus asuntos, y este lugar no es el más adecuado para conversar.  

 

Aunque al inicio se le escapó un extraño murmullo, lo cierto es que tenía razón. El olfato empezaba a embotarse, y lo único que deseaba era salir de allí cuanto antes.  

 

Pero quien se adelantó fue Justín. Antes de que lo arrastraran hacia afuera, él mismo propuso con voz cargada de preocupación:  

 

—Ries. ¿Quieres que te lleve en brazos?  

 

—¿Eh…?  

 

—Si estás agotado, puedo cargarte y trasladarte yo.  

 

Era una oferta inesperada, casi abrupta. En circunstancias normales, Ries habría sonreído y rechazado con cortesía, más aún teniendo a un tercero presente.  

 

…Pero no era el Ries de ahora.  

 

No pudo ocultar la expresión de súbito anhelo que se le dibujó en el rostro. En su mente ya bullía el deseo de tumbarse en algún lugar limpio, libre de olores, y descansar.  

 

Tras titubear un instante, murmuró:  

 

—¿Podría ser…?  

 

Al final, el instinto venció a la razón.  

 

  

  ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

 

Poco después, en vez de caminar con sus propios pies, avanzaba por el palacio apoyado en el firme brazo de Justín. Ah, claro… en forma de gato, no de hombre.  

 

—Myaang… mmmhh.  

 

Bostezaba con la boca bien abierta, mientras la cola se balanceaba lánguidamente. La mano que lo acariciaba con ternura era aún más reconfortante. Todo un señorito mimado.  

 

Quien lo observaba más de cerca no pudo evitar mascullar con cierto desdén:  

 

—Esto resulta… familiar, diría yo.  

 

—No está a tu alcance.  

 

—…Si yo no he dicho nada.  

 

—¿Ah, no?  

 

—Cuando se trata de ese chico, te comportas de manera extraña. Aunque… admito que es adorable. Solo espero que no me deje el traje lleno de pelos; aún tengo compromisos después.  

 

La razón por la que no reprochó más aquella escena era sencilla:  

 

—En cualquier caso, es un alivio. Ya pensaba cómo explicarle a Su Majestad que había dejado entrar a dos personas en la biblioteca prohibida. Ahora será más fácil arreglarlo.  

 

El lugar hacia el que se dirigían era aquel donde respiraban los registros que, durante siglos, habían sido aislados y borrados una y otra vez de la sociedad. Incluso con razones legítimas, resultaba inevitable sentir reparo al permitir la entrada de varias personas allí.  

 

Más aún cuando una de ellas no era más que un asistente común, sin rango especial. Entrar con esa apariencia solo atraería miradas innecesarias. Mucho mejor hacerlo bajo la forma de aquel inofensivo bulto de pelo.  

 

Claro que ver al duque Laufe cargando con tanto cuidado a un gato… era una combinación tan extraña que ni siquiera el príncipe heredero, que lo había presenciado varias veces, lograba acostumbrarse.  

 

Por fortuna, casi nadie había llegado a contemplar semejante escena. A lo sumo, unas pocas doncellas discretas y de confianza, incapaces de dejarse llevar por la curiosidad ni de soltar palabra alguna.  

 

De hecho, el lugar donde se hallaba la biblioteca prohibida era así: inaccesible para cualquiera que no perteneciera a la familia imperial directa, imposible siquiera de ubicar.  

 

Por eso el camino que recorrían era enrevesado hasta lo indecible.  

 

“¿Acabamos de entrar… en un armario?”  

 

Incluso Ries, que hasta entonces había practicado con los ojos cerrados la filosofía del “la vida del gato es la mejor”, no pudo evitar abrirlos de golpe.  

 

Un armario con apenas unas prendas, una escalera que descendía al retirar un libro, un peldaño que al presionarse revelaba una escalera oculta… algunos pasajes desafiaban toda lógica.  

 

Subían y aparecía un muro de piedra subterráneo; bajaban y la vista desde la ventana se alzaba más que antes. Las leyes del sentido común se quebraban, las reglas de la física se retorcían, y la boca de Ries se abría de nuevo, incrédula.  

 

El príncipe, quizá al notar aquella expresión, le ofreció la respuesta:  

 

—Magia. Une espacios que no deberían conectarse y oculta secretos más allá. No hay fuerza más adecuada. Pero el camino cambia cada vez; sin un miembro de la familia imperial, perderse es casi seguro. No intentes entrar a escondidas.  

 

—No imaginaba que la magia pudiera tener tal poder…  

 

—Vaya, ni reaccionas a mis bromas. En fin… la seguridad de la biblioteca prohibida no fue siempre tan férrea. Es fruto de siglos de refuerzo, de cerrar cada resquicio. Los magos, con cada generación, han ido ganando fuerza.  

 

Magia. Ries, en brazos de Justín, saboreó la palabra.  

 

Se decía que era la fuerza que retuerce las leyes del mundo, que escapa a la razón. Así se lo habían explicado la primera vez.  

 

“…Y era cierto.”  

 

Lo que entonces escuchó sin más, ahora lo comprendía de verdad. Difícilmente podría hallarse definición más precisa.  

 

Tras caminar un buen trecho más, el camino de subidas y bajadas se niveló y se ensanchó. En aquel corredor desierto se respiraba una extraña sensación imposible de describir.  

 

—Es allí —anunció el príncipe.  

 

Y en cierto momento, más allá, apareció una puerta gigantesca.  

 

Las olas grabadas en relieve y la figura de una mujer encogida sobre ellas parecían tan vivas que podían saltar en cualquier instante. La cola de Ries se erizó de golpe.  

 

El príncipe heredero se detuvo frente a ella, rebuscó un instante y sacó algo. Era un broche tan pequeño que cabría sin problema en una bolsa de mano.  

 

Abrió su tapa y dijo:  

 

—Retrocede un poco.  

 

Con lo que contenía pinchó su dedo. Las diminutas gotas de sangre que brotaron comenzaron a caer al suelo. El prodigio ocurrió enseguida.  

 

Las gotas, desafiando las leyes de la física, reptaron como serpientes sobre el mármol hasta alcanzar la gran puerta… y se filtraron en ella. El relieve brilló siguiendo las líneas del grabado.  

 

Kugugung. Con un estruendo profundo, la puerta empezó a abrirse. Incluso en brazos de Justín, Ries podía sentir la vibración transmitida indirectamente.  

 

Era natural sentirse sobrecogido, aunque la solemnidad se quebró pronto por culpa del príncipe, que se quejaba mientras se vendaba el dedo con un pañuelo:  

 

—Solo con la sangre de la familia imperial directa puede abrirse esta puerta. No sé qué brujo propuso este método primero, pero tenía un humor muy retorcido. Si la biblioteca no estuviera tan enterrada, seguro que mis dedos no habrían sobrevivido.  

 

Su voz estaba cargada de broma, pero contenía un matiz de verdad. Quizá por eso resultaba tan memorable. En cualquier caso, bastó para disipar la tensión que se había acumulado hasta la garganta. La cola amarilla, antes rígida, se relajó y volvió a rozar suavemente el brazo de Justín.  

 

El príncipe, al verlo, sonrió y le hizo un gesto ligero para que lo siguiera.  

 

Cuando Justín avanzó unos pasos y cruzó el umbral, el príncipe anunció:  

 

—Permíteme presentártelo. Este es el corazón del palacio, la biblioteca prohibida donde se guardan los registros que debían ser olvidados.  

 

Lo dijo con los brazos extendidos, como si fuera un guía amable.  

 

  

  ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

 

Una vasta biblioteca, con incontables libros alineados.  

 

Al verla por primera vez, Ries sintió una mezcla de emociones: un estremecimiento cercano al sobrecogimiento, pero también una abrumadora sensación de desamparo.  

 

“¿Cómo voy a encontrar aquí lo que busco…?”  

 

Aunque no lo mostrara, Justín seguramente pensaba lo mismo. Así, hombre y gato permanecieron inmóviles, lado a lado, sin saber por dónde empezar.  

 

Así que, naturalmente, fue el príncipe heredero quien rompió el silencio primero. Con una sonrisa ladeada, como si pudiera leer con claridad lo que pensaban, dijo: 

 

—¿Acaso creías que sería tan sencillo obtener lo que buscas, con registros acumulados durante siglos? …Eso me gustaría decir, pero dejemos las bromas aquí. El tiempo no está de nuestro lado.  

 

Harrison movió la mano y sacó un libro del estante.  

 

—Con tanta gente implicada, parece que han aplicado toda clase de técnicas ingeniosas. Por ejemplo, esto.  

 

Un volumen sobre los “magos oscuros” fue extraído.  

 

Y como si obedecieran a esa sola palabra, varios libros comenzaron a desprenderse de los estantes y a volar hacia ellos.  

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