El gato está en huelga - Capítulo 151

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Cerró los labios y observó aquella medusa durante unos segundos.  

 

Pequeña y frágil, parecía que se desharía al primer toque, pero cuanto más seguía sus movimientos, más extraño era el sentimiento que le invadía.  

 

Sí, esto era sin duda… lo sagrado. La misma sensación que había tenido al entrar en el templo, al contemplar el mar donde la fuerza de Talasa permanecía con mayor intensidad.  

 

Una solemnidad que casi le hacía pensar que debía arrodillarse y elevar una oración le cosquilleaba en la mente. Incluso los extremos blandos de los tentáculos parecían rebosar elegancia.  

 

Justo cuando tragaba saliva ante aquella repentina emoción, los tentáculos cambiaron de dirección y comenzaron a agitarse. Una voz tenue se deslizó con las olas.  

 

—Ven… aquí.  

 

Era tan fina que parecía a punto de quebrarse. Sin embargo, aquella voz le resultaba familiar. Ries, como hipnotizado, avanzó hacia la medusa.  

 

Cuando estuvo lo bastante cerca como para tocarla con solo extender la mano, esta susurró:  

 

—Mi… niño. Puro. Adorable. Hermoso.  

 

Las palabras se arrastraban torpes, aún difusas y borrosas, como si bastara un instante de distracción para perderlas.  

 

El rostro de Ries, sin embargo, se mostró incómodo.  

 

El contenido era… inesperado. Tres elogios seguidos lo dejaron aturdido.  

 

¿Será… la diosa?”  

 

Había intuido que lo apreciaba, pero jamás pensó que le diría en la cara que era adorable o hermoso.  

 

Aun así, no carecía de ventajas: la tensión en sus hombros, antes encogidos, se aflojó un poco. Gracias a ello, el nerviosismo disminuyó.  

 

—¿Es usted… la diosa Thalassa?  

 

Aclaró la garganta y se atrevió a hablar con suavidad, mientras su mente calculaba qué decir después. ¿Cómo empezar una petición?  

 

Ya había comprendido de sobra que la lógica de los dioses y la de los humanos eran distintas, así que no podía preverlo con facilidad. Y sin embargo, la conversación tomó un rumbo muy distinto al que Ries esperaba.  

 

—Humano… has cambiado. Qué admirable.  

 

—¿…Diosa?  

 

—Tu bendición, fuerte. Tranquilo…  

 

—¿Diosa? ¿Me escucha?  

 

No, lo más exacto sería decir que ni siquiera lograron mantener una verdadera conversación.  

 

Por un instante perdió las palabras y se quedó mirando al ser marino frente a él. Aquella medusa, lejos de responder a lo que se le preguntaba, parecía empeñada en soltar únicamente su propio discurso.  

 

Y no era eso lo único que le inquietaba.  

 

“Su habla… es torpe.”  

 

Ya había escuchado antes la voz de la diosa, y por eso la diferencia se le hacía más evidente. Cuando otorgaba bendiciones, ¿acaso no hablaba con claridad?  

 

En cambio, la criatura que tenía delante balbuceaba frases desordenadas, más cercanas a palabras sueltas que a oraciones, con una tartamudez marcada. Era como si su capacidad de lenguaje se hubiera deteriorado.  

 

No podía dirigirle palabra, ni tampoco atreverse a tocar sus blandos tentáculos.  

 

Así, atrapado entre la imposibilidad de hablar y la irreverencia de sus pensamientos hacia un ser divino, ocurrió lo inesperado: la medusa, que nadaba en el mismo lugar, cortó de pronto la corriente y se acercó.  

 

Un intenso olor a mar y un halo de luces irisadas cubrieron su rostro. Parpadeó, cerrando los ojos por reflejo, y al abrirlos de nuevo descubrió que eran los tentáculos de la medusa.  

 

—Nom…bre.  

 

La voz, igual de débil que antes, parecía preguntar por su nombre.  

 

—…¿Me está preguntando mi nombre? Soy Ries.

 

—Ries. Rie…es. Hermoso, nombre.  

 

La medusa repitió varias veces su nombre, añadiendo como obsequio el elogio de que era bello. Ries pensó, con cierta ligereza, que si lograba salir con vida debería contárselo a Justin.  

 

“Al fin y al cabo, fue Justin quien me lo dio.”  

 

Podía imaginarse su expresión: una mirada ambigua, pero incapaz de ocultar el orgullo. El gesto rígido se le suavizaría.  

 

Mientras tanto, la medusa volvió a hablar. No parecía tener intención de terminar la conversación.  

 

—Largo, hablar, no… rezo… por qué.  

 

Era, por fin, el tema que Ries tanto había esperado. Sin más titubeos, sacó a la luz las palabras que llevaba rondando en su mente.  

 

—Antes de abrir los ojos en este mundo, usted me concedió tres bendiciones. Entre ellas confirmé la del olvido.

 

—…Cierto. Yo, elegí… alma. Pura. Clara. Ajustar, me esforcé… Bendición, ¿te gusta? ¿Te adaptas bien?  

 

Quizá porque el tema le agradaba, la voz se volvió más abundante, un poco más fluida. En aquel tono blando empezaba a surgir un matiz de vitalidad.  

 

Ries meditó en silencio sus palabras.  

 

Aunque dispersas, las palabras clave no faltaban, y captar la esencia del mensaje no resultaba difícil.  

 

“Dijo que era un alma elegida directamente.”  

 

En rigor, era algo que ya había sospechado. Con un cuerpo colmado de bendiciones, ¿cómo pensar que despertar en un lugar extraño, con una forma extraña, no habría sido obra de la mano divina?  

 

Además, había obtenido algunos datos más.  

 

Que la diosa usara la expresión “me esforcé” significaba que había sido un trabajo arduo, y que aquellas tres bendiciones estaban destinadas a facilitar su adaptación a este nuevo mundo.  

 

Dado el propósito de su llegada, lo segundo era lo que más le hacía pensar. Una de las tres le resultaba particularmente incómoda, pero salvo por la imposición que conllevaba, debía admitir que le ayudaba.  

 

Aun así, no podía aceptarlo sin reservas. Porque la razón de que Ries estuviera allí era…  

 

—Sí, me adapté bien. Pero, respecto a eso…  

 

Había venido para pedir que le retiraran aquella bendición.  

 

—¿Podría… retirarla? O, al menos, asegurarse de que no vuelva a activarse nunca más.  

 

—……  

 

—……  

 

El silencio cayó. Incluso el rumor constante de las olas se detuvo de pronto. Una sensación helada lo envolvió, y decidió arrodillarse con humildad.  

 

“¿No me matará, verdad? Dijo que me apreciaba. En el peor de los casos, me aferraré a sus ropas… No, espera. No lleva ropa.”  

 

Deshizo el plan en un instante.  

 

Si no quedaba otra, rodaría por el suelo y haría un berrinche. El valor se le salía del pecho, pero ya no había marcha atrás.  

 

—……¿Por qué?  

 

—Pues…  

 

—¿Volver? Imposible. Recuerdos… innecesarios. Tu mundo… está aquí. Todo lo tuyo… aquí.  

 

La interpretación era clara:  

Este es tu mundo, aquí está todo lo que eres, así que los recuerdos del pasado no son necesarios, y regresar al mundo anterior no puede permitirse.  

 

Pero eso no era lo que Ries pedía. Mientras existiera Justin, esa opción jamás estaría en sus manos.  

 

—Mi niño. Mi hermosa… criatura. Tu libertad, la amo. Pero… desviarte, no. No puedo… permitirlo. Bajo mi mirada, estarás siempre… a salvo.  

 

El escalofrío instintivo era inevitable.  

 

—……  

 

Ries, aún de rodillas, alzó la vista hacia la medusa. Los tentáculos irisados descendían a la altura de sus ojos.  

 

El amor de los dioses es distinto. Recordó las palabras de Greus, y ahora las comprendía de verdad.  

 

Desvió la atención del latido desbocado de su corazón. Tal vez el ánimo del dueño de aquel espacio se reflejaba en el entorno, porque de pronto respirar se le hacía más difícil.  

 

—No intento… regresar.  

 

—¿No marchas?  

 

—No. Este es mi mundo. Aquí he encontrado cosas valiosas.  

 

—……  

 

Los tentáculos se mecieron suavemente. En algún momento, el rumor de las olas volvió a escucharse. ¿Sería que la respuesta le había complacido?  

 

—No quiero olvidar a la persona que me es preciosa. Gracias a él considero este lugar mi mundo. Por eso no deseo volver.  

 

—Huésped… de los restos. Excesos… ¿aun así?  

 

No comprendía del todo qué quería decir con “restos” o “huésped”, pero Ries sabía que se refería a Justin. Por primera vez, levantó la cabeza con osadía.  

 

—Justin es bueno.  

 

—……  

 

—Me protegió. Es más amable que cualquiera que haya conocido en este mundo. Ese hombre, al que usted llama excesivo, me entregó el recuerdo más cálido.  

 

Sus ojos grises brillaron. Cuando las burbujas pasaban frente a ellos, parecía que sus pupilas destellaban en mil colores.  

 

—Gracias a ese recuerdo puedo amar este mundo. Así que…  

 

Justo cuando iba a terminar la frase, un tentáculo blando rozó de improviso la punta de su nariz.  

 

—Mi niño. Tu miedo… lo veo. Lo sé.  

 

—……  

 

Temes su muerte.  

 

Por primera vez, la voz de la diosa se escuchó nítida.  

 

Ries se estremeció. Llamar “eso” a Justin sonaba cruel, pero todo lo demás seguía siendo cálido.  

 

La sensación era clara: aquello no se resolvería con facilidad.  

 

 ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

 

Parpadeó lentamente. Los párpados pesados, los ojos ardiendo como cuando uno fuerza la vista bajo el agua. Y comprendió.  

 

“Estoy de vuelta.”  

 

Fue entonces cuando sintió unas manos sujetándole los hombros. O mejor dicho, ya lo sostenían desde antes, pero apenas ahora recuperaba la conciencia de ese contacto.  

 

—…Ries. ¿Recobras el sentido?  

 

—Justin.  

 

Ries giró de inmediato la cabeza para comprobar de quién eran aquellas manos. Al ver el rostro cubierto por la máscara negra y, detrás de ella, los ojos rojos cargados de preocupación, sus nervios crispados se relajaron poco a poco.  

 

Solo después se permitió mirar alrededor. Seguía en el santuario, frente a la estatua de la diosa y las ofrendas resecas. Era la prueba de que la divinidad había intervenido.  

 

Con ello, los recuerdos de la conversación bajo el mar con la diosa en forma de medusa regresaron con nitidez. Su expresión se ensombreció un instante, hasta que advirtió un detalle.  

 

—¿Dónde está el sumo sacerdote?  

 

—…Tuvo que ausentarse por un asunto urgente.  

 

—¿Un asunto urgente?  

 

La expresión no sonaba bien. Y al ver el rostro de Justin, oscurecido, la sensación de mal presagio se intensificó.  

 

Todo indicaba que, mientras él se comunicaba con la diosa, algo había sucedido.  

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