El gato está en huelga - Capítulo 141

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—Parece que una de las ruedas del carruaje está un poco rara. Por si acaso, mejor revisémosla antes de partir.

 

Ganar tiempo era tarea de Ketir. Dio una palmada sonora, atrayendo la atención de los caballeros que estaban cerca.

 

Ries aprovechó ese instante para moverse. Fingió desaparecer entre los callejones, pero en realidad se había transformado en un gato y se ocultaba, esperando el momento justo. Cuando todas las miradas se concentraron en un solo punto, salió disparado hacia el carruaje.

 

Su destino era la rendija de la ventana que Justin había dejado entreabierta. Saltó ágilmente y, apenas sus patas tocaron el borde, una mano salió desde dentro y lo estrechó con fuerza.

 

Era el calor que lo había abrigado hasta justo antes de bajarse del carruaje.

 

—¿Miau?

 

—Temía que no lograras subir a tiempo.

 

Ante eso, el rostro de Ries se tornó por un momento ambiguo.

 

‘Como si hubiera pasado tanto tiempo desde que nos separamos.’

 

Incluso si algo así llegara a ocurrir, ahora sabía cómo volver a ser humano. Ya no corría el riesgo de quedarse como un gato callejero. Tenía dos piernas firmes con las que podía regresar a la mansión.

 

Además, solo era una suposición. Sabía que algo así no pasaría. Si por alguna razón hubieran partido antes, Justin habría detenido el carruaje sin dudarlo.

 

—…Prrr. Miau.

 

Pero Ries decidió no señalar nada de eso. Las preocupaciones que Justin le ofrecía siempre eran dulces.

 

Sintió una punzada de alarma: si seguía así, acabaría volviéndose un consentido sin remedio. Pero, como siempre, eligió mirar hacia otro lado.

 

Justin cerró por completo la ventana por la que se colaba la brisa. Pronto el bullicio exterior se desvaneció, y el carruaje se puso en marcha.

 

Era hora de volver a su primer hogar.

 

  ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

 

No había pasado ni medio año cuando se corrió la noticia de que el dueño de la mansión regresaba. La mansión de los duques de Laufe se llenó de actividad. Los rostros de quienes se reunían en pequeños grupos mostraban preocupación, pero también, curiosamente, una expectativa nítida.

 

Una de las doncellas recién llegadas al servicio, con las manos empapadas de sudor, se las secó en el delantal y preguntó:

 

—El ambiente es un poco… ¿extraño?

 

Aunque lo dijo en pocas palabras, el sentido era claro: en lugar de estar tensos y paralizados por el miedo, todos parecían curiosamente relajados.

 

Había oído rumores sobre la temida reputación del duque de Laufe en su anterior lugar de trabajo, así que aquella atmósfera le resultaba desconcertante.

 

La sirvienta mayor, que estaba a su lado, le susurró al oído.

 

—Ay, por favor… ¿Cuánto hace ya de eso? Ha cambiado mucho desde entonces. El duque… sigue siendo intimidante, claro, pero desde que tiene una mascota, parece haberse suavizado un poco.

 

—¿Una mascota? ¿Tiene un perro?

 

—No, un gato. Es muy lindo y adorable. Imagínate, si logró derretir el corazón de ese duque… Y además…

 

La voz de la sirvienta fue bajando poco a poco, como si estuviera a punto de revelar un secreto. La sensación era la de estar escuchando una confidencia prohibida. El corazón de la joven doncella empezó a latir con fuerza.

 

—Dicen que es… muy místico.

 

—¿Perdón?

 

Una palabra inesperada le golpeó la nuca como un mazo. La doncella apenas logró contenerse de rascarse la oreja.

 

—Si alguna vez tienes la oportunidad, deberías preguntarle algo al espíritu. Parece que solo apoya su patita como si nada… pero es increíble lo que puede hacer.

 

¿Espíritu? La doncella abrió la boca sin emitir sonido, perpleja ante aquella palabra que jamás había escuchado en ese contexto. Por desgracia, no tuvo tiempo de preguntar más.

 

Un gran carruaje comenzó a cruzar el portón principal.

 

La doncella se irguió de inmediato, rígida como una estatua. Levantó la cabeza justo cuando un maullido suave y melódico se dejó oír a lo lejos.

 

Lo primero que vio al alzar la vista fue una cola que se agitaba con gracia. Era blanca, esponjosa, y se enroscaba y desenroscaba sin cesar alrededor de algo.

 

—…¡!

 

Al mirar mejor, se dio cuenta de que era el brazo del duque. Incluso desde la distancia, podía ver cómo el pelaje blanco se le había pegado a la manga, y por un instante, la doncella dudó de sus propios ojos.

 

Pero solo por un instante. Sin darse cuenta, comenzó a observar al gato como si estuviera hechizada.

 

El felino, de pelaje blanco con matices dorados, era tan hermoso que incluso alguien sin interés por los animales no podía evitar admirarlo. Sus ojos brillaban como gemas, y su lengua rosada asomaba de vez en cuando en un gesto casi juguetón.

 

No era de extrañar que incluso el temido duque hubiera caído rendido. No parecía importarle que su ropa se llenara de pelos; lo llevaba en brazos con tanto cuidado, como si fuera un tesoro.

 

Y la mirada con la que lo contemplaba desde arriba… era mucho más suave de lo que ella jamás habría imaginado.

 

‘Así que también puede poner esa cara…’

 

Definitivamente, no se puede confiar ciegamente en los rumores. En ese instante, la imagen temible del duque de Laufe se desdibujó en la mente de la doncella.

 

El gato en sus brazos también tenía mucho que ver.

 

Se dejaba caer con todo el cuerpo, lanzaba un enorme bostezo, y cada vez que podía, hundía la cabeza contra el pecho del duque. Mientras tanto, su cola seguía enroscándose y desenroscándose alrededor del brazo de su amo.

 

El afecto no solo se notaba: rebosaba tanto que parecía empapar el suelo. La doncella lo miró con renovada fascinación.

 

‘Se ve tan feliz…’

 

Debió de recibir unas caricias maravillosas dentro del carruaje.

 

  ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

 

La mansión, a la que regresaban tras tanto tiempo, había cambiado notablemente.

 

Lo primero: el exterior de la mansión. Ries se pegó a la ventana para mirar hacia fuera.

 

Cuando puso un pie en esta casa por primera vez, el ambiente era tan lúgubre que bien podría haber competido con una casa encantada. Pero ahora, era difícil encontrar rastro de aquello.

 

El jardín estaba bien cuidado, el césped recortado con esmero. Si el horario coincidía, incluso se podía ver la coronilla del jardinero ocupado entre las flores.

 

Los senderos de paseo habían sido renovados, y la fuente, que antes parecía oxidada y fuera de servicio, ahora brillaba como nueva, lanzando chorros de agua con energía.

 

El interior no era diferente. Los pasillos, antes sombríos con apenas unas luces encendidas, ahora estaban iluminados; las cortinas, que habían sido de un tono apagado y deprimente, habían sido reemplazadas por otras nuevas; y los rostros del personal que recorría la casa se veían el doble de animados.

 

Pero lo que más le gustaba no era nada de eso.

 

—H-hola, buenos días…

 

Fue el saludo que le dirigió una doncella con la que se cruzó por casualidad esa misma mañana. Su rostro le resultó familiar, y al rebuscar en su memoria, una escena se le vino a la mente.

 

Había ocurrido poco después de que comenzara a vivir en la casa.

 

Aquel día, Justin había salido a recibirlo tras su paseo. Una doncella, que sin saber nada había seguido al gato, se topó de frente con el temido dueño de la casa.

 

—¡N-no volveré a poner un pie aquí sin permiso! ¡Por favor, solo le pido que me perdone la vida…!

 

Ries recordaba perfectamente lo que ocurrió después. Ni siquiera habían dicho nada, pero ella se había arrodillado de golpe, como si su vida dependiera de ello. Fue tan desconcertante como cómico.

 

La que le había saludado torpemente era, sin duda, aquella misma mujer. Su rostro seguía pálido, y estaba tan tensa que parecía a punto de desmayarse, pero al menos ya no estaba presa de un terror desmedido como aquel día.

 

‘Eso sí que es un gran avance.’

 

A Ries le agradaba mucho este nuevo ambiente. Sus dedos tamborileaban con ritmo sobre el marco de la ventana.

 

…Claro que, si hay cosas que agradan, también hay otras que no tanto. Su expresión, que hasta hacía un momento irradiaba satisfacción, comenzó a torcerse con fastidio.

 

—¡Ooooh…! ¡Oh, espíritu sagrado! ¡Señor Ries! ¡Ha regresado! ¡Mis plegarias nocturnas por fin han llegado a Thalassa!

 

—Me quedé con la espina de no haberle agradecido debidamente la última vez. Traje unos bocadillos ligeros, ¿le gustaría probarlos?

 

—Sigue siendo tan adorable y encantador como siempre. No, espera… ¿puede ser que esté aún más lindo que antes? ¿P-podría… podría tocarle la naricita, solo una vez?

 

Las voces llenas de admiración flotaban a su alrededor como burbujas. Al pensarlo bien, Ries lo tuvo claro: esa obsesión con el “espíritu sagrado” se había intensificado desde su partida.

 

Solo había salido a dar un paseo, pero exagerando un poco, parecía que cada diez pasos alguien lo detenía. Si Melissa, su escolta, no hubiera intervenido, probablemente habría estado atrapado mucho más tiempo.

 

Ni siquiera en el palacio las cosas llegaban a este punto. El aluvión de atención, tras tanto tiempo, le provocaba un leve mareo.

 

Pero había otro problema.

 

Si el anterior había sido “asunto de Ries”, este era más bien un problema relacionado con “el señor Elton”. Como era su primera visita a la mansión, debía familiarizarse cuanto antes con los miembros principales del lugar…

 

—Mucho gusto. He oído hablar de usted. Me dijeron que fue nombrado nuevo asistente mientras el duque se encontraba en el feudo. Espero que podamos llevarnos bien.

 

—Ejem, ejem… Verá, hay algo que me gustaría preguntarle. Hace poco comencé una nueva relación. Se llama Linda, una mujer encantadora con unas pecas preciosas. Solo se lo cuento a usted, señor Ries, en secreto… pero en realidad es mi quinta pareja. Siempre se rompe justo antes del matrimonio. Ya tengo una edad, y empiezo a sentirme algo apurado. Esta vez… ¿cree que podré casarme? Lo deseo de verdad, profundamente.

 

Era difícil adaptarse a ese cambio repentino: personas que antes no hacían más que alabarlo sin descanso, ahora se ponían serias y formales. ¿Puedes creer que ambas frases salieron de la misma persona?

 

Solo con verle la cara, flotaban en el aire palabras como “cuatro compromisos fallidos antes del altar”, y no había forma de mantener una expresión neutral. Encima, toda la información que le daban era justo la que no quería saber.

 

‘Los humanos…’

 

Ries chasqueó la lengua con un audible “tsk” y negó con la cabeza. Claro que eso no quitaba que ya se hubiera comido con gusto todos los bocadillos que le habían traído.

 

—Ries.

 

—Ah, ya voy.

 

Quien lo sacó de sus pensamientos no fue otro que Justin. Al girarse, sorprendido, vio que una mesa de té había sido dispuesta con esmero. Con una sonrisa, se acercó de inmediato.

 

Una tarta de manzana recién horneada, aún tibia, y muffins salpicados de chocolate amargo. Todo, como siempre, eran sus favoritos.

 

Se sentó junto a Justin, y este desplegó un periódico. Gracias a eso, Ries pudo leer de un vistazo algunos de los titulares más llamativos.

 

Uno en particular le saltó a la vista:

 

[“Tres mil monedas por cabeza, los más jóvenes se venden aún más caros” — Magos traficantes de esclavos… ¿Hasta dónde debemos tolerar sus abusos?]

 

Se quedó con la boca abierta, a medio camino de llevarse un muffin a la boca. No se podía negar: el titular era de lo más provocador.

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