El gato está en huelga - Capítulo 140
—Mira esto. Es bonito, y ya.
Aunque su rostro estuviera surcado por venas oscuras y abultadas, a sus ojos no era otra cosa que hermoso. Al pasar la mano por encima con deliberación y esbozar una sonrisa, sintió cómo la mirada de Justín se aferraba a él, como hechizada.
Alguien, al ver ese rostro, podría torcer el gesto con repulsión, podría incluso escupir palabras de desprecio. Pero para Ries no era así.
Para él, aquello era la prueba de que Justín había soportado la soledad con valentía, las huellas de su lucha por sobrevivir.
Si su encuentro en aquel callejón sombrío había sido una casualidad disfrazada de destino, entonces esas marcas eran la evidencia del tiempo que Justín había corrido para llegar hasta él.
¿Cómo podría no parecerle hermoso?
Y además, él lo sabía. Tal vez tomaría tiempo, quizá mucho, pero esas cicatrices sanarían por completo algún día. Y quien estaría allí para verlo no sería otro que él mismo.
—…¿De verdad?
—Sí, de verdad.
Pensar así lo hacía sentir una ternura casi insoportable. No había pasado tanto desde que comprendió sus propios sentimientos, y sin embargo, esa emoción crecía con una intensidad desconcertante a cada instante.
Con la yema de los dedos, rozó los ojos que no lograban ocultar su ansiedad. Podía asegurarlo: en toda su vida, aunque hacía tiempo que la mayor parte de sus recuerdos se habían desvanecido, jamás había sentido algo tan profundo y tan denso como esto.
Entonces Ries se inclinó. Parte de él lo hizo para calmar a Justín, que aún no lograba deshacerse de su inquietud. Pero otra parte, más íntima, lo hizo por puro deseo.
El cuerpo bajo él se había quedado rígido, lo que facilitó alcanzar su objetivo sin esfuerzo.
Presionó con fuerza, como estampando un sello, sus labios contra los de Justín. Los labios de este se deshicieron bajo los suyos sin ofrecer resistencia.
—Mm…
Suaves. Exactamente como los recordaba. Ries jugueteó un momento con sus propios labios, saboreando la sensación.
El calor que acababa de rozar, las piernas que lo sostenían con firmeza, el rostro completamente entregado… todo le gustaba. Una calidez burbujeante parecía brotarle desde lo más hondo del pecho.
‘…¿Y si lo hago otra vez?’
Ya había conseguido lo que quería. Desde el principio, todo había sido por volver a sentir aquella sensación en los labios que lo había estremecido aquella noche.
Últimamente, con tantos intentos fallidos, se había vuelto casi una cuestión de orgullo… pero, de cualquier forma, Ries deseaba que ese aire, ese calor que le envolvía el cuerpo, esa vaga sensación que aún le hormigueaba en los labios, no se desvaneciera.
Y como no había nadie que los interrumpiera, decidió seguir su instinto sin reservas.
—Eh…
Bueno, para ser exactos, lo intentó. Porque si Justín no le hubiera sujetado el rostro de inmediato, sin duda lo habría hecho.
Al mirar hacia abajo, vio que Justín tenía los ojos fuertemente cerrados. Y entonces, con una voz cargada de desesperación, él habló.
—Espera, espera un momento.
—……
Ries no respondió. Solo entrecerró los ojos. Intentó empujar con disimulo el rostro de Justín, pero aquellas manos firmes no cedieron ni un ápice.
La molestia empezó a subirle como una bruma. Se notaba demasiado que Justín no estaba usando toda su fuerza, como si de verdad quisiera detenerlo pero sin hacerle daño. Y eso lo irritaba aún más.
Sin embargo, en el instante siguiente, Ries olvidó por completo que estaba a punto de protestar.
Justín, que había estado respirando hondo una y otra vez, alzó lentamente los párpados. Su rostro se acercó justo después. Una sensación temblorosa y suave rozó sus labios.
Unos segundos más tarde, los labios que se habían unido sin dejar espacio se separaron.
—……
—…Ries. ¿Puedo… seguir?
La voz se coló entre ambos, apenas un susurro. Una súplica quebrada que pedía permiso con cautela, tan cerca que apenas había aire entre ellos.
Ries tardó un segundo en darse cuenta de que Justín lo había llamado. Toda su atención se había concentrado en un solo punto. El rostro frente al suyo tenía algo de urgente, de necesitado.
—Ah…
El rostro de Justín, sin la máscara que solía ocultar sus emociones, despertó en Ries un deseo que ni él mismo sabía que tenía.
‘¿Soy el primero en ver esta cara?’
Quizá, pensó, sería el único en verla así durante toda su vida. No podía imaginar a Justín mostrando esa expresión a nadie más.
Y ese pensamiento le provocó una satisfacción tan cruda, tan descarada, que hasta se sintió sorprendido de sí mismo. Asintió como un tonto, sin pensarlo demasiado. Era lo único que podía hacer.
Ya con el permiso concedido, no había razón para que Justín dudara. Sus labios volvieron a encontrarse. Solo que esta vez, fue un poco más…
—…¿Mmph?
Los ojos, que había cerrado con fuerza, se abrieron de golpe como si todo fuera una mentira. Algo cálido y redondeado se deslizaba lentamente entre sus labios, aún entreabiertos.
Y fue entonces cuando sus pensamientos, que ya venían encadenándose sin control, comenzaron a desbordarse por completo.
‘Esto… esto sí es un beso.’
Aunque la mayoría de sus recuerdos como humano se habían desvanecido, sabía perfectamente lo que era eso.
No era un roce fugaz, un contacto que va y viene. Era algo más íntimo, más denso. Un acto propio de amantes. Y él, él lo estaba haciendo con Justín.
Todo le daba vueltas.
‘¿Ese “puedo” de antes… se refería a esto?’
Qué audaz, pensó. Finge no serlo, pero lo es.
‘…Qué largas tiene las pestañas.’
Quiero tocarlas.
‘Como si no fuera el cuerpo de Justín… hasta su lengua…’
Era de una ternura y una delicadeza absolutas.
Entre los pensamientos que le saltaban sin orden ni concierto, algunos eran tan absurdos como inesperados. Pero todos compartían un mismo destino.
No tardaron en ser devorados por completo por un calor que le subía desde la cintura. Incapaz ya de entender lo que ocurría, cerró los ojos con fuerza.
—Mm… sí…
No era tanto que lo explorara por dentro, sino más bien que lo acariciara, que lo rozara con suavidad.
Ambos lo hacían por primera vez. Nunca habían aprendido cómo, y mucho menos estaban en posición de haber escuchado relatos ajenos. No podían ser más torpes, más inseguros.
Y aun así, solo con eso, sentía que la cabeza le hervía. El calor en su boca era tan intenso que parecía quemar. Cada vez que los labios se separaban apenas, su respiración salía en ráfagas desordenadas.
Como era de esperarse, el aire comenzó a faltarle en un abrir y cerrar de ojos.
La cabeza le daba vueltas, y frente a sus ojos todo titilaba como luces parpadeantes. Soltó los brazos que había enredado torpemente alrededor del cuello de Justín y empezó a empujar su cuerpo con urgencia.
El cuerpo que hasta entonces parecía inamovible se dejó apartar con una facilidad desconcertante, como si esa rendición también fuera parte de Justín.
—Fuu… ha… haaa…
Ries trató de recuperar el aliento que le subía hasta la punta de la barbilla. Sus mejillas ardían tanto que temía que le prendieran fuego al rostro.
Pero cuando por fin logró levantar la cabeza, no pudo evitar soltar una carcajada al ver a Justín en un estado tan parecido al suyo.
—¡Jajaja!
Las mejillas encendidas, las orejas rojas como manzanas, los labios ligeramente hinchados. No era que le hiciera gracia. Si acaso, lo hacían ver más vivo que nunca.
Simplemente, le encantaba todo aquello. El hecho de haberse besado, de estar los dos con la cara encendida, jadeando al unísono. Ese momento, justo ese, le parecía perfecto.
—¿No… te gustó?
—¿Qué? Claro que sí.
Tal vez fue la risa repentina lo que lo puso nervioso, porque Justín preguntó con timidez. Ries le dio un golpecito en la frente, como respuesta. Aunque la risa ya se había calmado, el aliento seguía entrecortado y el corazón le retumbaba con fuerza.
Aun así, no podía apartar la mirada de esas mejillas encendidas. Sintió que otra oleada de impulso lo empujaba por la espalda.
—Creo que podríamos hacerlo una vez más.
Y decidió no resistirse. Tenían tiempo. Y, por ahora, nadie iba a interrumpirlos. Ries sonrió, levantando apenas las comisuras de los labios.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
—Ejem, hmm.
Antes de llegar a la mansión, Ries fue el primero en bajar del carruaje, que se había detenido brevemente. El sol brillante lo recibió de inmediato, calentándole la cabeza redonda como si lo saludara.
Se cubrió los ojos con la mano a modo de visera y giró el rostro con disimulo. Era imposible no notar la mirada que le quemaba la espalda: su dueño era demasiado evidente.
A través de la puerta entreabierta del carruaje, se asomaba el rostro enmascarado de un hombre. Apenas habían pasado unos segundos desde que se separaron, pero en los ojos rojos del otro ya se dibujaba una preocupación nítida.
Ries no volvió sobre sus pasos. En su lugar, esbozó una sonrisa tranquila. Le habría gustado saludar con la mano, pero había demasiadas miradas alrededor como para atreverse a agitarla.
Así que solo inclinó ligeramente la cabeza. Al verlo, Melissa le dirigió la palabra.
—Parece que se lleva bien con el duque.
—Supongo que, al pasar tanto tiempo juntos, le he tomado cariño sin darme cuenta. Es una buena persona.
—Sí, no da tanto miedo como uno pensaría, ¿verdad?
Ella respondió con naturalidad al elogio que Ries deslizó sobre Justín. Ojalá todos fueran como Melissa. Ries miró durante unos segundos en dirección al townhouse antes de apartar la vista.
En lugar de volver al carruaje, se dio la vuelta. Era algo que ya se había acordado desde que salieron del ducado.
—Ya va siendo hora de cuidar un poco las apariencias.
Recordó de pronto las palabras de Sepite. Y tenía razón.
Un gato invisible que supuestamente viaja con ellos, y un humano que parece ocupar su lugar. Para quienes desconocen la existencia de los therianos, puede que solo resulte extraño. Pero no todos serán tan ingenuos.
Por eso habían decidido fingir que (Ries, el gato) había estado dentro del carruaje desde el principio.
‘Si me meto por ese callejón, podré colarme sin que me vean.’
Ries echó un vistazo a su alrededor, buscando un callejón adecuado.
El plan era simple: el asistente ,Rienstain Elton, desaparecería fingiendo cumplir un encargo de Justín, y luego, convertido en gato, se escabulliría de nuevo al carruaje. Si se transformaba dentro, con el carruaje aún en movimiento, parecería que un humano se había desvanecido sin dejar rastro. Así que, aunque engorroso, no había otra opción.
—Con su permiso, me retiro. Gracias por su trabajo.
Con esas palabras dirigidas a los caballeros, se despidió y siguió su camino. Sus pasos parecían algo apresurados, o tal vez simplemente ligeros.
Uno de los caballeros que lo observaba se volvió hacia Melissa y le preguntó en voz baja:
—¿Está bien que no lo acompañemos? Ese joven es… bueno…
Señaló con la mirada el carruaje y se tragó el resto de la frase, pero nadie allí necesitaba que la completara. Todos conocían los rumores que ardían como fuego en el ducado.
Melissa también los conocía, pero en lugar de preocuparse, negó con firmeza.
—Estará bien. Su Excelencia debe de tenerlo todo previsto.
Después de pasar tanto tiempo a su lado, lo sabía. Incluso si no fuera humano, aunque fuera un gato, el duque era alguien que sabía cuidar con ternura infinita a aquello que consideraba valioso.
Eso debía aplicar también al señor Elton, que parecía tener una relación cercana con él. Así que, seguramente, todo esto formaba parte de un plan cuidadosamente pensado.
…Aunque, claro, había un detalle que no dejaba de rondarle la cabeza.
‘Parecía de buen humor.’
Las mejillas ligeramente sonrojadas del señor Elton seguían grabadas en su memoria con una nitidez inusual. ¿Le habría pasado algo bueno?
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