El gato está en huelga - Capítulo 165

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—Permítame entrar en la biblioteca prohibida.

 

—…Creo que he oído mal. ¿Podrías repetirlo? 

 

Hasta ese momento, la sonrisa del príncipe heredero seguía intacta. Aunque estuvo a punto de olvidar la compostura y meterse el dedo en la oreja, logró resistir con una voluntad sobrehumana.  

 

—Le he pedido que me permita entrar en la biblioteca prohibida.

 

—……Duque. Solo una cosa quiero preguntarte. 

 

Pero cuando Justín se atrevió a pronunciar semejante petición, ya no le fue posible seguir sonriendo. Su expresión se resquebrajó y, como añadido, apareció un dolor de cabeza punzante.  

 

—No ignoras lo que significa la biblioteca prohibida, ¿verdad?

 

—Lo sé.

 

—Entonces, ¿por qué alguien que lo sabe…? Haa. Claro, lo entiendes. No puede ser que lo ignores. Es, literalmente, un depósito vedado. Un lugar donde se guardan registros que jamás deben salir a la luz.

 

Por más que lo explicara con detalle, Justín no pestañeaba ni una sola vez.  

 

El príncipe heredero leyó en sus ojos una obstinación descomunal. Eran los ojos de alguien que no cedería fácilmente.  

 

En vez de seguir persuadiendo, presionó con los dedos el entrecejo. Las palabras, semejantes a un suspiro, se le escaparon en cascada.  

 

—No pensaba aprovecharme de un duque sin ofrecer nada a cambio, pero aun así… ¿no es esta una petición demasiado excesiva? Para concederla tendría que resolver más de un asunto. Probablemente me vería atrapado durante un buen tiempo bajo montañas de documentos tan altas como yo.

 

—……

 

—…¿Ni siquiera por consideración a un día como este podrías ceder en tu empeño?

 

—Lo siento.

 

Esta vez sí, un profundo suspiro se deslizó de sus labios. Era una negativa tan firme que rozaba la terquedad. A su lado, Ries no hacía más que mover los ojos de un lado a otro.  

 

La situación podía parecer incómoda, pero no extraña. Antes de llegar allí, ambos ya habían alcanzado un acuerdo. Al final, el príncipe heredero murmuró con voz grave:  

 

—Al menos dime. ¿Por qué quieres entrar en la biblioteca prohibida?

 

—Hay un registro que deseo encontrar.

 

—Eso es obvio. Al fin y al cabo, es una biblioteca. 

 

—Quiero investigar sobre los magos oscuros.

 

—…… 

 

Y de pronto, como si alguien hubiera cortado los hilos, la conversación entre ambos se detuvo.  

 

Fue entonces cuando Ries dejó de observar a Justín de reojo. Para ser exactos, no tuvo más remedio que hacerlo.  

 

Ese silencio asfixiante. Esa atmósfera áspera, rasposa.  

 

El príncipe heredero, que hacía apenas un instante reía con ligereza, ahora mostraba un semblante tan frío que resultaba difícil sostenerle la mirada.  

 

Las palabras que siguieron estaban erizadas de espinas.  

 

—Deberías considerarte afortunado de que te tenga por maestro de esgrima y amigo, duque. Si hubiera sido otro quien pronunciara esa palabra delante de mí, lo habría arrastrado personalmente a los sótanos del palacio.

 

Era una advertencia seca.  

 

Y al mismo tiempo, una prueba de lo grave que era el asunto de los “magos oscuros”, algo que no debía ser revelado a nadie.  

 

Con la mirada desviada hacia la espalda del príncipe heredero, Ries apretó los labios y meditó en silencio.  

 

—¿Reacciona con tanta sensibilidad…?

 

¿Qué podía ser, en realidad, un mago oscuro?  

 

Mientras Ries se tensaba como un gato erizado, Justín, que recibía de frente toda la presión del príncipe, parecía exactamente igual que siempre.  

 

—¿Es así?

 

—Ha…

 

Una expresión serena hasta lo absurdo, una respuesta imperturbable. Así que, al final, quien presionaba terminó sintiéndose ridículo. Un resoplido cargado de desconcierto escapó de sus labios y se desvaneció en silencio.  

 

La calma que regresó no duró demasiado.  

 

—Durante todo el tiempo que perseguí al duque para que me enseñara esgrima, le pregunté una y otra vez si no deseaba nada. ¿Recuerdas qué contestabas?

 

—Que no deseaba nada.

 

—Exacto. Me repetiste la misma respuesta hasta el hartazgo. …Si hubiera sabido que tu primera petición sería tan problemática, habría ordenado a la fuerza que me dijeras qué querías.

 

El príncipe heredero, finalmente, se vio obligado a rendirse.  

 

—Necesito una razón que me convenza.

 

  *  

 

Justín expuso de manera concisa lo ocurrido hasta entonces. La pista hallada en el templo, la energía sospechosa que Ries había percibido, la palabra “mago oscuro” encontrada en un viejo libro.  

 

Por supuesto, no reveló todo con absoluta franqueza. Ni mencionó el motivo de su visita al templo, ni la experiencia de haber hablado directamente con la divinidad durante la oración.  

 

Por eso su relato quedó algo incompleto, pero el príncipe no se detuvo en ese detalle. Con la información recibida, su mente ya estaba más que saturada.  

 

—Así que… hay otra maldición.

 

No era tanto una pregunta como una reflexión en voz alta.  

 

Pronto guardó silencio. La dureza de su mirada se relajó y se suavizó. Apenas Ries soltó un suspiro de alivio, procurando que no se oyera, el príncipe retomó la palabra.  

 

—Ahora entiendo por qué me pedías información sobre los magos oscuros. Maldiciones y magos oscuros… inseparables. Aunque no sea exactamente lo mismo que la maldición del duque.

 

Entonces, de pronto, giró la mirada hacia Ries.  

 

—¿Dijiste que sentiste rastros de una maldición en el mago que capturamos? Ya sospechaba que estaba estrechamente ligado a tu recuperación, pero no imaginaba que tuvieras el don de percibir la existencia de una maldición a simple vista. Has nacido con un poder valioso.

 

—Ah… eh… gracias.

 

No se sabía si era un elogio o un alivio. Ries, con los ojos rodando nerviosamente, respondió con una gratitud algo torpe.  

 

No era un comentario hecho para recibir agradecimientos, pero su reacción ingenua parecía aprendida de alguien más. Sus ojos parpadeantes recordaban demasiado a los del duque.  

 

El príncipe heredero suspiró de nuevo antes de continuar.  

 

—Huuh… Bien. Si se trata de un asunto como este, no puedo negarme a la petición del duque. Pero hay una condición.

 

—…¿Una condición?

 

“Como ya habrás sospechado, los magos oscuros no son más que vestigios del pasado. Sin embargo, considerando el caos y el peligro potencial que podían provocar, la familia imperial de antaño borró por completo los registros de su existencia.”  

 

Justín y Ries asintieron al unísono. Hasta allí, todo coincidía con lo que habían imaginado.  

 

—Concederles acceso inmediato a la biblioteca prohibida y permitirles consultar sus documentos no es difícil. El problema es la tormenta que vendrá después. Yo confío en ustedes, pero otros no lo harán.

 

—……

 

Ambos intuían ya lo que iba a pedir.  

 

—Por supuesto, haré todo lo posible por defenderlos. Pero para ello necesito un motivo adecuado, una justificación que pueda usarse como carta de respaldo.

 

—…Alteza.

 

—¡Ja, ja! ¿Tan rápido lo has adivinado? Pareces un fantasma. Tu intuición es correcta.

 

Los ojos de Harrison se encontraron directamente con los de Ries.  

 

—Demuéstrame la existencia de la maldición. Si eso resulta difícil, bastará con que la confirmes con tus propios ojos. Justo en los sótanos de este palacio hay ciertas cosas que me gustaría que revisaras.

 

En la curva serena de su mirada ya no quedaba rastro de confusión. Ries tragó saliva con fuerza. Los sótanos del palacio… cosas que quiere que vea…  

 

Eran solo unas palabras combinadas, pero dado el tema de la conversación, resultaba fácil adivinar a qué se refería.  

 

“¿Se referirá a las personas capturadas junto con los magos…?”

 

Llamar “cosas” a seres humanos resultaba inquietante, pero aparte de eso, la respuesta de Ries ya estaba decidida.  

 

—Lo haré.

 

—¿Oh? ¿Tan pronto, incluso antes de que termine de explicarlo? Te pareces al duque en lo rápido que calculas. Aunque, por lo que veo, él preferiría que no tomaras una decisión tan apresurada.

 

Tal como decía el príncipe heredero.  

 

La mano que lo sujetaba transmitía una leve disuasión. Al girar la cabeza, Ries encontró los ojos rojos de Justín, rebosantes de preocupación, como siempre.  

 

Justín dudó un instante antes de hablar.  

 

—…Ries. ¿Por qué no lo piensas un poco más? Hay otras formas de confirmar esto sin que tengas que verlo directamente. Quizá tarden más, pero existen.

 

—Este tipo de cosas es mejor resolverlas cuanto antes. Solo voy a mirar una vez, ¿de verdad es para tanto tu preocupación?

 

Aunque la situación no invitaba a reír, al contemplar el rostro preocupado de Justín, Ries sintió que la risa le subía a los labios.  

 

“No es nada difícil…”

 

Al fin y al cabo, Justín siempre aparentaba calma, pero en realidad se preocupaba demasiado…  

 

—¡Ja, ja! Por lo que veo, no tienes ni idea de qué teme el duque. Lo que le preocupa es el impacto que recibirás. Hay bastantes prisioneros que, tras los interrogatorios, han quedado en un estado lamentable. Claro que antes de que bajes, me aseguraré de que todo esté en orden.

 

—……

 

De golpe, los pensamientos que fluían se cortaron.  

 

Las dos palabras que acababa de escuchar flotaban en su mente sin rumbo: interrogatorio, rostro desfigurado… Varias escenas se sucedieron en su imaginación, pero ninguna era pacífica.  

 

“…Eso significa que necesitan ‘ordenarlos’ aparte, ¿no?”

 

¡Hiiik! Ries se estremeció en silencio.  

 

Las imágenes, ya de por sí inquietantes, se tiñeron de rojos cuya naturaleza prefería no conocer. Y tenía la sensación de que no se quedarían en simples fantasías.  

 

Bastaba con mirar el rostro del príncipe heredero frente a él: era evidente que sabía exactamente qué estaba imaginando, y aun así sonreía con serenidad, sin negarlo en lo más mínimo.  

 

Por eso Ries no tuvo más remedio que cerrar los ojos con fuerza. Sabía que, si se retractaba de su decisión, Justín lo aceptaría sin problema.  

 

Pero el precio sería perder la tranquila cotidianidad que tanto deseaba, esa vida sin preocupaciones que se alejaba un paso más. Y eso no lo quería.  

 

…Al final, en lugar de seguir dándole vueltas al asunto, decidió confiar en su último recurso.  

 

—E-esto no es porque tenga miedo… pero, cuando vayamos allí, sigue sujetándome la mano como ahora. No la sueltes nunca. ¿De acuerdo?

 

La presión en la mano entrelazada aumentó. Aunque se tratara de una prisión subterránea o lo que fuera, si permanecían así, unidos, quizá el miedo se disipara un poco…  

 

Con fervor, deseó que así fuera.  

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