El gato está en huelga - Capítulo 161
Ries, rara vez, asintió con la cabeza mientras elogiaba al príncipe heredero.
—¿De verdad? Bueno, cuando lo vi aquella vez también parecía vestir bien. Debe de tener buen ojo.
Sin embargo, quizá el oyente pensaba algo distinto. Entre la negación y la excusa, se escaparon unas palabras:
—No, yo también sé elegir bien.
—Excepto el negro.
—……
Al excluir el negro, el silencio volvió a instalarse.
Estuvo a punto de soltar una gran carcajada, pero tuvo que contener a la fuerza la curva de sus labios. Ries, que se cubrió rápidamente la boca con una mano, ofreció de buen grado una salida:
—La próxima vez vamos juntos. Es mejor ir conmigo que elegir solo, ¿no crees?
—…Tienes razón. Si el tiempo lo permite, iremos juntos después del día de descanso.
Una pregunta lanzada con la seguridad de quien cree sin dudar, y una afirmación que regresa como si fuera lo más natural.
Si Sepite los hubiera escuchado, habría mascullado: “Están completamente perdidos en su propio mundo.”
Fue entonces cuando, de pronto, se escucharon golpes en la puerta.
—Aquí estaban. Qué alivio.
Con una breve palabra de permiso, la puerta se abrió de golpe. Y quien apareció no fue otro que Ketir, con unas ojeras que últimamente se habían vuelto más profundas y marcadas. Ignorando, como siempre, la excesiva cercanía de las dos siluetas, continuó con voz cargada de cansancio:
—Ha habido avances en la investigación.
Uno habría esperado que trajera, como de costumbre, un montón de documentos que se multiplicaban sin fin. Pero las noticias que traía se alejaban mucho de lo previsto.
*
Horas más tarde, frente al palacio imperial.
Ries interrumpió el recuerdo de la conversación anterior y no pudo evitar mostrar su disgusto abiertamente.
—Ugh, cuánta gente…
—Sí, bastante. En esta época la capital siempre está abarrotada. Tenga cuidado de no chocar con nadie. Si necesita apoyo, puede tomar mi brazo.
—…Entonces, con permiso.
Su delicado entrecejo se frunció de inmediato. La procesión ni siquiera había comenzado y ya la multitud era sofocante. Empujones por aquí y por allá, la sensación era de que la energía se le drenaba por completo.
Menos mal que no traje a Sepite.
Con ese cuerpo pequeño, lo habría perdido en un abrir y cerrar de ojos. Y eso sería lo mejor que podría pasar. Con la diferencia de complexión, un mal choque con alguien podría terminar con él en el suelo, pisoteado y marcado. La imagen de ese futuro se dibujaba con claridad en su mente.
Por fortuna, nada de eso ocurrió. Pero tampoco todo salió bien.
—¿Hay mucha gente adelante?
—Sí, muchísima.
Justin se había marchado hace rato hacia la primera fila para cumplir con el compromiso con la familia imperial. Intentar acercarse entre los espectadores resultaba mucho más difícil de lo que parecía.
Apretando con fuerza las piernas, Ries se aferró a Melissa, que lo acompañaba después de mucho tiempo. Cuando la oleada de gente empezó a ceder, pudo al menos respirar con algo de alivio.
Al final, no logró acercarse a Justin…
—Pero al menos se alcanza a ver.
—¿Lo ve? ¿Al duque?
—Sí. Hace un momento incluso cruzamos miradas.
—Vaya… tiene muy buena vista.
—Se podría decir que sí.
Respondió con calma y sonrió ampliamente. Ries tuvo la sensación de que Justin, al otro lado de la máscara, también estaba curvando los labios en una sonrisa.
La mayoría de los que participaban en la procesión, y también quienes no lo hacían, vestían ropas claras y blancas. Sin embargo, Justin destacaba entre todos ellos. La máscara blanca que cubría su rostro, su complexión firme, su altura que sobresalía por encima de las cabezas… eran rasgos que hacían imposible apartar la mirada.
Y no era solo él quien lo notaba. Si uno afinaba el oído, podía escuchar comentarios sobre él aquí y allá. Incluso ahora:
—¿Es ese hombre, verdad?
—Claro que sí. Lleva puesta la máscara blanca.
—Eso ya lo sé, pero… es distinto a lo que imaginaba.
Un trago seco se escuchó hasta allí. La voz, apagada por la atmósfera, dejaba entrever un matiz de timidez.
—Al final los rumores eran solo rumores.
—¿Verdad? Pensé que sería aterrador y desagradable, pero resulta imponente. Quizá eso de que oculta horribles cicatrices bajo la máscara no sea más que una mentira.
—Entonces, ¿para qué cubrirse el rostro?
—Quién sabe. Tal vez solo sea que no quiere mostrarlo. ¡Oh, oh, oh!
Y esas no eran las únicas voces. Cuanto más avanzaba Ries entre la multitud junto a Melissa, más aumentaban los murmullos que le cosquilleaban los oídos. Algunos expresaban compasión hacia Justin, otros admiraban su destreza con la espada, y otros más criticaban a quienes habían difundido rumores de mala calidad en el pasado.
Ries soltó una sonrisa amarga.
“Hace apenas un año habrían tomado esos rumores como verdad.”
Quizá esas mismas personas que ahora cambiaban de actitud en un instante habían sido las que antes lo denigraban de boca en boca. Era, en cierto modo, un espectáculo extraño, pero Ries decidió no profundizar en ello. Le bastaba con que las palabras que rodeaban a Justin se hubieran suavizado.
“Y quizá el próximo año…”
Tal vez incluso pudiera despojarse de esa máscara blanca que ocultaba su rostro. El pensamiento, que fluía con naturalidad, se detuvo allí.
Una idea fugaz lo atravesó:
“¿De verdad necesito pregonar al mundo lo admirable que es mi gente?”
Ries evocó en su mente el rostro oculto bajo la máscara de Justin.
Aún con las venas oscuras abultadas en el rostro. Alguien, al verlo, podría quedar aterrorizado; otro, quizá, señalarlo con el dedo y llamarlo repulsivo.
Pero Ries, que había contemplado ese rostro en repetidas ocasiones, e incluso lo había acariciado como si se tratara de algo sumamente preciado, intuía el impacto que aquella apariencia podía provocar.
“Es que es guapo.”
Mucho más que ese príncipe heredero que brilla sin motivo, o que el desagradable marqués Merillin. Aunque su conclusión estaba cargada de gusto personal y de cierta animadversión, era sincera.
Tal vez, incluso cuando la maldición desapareciera por completo, debería seguir cubriéndose el rostro por un tiempo. Si él le rogaba que solo quería verlo en privado, quizá aceptaría.
Mientras se perdía en esos pensamientos inútiles…
—¿…?
Ries sintió de pronto una mirada intensa posarse sobre él.
“No es Justin.”
Un instinto casi animal le enviaba esa señal.
Como hipnotizado, o atraído por una fuerza invisible, sus ojos se dirigieron hacia el origen de aquella mirada.
Y entonces, se encontró con los ojos de un hombre.
—……
—……
El intercambio de miradas no duró más que unos segundos. El hombre pronto se perdió entre la multitud, y Ries tampoco pudo mantenerse en su sitio, empujado por la presión de la gente.
—¡Señor asistente! ¿Está bien?
—…Sí. Estoy bien. Solo tropecé un instante.
Gracias a Melissa, que lo sostuvo con rapidez, no llegó a caer.
No, incluso sin que ella lo hubiera sujetado, no habría caído. Aunque ahora fuera humano, parecía que el instinto felino seguía incrustado en lo más hondo de su ser; al menos en lo que respectaba a mantener el equilibrio, tenía plena confianza.
La única grieta estaba en su rostro descubierto, expuesto sin máscara. Ries, incapaz de sonreír o fruncir el ceño, se quedó atrapado en sus pensamientos.
“Chesif Merillin.”
Recordó el nombre del hombre con quien acababa de cruzar la mirada.
El dueño de la casa en la que había vivido un tiempo. Un hombre que mostraba una obsesión extraña por Justin, husmeando en su entorno.
Alguien que quizá había descubierto la existencia de los suin. Una persona inquietante, de la que ni el príncipe heredero ni la casa ducal de Laufe habían logrado encontrar pruebas concluyentes, pese a investigar a fondo.
Enumerar todo aquello le llenaba la garganta de incomodidad.
“¿Será coincidencia?”
No. Ries negó en silencio. Aunque había recibido la bendición de la esperanza divina, no era tan ingenuo como para mirar esto con optimismo.
El marqués Merillin conocía la existencia de los suin. Y tras haber convivido brevemente con él, Ries había percibido su desmedida codicia.
Si la existencia de los suin, tratada hasta entonces como mera leyenda, se confirmaba como real… ¿podría un hombre así simplemente rendirse?
“No, claro que no.”
Podía apostar a que no. Más bien, intentaría descubrir quiénes eran los suin.
“Aunque no tenga certeza, habrá reducido la lista de sospechosos.”
Si el marqués Merillin mostraba tanto interés por Justin, seguramente podía calcular el momento en que él había empezado a cambiar. Investigar a quienes aparecieron de repente en torno a esa época no sería difícil.
“Y parece que yo también estoy entre esos candidatos.”
Por más que la familia imperial y los Laufe vigilaran con ojos encendidos, ocultar la verdad por completo era imposible. De hecho, quizá esa misma vigilancia era lo que impedía que Merillin confirmara nada aún.
Las arrugas que se habían formado en su frente se alisaron poco a poco.
“…Está bien. Por ahora no habrá problema.”
Claro que debía informar a Justin de lo ocurrido.
Al final, lo único que le quedó fue relamerse con un sabor amargo de frustración.
“Con la malicia de ese tipo, seguro que podría ser útil.”
Quizá aquella energía púrpura extraña, lo que fuera, estuviera impregnada en el cuerpo del marqués.
Pero basta con observar sus actos pasados.
Incluso en el breve tiempo que convivieron, vivía con insultos en la boca cada día; eso bastaba para mostrar que su malicia no era menor que la de Diana.
“Glup.”
Entonces, sin duda, sería de gran ayuda para romper la maldición de Justin. Lo único que lamentaba era que el cruce de miradas hubiera sido demasiado breve como para medir con certeza la magnitud de esa malicia.
Comments for chapter "Capítulo 161"
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Hola muchas gracias a todos por leer en Newcat ♥