El gato está en huelga - Capítulo 160
Ries dejó de clavar la mirada en una sola persona y rodó los ojos con fastidio.
Las palabras de Sepite eran ciertas: quedaba menos de un día para el inicio del Festival del Reposo. Tal vez por eso la mansión se hallaba más agitada que nunca. O, mejor dicho, habría que llamarlo entusiasmo.
La intención era honrar a los héroes caídos y apaciguar sus almas para que la divinidad no volviera a encolerizarse. Sin embargo, al tratarse de un acontecimiento único en todo el año, era inevitable que la capital se llenara de gente.
Las calles se abarrotaban, el comercio se revitalizaba y las tiendas competían con mayor ímpetu por atraer clientes. Con el paso de los años, aquello se había convertido en costumbre: salvo el primer día solemne, el resto del festival se vivía como una auténtica celebración popular.
Claro que, si solo se tratara de eso, Ries no estaría tan inquieto. Incapaz de ocultar su gesto incómodo, preguntó a Justin con cautela:
—¿No dijiste que participarías en la procesión del primer día? ¿No necesitas ensayar?
En esa jornada inaugural, la familia imperial, la guardia real y los sacerdotes marchaban desde el corazón de la capital hasta la costa frente al templo. Los ciudadanos que deseaban unirse lo hacían portando una flor, siguiéndolos al final de la comitiva. Al llegar, tres representantes arrojaban sus ramos al mar y luego los demás podían ofrecer los suyos.
“¿Decían que había ayuda mágica…?”
Las flores que todos sostenían se elevaban al unísono y caían sobre las aguas, como si lloviera un manto de pétalos. Se decía que era un espectáculo tan sobrecogedor que muchos viajaban hasta la capital solo para presenciarlo.
El problema era que, ese año, Justin figuraba entre los tres representantes. Ries sabía bien que él detestaba los lugares abarrotados y las miradas fijas sobre su persona, así que no podía evitar preocuparse. Aunque, en contraste, el rostro del aludido se mostraba sereno.
—Sí. Ya revisé la ruta y, aparte de lanzar la flor, no tengo nada más que hacer. Solo me pidieron mostrar la cara, y no estoy obligado a nada más.
—¿E-en serio?
No era calma, era audacia. No mostraba ni nervios ni incomodidad. Eso solo volvía más incierta la expresión de Ries. ¿Debía considerarlo un alivio o una inquietud mayor?
Desde su visita al templo, cada día llegaba una carta de la corte, flotando en su memoria como si no pudiera apartarla.
“No… sí, es un alivio… ¿verdad?”
Sacudió la cabeza con fuerza, corrigiendo sus propios pensamientos.
Fuera cual fuera el trasfondo, lo cierto era que Justin ya no mostraba tanta resistencia a mezclarse entre la gente. Eso, sin duda, era un gran avance.
Como buen reflejo de su dueño, Ries también había terminado por relegar las cartas imperiales a un segundo plano. Si algún mensajero de palacio lo hubiera visto, quizá se habría llevado las manos al cuello de la impresión.
“Además…”
El hilo de sus pensamientos continuaba. ¿No acababa de librarse de una preocupación?
“Tal vez consiga más pistas sobre otras maldiciones.”
Recordó aquella conversación de días atrás. Más exactamente, la noche en que regresaron del templo, cuando hablaron sobre las maldiciones. Habían planteado la posibilidad de que existiera otra, y Sepite lo había admitido, pero nada más. Sin pruebas ni indicios, la charla no pudo avanzar.
Al final, aquella discusión se disolvió sin conclusión alguna. Seguían reuniendo información, pero era imposible asegurar cuándo aparecería una pista sólida.
Sin embargo, participar de lleno en el Festival del Reposo cambiaba las cosas. Con tanta multitud reunida, habría ocasión de observar nobles, plebeyos e incluso magos. Con suerte, podría descubrir a alguien como Kiyan, portando esa energía extraña como una sombra inseparable. Y, con más suerte aún, hallar alguna pista útil.
“En realidad, ni siquiera necesito eso. Si mi hipótesis es correcta, podría purificar de una vez la maldición de Justin.”
De cualquier modo, no había nada que perder.
Ries apretó los puños con fuerza y abrió los ojos de par en par. Aunque le dolieran como si fueran a salirse de sus órbitas, estaba decidido a examinar a cada persona reunida.
—Ejem.
Y así, Justin terminó enfrentándose de lleno a aquella mirada solemne e inquebrantable. No había escapatoria.
Con un carraspeo incómodo, apartó la vista y jugueteó con su abrigo como si se acomodara la ropa. Ries, al verlo, frunció el ceño con fastidio.
De no ser por las orejas encendidas de rojo, habría corrido a increparlo por qué seguía comportándose con tanta reserva. En cambio, Justin suspiró en silencio y negó con la cabeza.
“Qué remedio, tendré que cubrirlo.”
Sí, incluso entre personas muy cercanas existen momentos de vergüenza, incomodidad y pudor. Como aquella vez en que descubrieron que podía transformarse en humano, y él mismo tardó tanto en darse cuenta.
—…
La expresión de Ries se quebró un poco.
Las viejas humillaciones pesaban más en su memoria que en la de nadie, y solo evocarlas le revolvía el estómago. Decidió no pensar más en ello.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
El día del Festival del Reposo.
Al principio pensó que todo aquel ajetreo se debía simplemente a la excitación, pero ¿había otra razón detrás?
Desde temprano en la mañana, Justin recorría la mansión de un lado a otro con evidente agitación.
En realidad, más que caminar con brío, parecía ser arrastrado a medias por los sirvientes. Quizá se debía a que era su primera actividad oficial desde que había asumido el título de duque.
Resultaba difícil creer que aquellos mismos criados, que hasta hacía poco lo trataban con tanta reserva, ahora se movieran con semejante determinación.
Ries, sin embargo, no tenía cabeza para señalarlo. El regreso de Justin, tras concluir sus preparativos, le provocó un impacto demasiado fuerte. Su boca se abrió de golpe, sin tiempo de contenerse.
—Oh…
—No me he puesto un color así desde que era muy niño, así que…
El cabello, más pulido que de costumbre, llamaba la atención. Y qué decir del uniforme.
La tela, adornada con hilos dorados, era más fastuosa y elegante que cualquier uniforme de caballería que Ries hubiera visto en los libros.
Pero lo más sorprendente…
“¿B-blanco?”
El color era blanco.
Tras tanto tiempo compartido, jamás lo había imaginado vestido así. ¿Era porque prefería tonos discretos? ¿Porque la costumbre se había vuelto hábito con los años? ¿O simplemente porque le gustaba el negro?
Incluso después de que su maldición se hubiera atenuado, Justin había seguido aferrado al negro.
Por eso, para Ries, “Justin era negro, y el negro era Justin” se había convertido en una verdad incuestionable.
Y sin embargo, allí estaba, frente a él, sin una sola prenda oscura salvo la máscara. La visión era tan luminosa que Ries cerró los ojos con fuerza, como cegado.
—¿Me queda bien?
—¿Estás bromeando?
—Ah… entonces no me queda. Es tarde, pero puedo ordenar que preparen otro traje…
—¡¿Qué?! ¿Qué estás diciendo?
Las palabras lo sacudieron de inmediato. Ries abrió los ojos de par en par y casi se lanzó a aferrarse a sus pantalones.
—¡Te queda perfecto! No hay otra opción. ¿Cómo pudiste insistir tanto en el negro cuando este color te favorece tanto? Aprovechemos y compremos más ropa de otros tonos. ¡Yo mismo elegiré todo!
—…
Justin quedó sin palabras, apenas abriendo y cerrando la boca. Su mirada, mezcla de alegría y vergüenza, se suavizó y se desvió hacia un lado.
“Los ojos… se le han puesto rojos.”
Como siempre, el contorno estaba teñido de carmesí. Ries podía imaginar que, bajo la máscara, sus mejillas también se hallaban encendidas. En otras circunstancias no se habría atrevido a tanto, pero…
Sus ojos se entrecerraron apenas un instante antes de que su mano blanca se moviera como un relámpago.
—¡Eh!
—E-espera.
—De todas formas tenías que quitarte la máscara.
Ries se la arrancó sin más. Y, tal como sospechaba, sus mejillas estaban rojas, pese a las venas oscuras que se dibujaban bajo la piel.
Con una sonrisa traviesa, extendió la mano hacia la otra máscara blanca que Justin sostenía. Algún sirviente con buen criterio la había preparado.
—Definitivamente, esta te queda mejor.
—¿De verdad?
—Sí. Te ves radiante.
Sin duda, aquella máscara clara armonizaba mucho más que la negra. La figura parecía más ligera, más equilibrada. Ries pasó el pulgar sobre la superficie, como si acariciara una mejilla.
La sensación era fría y tersa, pero en sus dedos palpitaba un latido intenso, como si el corazón se hubiera trasladado allí. Se llevó la otra mano al rostro, intentando disimular.
“¿Será por lo nuevo de esta imagen?”
Le resultaba difícil apartar la vista.
Decidió que debía pedirle que mostrara esa faceta más a menudo. Solo verla le arrancaba una sonrisa, y en los días malos sería un remedio doble.
Con firmeza, Ries preguntó:
—Este traje… no lo elegiste tú, ¿verdad?
—No.
—Entonces, ¿quién lo escogió?
—…El príncipe heredero.
Los ojos de Ries, ya redondos, se abrieron aún más.
“¿El príncipe heredero?”
No era un nombre que esperara escuchar, aunque pronto lo comprendió.
“Si lo invitó, querrá atenderlo como corresponde.”
La sangre de Laufe era símbolo de cómo el Imperio había sobrevivido a la calamidad. Y era la primera vez que participaba oficialmente en la procesión del Festival del Reposo, así que era lógico que la familia imperial se ocupara de él.
Las cartas diarias, tan insistentes que le resultaban molestas, le habían provocado fastidio e incluso un poco de rencor. Pero ahora, ese sentimiento se deshizo como nieve al sol.
En cambio, la confianza en el Príncipe Heredero… no, la confianza en la visión del Príncipe Heredero está creciendo.
Comments for chapter "Capítulo 160"
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Hola muchas gracias a todos por leer en Newcat ♥