El gato está en huelga - Capítulo 159
La disposición de ambos era semejante a la de aquel entonces.
Una comisura juguetona, una pregunta insinuante, y la tensión sutil que corría a través de los dedos entrelazados. Solo había una diferencia evidente: los ojos y las orejas de Justin, inusitadamente rojos.
Los ojos se veían enrojecidos, y las orejas ardían tanto que uno podría temer que se encendieran en llamas. Era tal el fulgor que provocaba un extraño impulso: morder aquellas orejas encendidas.
Cuando, al cabo de lo que pareció un largo tiempo, Justin respondió con voz apenas audible:
—…Sí.
—¿Sííí?
—…
Pero incluso esa respuesta se desvaneció ante la traviesa réplica.
Ries imaginó los labios rectos y apretados bajo la máscara. Una sensación alegre, cosquilleante, parecía florecer en lo más hondo de su pecho.
“Seguro que lo sabía.”
Así como Ries conocía bien a Justin, Justin conocía a Ries.
Por eso, él tampoco podía ignorarlo: dondequiera que fueran, hicieran lo que hicieran, mientras nada inevitable se interpusiera, su compañía seguiría.
Y aun así, Justin formuló en voz alta una pregunta cuya respuesta ya conocía.
“Tal vez solo quería confirmarlo… o quizá…”
Podría ser una especie de capricho infantil. Una palabra espontánea y tierna bastó para que una sonrisa imposible de ocultar se dibujara en los labios de Ries.
Justin y un capricho: combinación que a cualquiera le resultaría tan extraña que hasta podría espantar. Pero para Ries, aquel cambio era pura dicha.
Quizá por eso le resultaba difícil soportar en silencio aquella mirada cargada de emociones suaves y cálidas. Justin, que hasta entonces solo jugueteaba con las manos, se apresuró a cambiar de tema:
—¿Esta vez… no vas a comprobarlo?
—¿Comprobar? ¿Qué…? Ah.
—Dijiste que mi maldición también se había contagiado al mago. Desde que pusiste tus manos sobre mí, mi cuerpo se siente más ligero. Creo que me he recuperado bastante.
El efecto era innegable.
Tal vez quería escapar rápido de la atmósfera embarazosa, pues su tono sonó algo apremiante. Pero, en realidad, no había nada falso en sus palabras.
Ries, absorto, evocó el rostro de aquel hombre que había sido arrestado por la guardia. Aunque Justin no lo conocía personalmente, en aquel mago ardía una malicia tan intensa como la de Diana.
Cuando trató la maldición que se había transmitido a ella, también se notaron cambios visibles; sin duda esta vez ocurriría lo mismo. Sin embargo, concentrarse en ese hecho resultaba extrañamente difícil.
—…Glup.
Su voz, rara vez tan apremiante, llevaba tiempo distraída en otro lugar. Solo tragaba saliva seca una y otra vez, mientras su mirada temblorosa permanecía fija, sin moverse.
Porque lo que tenía delante de los ojos era…
—¿Ju… Justin?
—Ah… lo siento. La urgencia me hizo actuar sin pensar.
—No, puedes seguir.
Las manos deshaciendo la ropa apretadamente ceñida, las venas difusas bajo la piel, la clavícula apenas visible y el insinuado surco del pecho. Especialmente esto último atraía más la mirada.
En realidad, no era una visión nueva. ¿Acaso no había desabrochado él mismo esa ropa hacía apenas unas horas? Pero hacerlo con sus propias manos y limitarse a observar eran experiencias muy distintas…
“Si soy sincero, creo que nunca me cansaría de verlo.”
Mientras reprimía ese pensamiento que afloraba tenuemente, su corazón latía con fuerza, y sus ojos, guiados por instinto, pronto advirtieron lo que había cambiado.
—Ah.
Un suspiro escapó de sus labios. La mano se movió como hechizada, tanteando el aire, pasando por la mano de Justin que aún sujetaba torpemente el cuello de la camisa, hasta posarse en la piel palpitante, tan ruidosa como la suya propia.
—Es cierto. Ha desaparecido… bastante.
El roce sobre la parte baja del cuello era infinitamente cuidadoso. Aun así, el calor que transmitía aquella piel bastaba y sobraba para sentirlo.
Mientras tanto, los dedos que desabrochaban la camisa se volvieron cada vez más vacilantes. ¿Acaso empezaba a ser consciente de sus propios actos?
Por supuesto, Ries no tenía intención de quedarse mirando sin intervenir. Con un gesto decidido, ayudó, y la camisa negra se abrió sin resistencia, como si nunca hubiera dudado.
El cuerpo quedó expuesto por completo. Ries apoyó la mano sobre los músculos tensos. Las venas oscuras que antes se extendían por la piel habían desaparecido en gran parte.
En el cuello, bajo la clavícula, sobre el omóplato. Fue recorriendo cada zona con la yema de los dedos, acariciando suavemente, y la piel limpia le provocó una impresión renovada.
“¿Ya tanto?”
Parecía ayer cuando se lamentaba por la falta de progreso en la curación. Resultaba increíble que, tras apenas dos enfrentamientos, se hubiera alcanzado semejante resultado. Sin darse cuenta, Ries se relamió los labios.
“¿Será por esa energía extraña?”
No sabía su origen, ni su propósito, ni qué efectos ejercía. Pero si realmente era gracias a ella que la maldición de Justin se deshacía con tanta facilidad…
“Ahora tengo un motivo más para buscarla.”
No era solo por haber jurado ante los dioses que acabaría con todas las maldiciones. Sentía que un nuevo objetivo claro se añadía a su camino.
Por supuesto, solo Ries se tomaba el asunto con semejante solemnidad.
—Vaya, aquí también ha desaparecido bastante.
—…
Justin no pudo responder; apenas abrió y cerró los labios.
Nadie podía saber qué pasaba por su cabeza, y aunque lo supieran, él no tenía espacio para comprenderlo ni compartirlo.
Como Ries unos minutos antes, ahora era Justin quien tragaba saliva seca. Cada vez que aquella mano cálida lo rozaba como una pluma, su cuerpo se estremecía involuntariamente.
Habían logrado escapar del tema embarazoso, así que podría decirse que el objetivo estaba cumplido… pero ¿era realmente un alivio?
Cuando la blanda palma se posó finalmente sobre su pecho, cerró los ojos con fuerza. El latido, demasiado rápido incluso para él mismo, retumbaba en sus oídos.
Encima de ese estrépito, la voz alegre de Ries seguía parloteando:
—Quizá pronto también se recupere tu rostro. Es lo que más te preocupaba, ¿no? Y si seguimos con la curación, algún día aquí también…
La mano de Ries recorrió el pecho, allí donde la maldición se concentraba más densamente, quizá el último lugar en que quedaría su huella.
Las venas negras se agrupaban como un tumor palpitante. Al contemplarlas, Justin repetía siempre la misma suposición:
¿Qué habría sido de él si nunca hubiera conocido a Ries?
Si no hubiera recibido su ayuda para deshacer la maldición…
Tal vez, a estas alturas, aquella plaga no se limitaría a teñir su piel, sino que estaría clamando por devorar algo más profundo, el corazón mismo.
De haber sido así, la maldición le habría arrebatado hasta el último aliento, tal como él mismo había deseado en algún momento.
Pero todo eso ya no era más que conjeturas sin sentido.
Justin apenas logró pronunciar el nombre de su compañero:
—Ri… Ries…
—¿Mm?
Una voz insegura, entrecortada, que se quebró en el intento. El rostro de Ries, inclinado hacia él, llenó por completo su campo de visión. La cabeza le daba vueltas.
—Eso…
—¿Eh? ¿Eso?
Parecía que todo el mundo se llenaba de sensaciones que provenían únicamente del otro frente a él.
Y no era solo eso. Cuanto más tiempo permanecía aquella mano blanca sobre su cuerpo, cuanto mayor era la superficie que recorría, más se aceleraba su respiración ante los cambios que sentía.
La concentración de calor en un solo punto resultaba extraña y desconcertante, pero no hasta el extremo de no comprender qué significaba…
—…Basta, ah, no… perdón… perdón.
Al borde del límite, Justin se levantó de golpe.
Las orejas y los ojos encendidos desaparecieron de su vista en un instante. Antes de que Ries pudiera responder a la súbita disculpa, él ya había corrido hacia el baño.
La mano extendida por reflejo quedó flotando en el aire, vacilante, antes de volver a su sitio.
Si no lo había imaginado, incluso se había tropezado en medio del camino. Todo eran gestos impropios de Justin…
—…
Ries, que había quedado solo, no se mostró confundido; simplemente parpadeó varias veces.
—Oh… eh. Vaya.
No era un suspiro, ni un murmullo, ni una exclamación: solo un sonido ambiguo que escapaba torpemente de sus labios. Durante un instante jugueteó con los dedos entrelazados.
Luego levantó una mano y comenzó a abanicarse en silencio. Sus mejillas, que empezaban a teñirse de rosa, se volvieron tan rojas como las orejas de Justin en un abrir y cerrar de ojos.
Murmuró, como hipnotizado:
—Es grande…
Así era.
En el instante fugaz en que Justin se incorporó de golpe, Ries había descubierto sin remedio aquello que él intentaba ocultar.
¡Crash! Desde el baño, hasta entonces silencioso, se oyó un estrépito: algo había caído con fuerza.
Al parecer, Justin había subestimado la agilidad felina de Ries.
*
—Tengo una curiosidad.
—Sí, dígame.
—¿Por qué últimamente te vistes tan apretado, tan cubierto?
—…
Parecía dispuesto a responder enseguida, pero al recibir la pregunta guardó silencio.
Ni siquiera ante la mirada afilada que lo escrutaba cambió de actitud. Fingiendo de pronto estar ocupado en otra cosa, aquel descendiente provocó que Sepite soltara una carcajada burlona.
Por supuesto, la mirada que se posaba sobre Justin no era solo aquella. También lo seguían otras, cargadas de resentimiento, de pesar y de cierta obstinación que se mezclaban y se aferraban con tenacidad.
Los ojos de la muñeca rodaron por el suelo.
Ese enfrentamiento de significado incierto había comenzado la tarde en que regresaron del templo. Al parecer, algo había sucedido durante el breve lapso en que él se ausentó…
—Hmm. Bueno, sus asuntos son cosa vuestra; sabran resolverlos como mejor les parezca.
Con una vaga idea de lo ocurrido, decidió apartar su atención. No tenía el menor interés en entrometerse en los enredos de una pareja tan complicada.
Además, justo entonces se le presentó una excusa perfecta para desviar el tema.
—Mañana es el día del Festival de Reposo. ¿Lo tienen todo preparado?
El Festival de Reposo.
La razón principal por la que Justin había viajado personalmente hasta la capital estaba ya a la vuelta de la esquina.
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Hola muchas gracias a todos por leer en Newcat ♥