El gato está en huelga - Capítulo 158
—¿No es solo uno? Imposible.
La reacción inmediata de Sepite estuvo teñida de una desconfianza palpable. No era que no lo creyera, sino más bien que jamás se le había ocurrido semejante hipótesis.
Ries asintió con la cabeza y prosiguió su explicación.
Desde las ambiguas palabras de la diosa, hasta la extraña energía que había percibido, pasando por el sospechoso humo violeta hallado tanto en el mago buscado como en Diana.
Al final, el rostro del muñeco hecho de hilos y tela resultaba imposible de descifrar: era difícil adivinar qué pensaba o qué sentía.
—¿Y ese tal sumo sacerdote? ¿Qué dijo?
—…Ah, no le pregunté.
—¿Qué?
Aunque aquella máscara también se resquebrajó enseguida. La respuesta torpe derrumbó de golpe la expresión impasible que, por lo mismo, parecía peligrosamente frágil.
—¿Se te olvida preguntar justo al que más sabe de los dioses, teniéndolo delante?
—No es que se me olvidara.
—Sí, claro…
Un suspiro profundo acompañado de una risa seca. Ries fingió no escucharlo y desvió la mirada hacia la ventana. Un poco, apenas un poco, se había sentido tocado.
“Olvidar… no. No fue eso.”
Antes de salir del templo, Ries había sentido la misma duda. Pero sin pruebas sólidas, temió añadir preocupaciones innecesarias y lo dejó pasar.
De hecho, al final sí buscó la ocasión de preguntar, pero estaba demasiado absorto en romper la maldición de Justin.
El futuro en que el otro frunciría el ceño estaba tan claro que decidió no mencionarlo.
Así que, en realidad, era esto:
“Se quedó relegado en la lista de prioridades.”
Si alguien lo hubiera oído, lo habría tachado de descarado. Ries, sin embargo, volvió a hablar: aún quedaba la pregunta que de verdad quería hacer.
—Por cierto… ¿no hay nada que te incomode?
—¿Que me incomode?
Una mirada furtiva, cargada de intención, se deslizó hacia Sepite.
—Sí, al fin y al cabo usted fue el afectado directo…
Sepite había sido el primero en recibir la maldición. Si lograba evocar aquellos recuerdos, quizá incluso los detalles más nimios podrían convertirse en pistas valiosas.
Sin embargo, a medida que hablaba, su voz se fue apagando. Tal vez porque intuía que el tema no le resultaba grato, o porque sospechaba que aquella conversación no sería bienvenida.
En sus ojos redondos cruzó una sombra difusa de emoción, pero apenas un instante. Tras un largo silencio, Sepite comenzó a hablar con lentitud.
—No lo sé… Apenas lo recuerdo. Justo después de contener la catástrofe, antes siquiera de reparar los daños, tuve que pagar el precio de haber usado fuerzas impuras a mi antojo. Cuando por fin me recuperé, todo había terminado ya.
—……
—Al abrir los ojos, tuve la certeza de que no viviría mucho tiempo. Sin hijos, me vi obligado a resolver la cuestión de la sucesión, restaurar el ducado derrumbado… y después me sumergí en el trabajo durante años. Francamente, no tenía cabeza para nada más.
Ries, que escuchaba con atención, no pudo evitar rodar los ojos una vez, presa de una mezcla incómoda: la culpa de obligarle a revivir un pasado ingrato y la frustración de no hallar ninguna pista concreta.
El relato, algo difuso, no terminó ahí.
—Aun así, hay una cosa que sí puedo afirmar con certeza.
—¿Qué cosa?
—La única fuerza corrupta sellada en esta tierra es la que la familia Laufe ha custodiado durante generaciones. Existe un registro antiguo que confirma que Thalassa lo reconoció oficialmente. Es un hecho indiscutible.
Sepite continuó:
—Por eso, si en este mundo quedara más de una maldición… entonces todas compartirían la misma raíz que la de Justin. Al menos tú serías capaz de romperla.
Siguió un breve silencio, apenas para recuperar el aliento. Parecía debatirse entre la duda y una extraña certeza. Sus palabras, más murmullo que declaración, se deslizaron como un suspiro.
—…Quizá esa otra maldición esté más cerca de lo que creemos.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
La conversación terminó poco después.
Pero en la mente de Ries seguían flotando las frases de Sepite, una y otra vez.
Tal vez porque algunas eran demasiado significativas. O quizá por la expresión del muñeco, que se veía extrañamente vacía, hueca, casi desprovista de sentido.
—Jamás había considerado esa posibilidad. Creí que había devorado toda la corrupción. Pero negar que aún queda… sería demasiado…
Las palabras no siguieron, pero Ries tuvo la sensación de saber exactamente qué habría venido después.
Negarlo sería imposible: demasiado dolor, demasiado tiempo transcurrido.
Su mirada, lenta, se volvió hacia Justin, que estaba justo delante. Una breve frase, ligera como la niebla, se posó sobre él.
—¿Fue mi arrogancia?
No solo el que había usado aquel poder, sino también sus descendientes, generación tras generación, habían cargado con la maldición. Y ahora, la víctima estaba allí mismo, frente a sus ojos.
No era lo único.
Hasta que Justin heredó la carga, Sepite había tenido que contemplar cómo varios inocentes caían por culpa de su decisión.
Conociendo su carácter, Ries estaba seguro de que aquellos largos años habían sido más dolorosos que la propia vida. En ese sentido, aunque lo disimulara, se parecía a Justin.
Entonces ocurrió: una mano desnuda se acercó suavemente y rozó sus párpados. El frescor cálido se posó sobre ellos un instante y luego se retiró.
—¡Ah!
—Pareces preocupado. ¿Estás pensando en tu antepasado?
—…Supongo que sí.
La voz cargada de inquietud, sin rumbo claro, le hizo cosquillas en el oído. Ries, incómodo, jugueteó con el lóbulo antes de preguntar:
—¿Pero estuvo bien dejarlo así?
—Hmm.
Justin murmuró brevemente y se sentó a su lado.
A través de la tela ligera, la cercanía de su calor era evidente. Ries apartó la mirada de las manos limpias, sin guantes, que tanto llamaban la atención.
—Sí. Para cuando regrese, seguramente estará mejor.
—…Eso sería un alivio. Sepi se parece bastante a ti, Justin. Como tú dices que estará bien, me da la sensación de que realmente lo estará.
Ries asintió un par de veces.
De inmediato, volvió a su mente la última conversación entre ambos, tan marcada que resultaba imposible olvidarla. En resumen, había sido algo así:
—Señor, he llamado a Ketir. Debe lavarse.
—…No tengo ganas.
—Su cola está completamente negra. También la parte inferior del cuerpo. Se cayó del carruaje, ¿recuerda?
—¿Qué… qué dices? ¡Es cierto! ¡Maldita sea! ¡Por eso no me gusta salir por tanto tiempo!
Aunque había sido un cambio de tema torpe, Sepite cedió enseguida a las palabras de Justin.
Al parecer, no quería ensuciar con su cuerpo polvoriento ni siquiera los cojines que usaba como cama. Por eso, en ese momento, se había retirado para bañarse… o al menos para lavar la ropa.
Al recordarlo de nuevo, Ries sintió que la risa estaba a punto de escapársele. Para contenerla, se inclinó sobre el hombro firme de Justin y frotó la cabeza contra él, como solía hacer cuando era gato.
La conversación continuó justo después.
—Oye, Justin.
—No te preocupes demasiado. Le pedí a Ketir que investigara cualquier rumor relacionado, y también envié un mensaje al templo. Pronto tendremos noticias útiles.
—…¿Eh?
Antes siquiera de que Ries pudiera plantear su pregunta, Justin soltó una ráfaga de palabras. La mayoría eran cosas necesarias, aunque inesperadas, y eso lo dejó un tanto avergonzado.
Su reacción incómoda hizo que Justin se sobresaltara.
—…¿No era eso?
—No, gracias. Justo lo que hacía falta. Pero lo que quería decir no era eso… En realidad tengo una duda contigo, Justin.
Ries se rascó la mejilla y sacudió la cabeza con rapidez. Su mirada, que hasta entonces vagaba en el aire, rodó de nuevo hacia Justin.
—Dicen que podría haber otra maldición. ¿A ti no te inquieta?
La conversación anterior había girado en torno a Sepite, así que la pregunta parecía natural. Sin embargo, Ries esperaba una reacción indiferente.
Otra maldición, nacida de la misma raíz.
Por fuerza, debía estar ligada a Justin. Pero él siempre había sido alguien indiferente a sí mismo: maldición, dolor, incluso la muerte… mientras no afectara a otros, lo dejaba pasar con una serenidad casi fría.
Con el tiempo, Ries había logrado cambiar muchas facetas de Justin, pero nunca esa. Y al darse cuenta, pensaba que quizá aquella forma de ver el mundo estaba tan arraigada como la propia maldición que cargaba desde hacía tanto.
Sin embargo, en ese instante, Justin rompió todas sus expectativas. La mano que sostenía la suya tembló visiblemente.
—¿?
Ries abrió los ojos de par en par y lo miró.
Los ojos rojos de Justin se movían inquietos, incapaces de mantenerse fijos. Unos segundos después, un murmullo tan pequeño que parecía querer esconderse le rozó el oído.
—…¿Podré?
—¿Eh? ¿Qué dijiste?
—Que… cuando vayamos a romper la maldición…
La pregunta, al principio cortada, fue tomando forma. Justin respiró hondo, dudando en continuar, hasta que al fin añadió en voz baja:
—…¿Podría… ir contigo también?
—…¿Por supuesto?
Ries no pudo ocultar su desconcierto ante aquella pregunta.
“¿No es obvio que debemos ir juntos?”
Jamás había considerado lo contrario. Para él, la compañía de Justin era un hecho tan evidente que ni siquiera merecía discusión.
Por eso le resultaba incomprensible que Justin hubiera formulado la pregunta con tanta dificultad.
Sin embargo, al fijarse en sus ojos, Ries percibió otra posibilidad.
“…¿Dónde he visto esa expresión?”
No hacía tanto que la había contemplado. Al repasar sus recuerdos, la respuesta se dibujó poco a poco en su rostro: justo antes de llegar a la capital, al partir del ducado.
La imagen del Justin de entonces se superpuso con claridad.
Ries, aún inseguro, preguntó:
—¿Acaso… estás celoso?
—……
Justin guardó silencio y bajó la cabeza. No hubo respuesta verbal, pero Ries ya tenía la confirmación en sus manos. Había dado en el clavo, sin escapatoria posible.
Sin tiempo para contenerlo, la comisura de sus labios comenzó a curvarse hacia arriba, rebelde, en una sonrisa que se escapaba poco a poco.
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Hola muchas gracias a todos por leer en Newcat ♥