El gato está en huelga - Capítulo 153
Pero solo un instante después, Ries desvió los ojos y sonrió radiante.
—¿Ves? Sabías hacerlo bien.
Al menos era mejor que soltar disparates como “ojalá no quedes atado a mi muerte” o “puedes olvidarme sin problema”.
Decidió sentirse satisfecho con haber escuchado lo que Yustin guardaba tan celosamente. Le agradaba verlo ambicioso, sincero, mostrando emociones crudas sin disfraz.
De pronto recordó los días en que lo conoció. Entonces, Yustin no era alguien que iniciara una conversación ni que extendiera la mano con facilidad. Más bien, lo dudaba.
Sus ojos vacíos parecían no tener apego a este mundo. Todos vivían con los pies en la tierra, pero él flotaba solo, como si en cualquier momento pudiera volar lejos sin que resultara extraño.
Ahora, sin embargo, no era así.
Ries movió a propósito sus pequeñas manos. Al rozar la palma endurecida por los callos, sintió el calor firme que se transmitía hasta la punta de sus dedos.
—Sigamos así de ahora en adelante. Solo hay que corregir una cosa.
—…¿Una sola?
—Sí. Yustin no va a morir. Yo me encargaré de que sea así.
—Ah…
Yustin dejó escapar un breve suspiro.
Temió haber hablado demasiado sin reservas, haber sido una carga. Pero su mirada vacilante se suavizó de golpe. Como si le faltara el aire, respondió con dificultad:
—…Está bien. Tienes razón.
Lo que siguió fue una pequeña afirmación.
Al fin reconocía que ocultar y encadenar sus sentimientos frente a esas manos suaves, a esas diminutas patas cubiertas de pelusa, era arrogancia y un lujo inútil.
Por primera vez, Yustin pudo disculparse con sinceridad:
—Perdón por actuar a mi antojo.
—Con que lo sepas, basta.
Ries alcanzó a leer, aunque fuera tenuemente, lo que había en su interior.
En aquella breve disculpa no había engaño: no era un intento de consolarlo, ni una amenaza disfrazada de arrepentimiento.
Solo entonces Ries pudo sonreír con tranquilidad. Sus mejillas blancas se hundieron en hoyuelos, y sus labios rosados se curvaron suavemente hacia arriba.
Apretó con más fuerza la mano que sostenía.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
El tiempo de confidencias no se prolongó demasiado. Greus, que había salido un momento, regresó.
Lo siguieron hasta su despacho. Por todas partes se veían documentos aún sin ordenar. Greus sonrió con cierta incomodidad mientras apartaba el desorden.
—La organización está algo incompleta… pero siéntense, por favor. Hay mucho que debo explicar, y no son pocas las cosas que ustedes querrán escuchar.
Ries se acomodó con cautela en el sofá, tal como él le indicó. Había demasiados detalles que le llamaban la atención.
Por ejemplo, el semblante de Greus.
“Parece… algo demacrado, ¿no?”
No era la simple fatiga de alguien abrumado por un exceso repentino de trabajo. Si su expresión hubiera sido un poco más sombría, Ries no habría resistido preguntar si estaba enfermo.
La razón se reveló pronto.
—Jajá… Es la primera vez que gasto tanta energía sagrada en tan poco tiempo. Supongo que mi cuerpo no se ha adaptado. Con un poco de descanso, la fuerza volverá enseguida, así que no deben preocuparse.
—…
Era culpa suya.
Ries no pudo responder; cerró la boca en silencio. Una sola oración había provocado un impacto en el templo que no se limitaba a él.
Greus le explicó lo ocurrido justo después de que elevara la plegaria, más exactamente tras ser absorbido en la conciencia por la conversación con la diosa.
La explicación, mucho más detallada que la de Yustin, resultó también más impactante.
—¿La reliquia… se agrietó?
—Sí. Igual que mi energía sagrada fue absorbida, parece que la diosa quiso retirar la sacralidad de la reliquia. Sobre eso, hay algo que quisiera preguntar…
—E-espera, espera.
La cabeza le daba vueltas y cortó las palabras de Greus a mitad. Se llevó los dedos al entrecejo, tragó saliva y apenas logró preguntar:
—…¿El daño fue grave?
—No demasiado, aunque sí se perdió gran parte de la sacralidad que contenía.
—Entonces… ¿tengo que pagar por ello?
Sus ojos temblorosos se desviaron hacia Yustin, que parecía ajeno a la gravedad del asunto, parpadeando con una expresión extrañamente vacía.
Era obvio: Ries no tenía nada. Ni bienes ni riquezas.
Había conseguido un sueldo como asistente de Yustin, pero nunca se había preocupado por cómo se administraba. Si realmente debía compensar el daño, no tendría más remedio que depender de él. Y peor aún: se trataba de una reliquia de las pocas que quedaban en el mundo.
¿Cuánto valdría en dinero? ¿Podría siquiera calcularse? En su mente se sucedían futuros abrumadores cuando Greus lo detuvo con una voz teñida de humor.
—Jeje, ¿cómo podría yo pedirle algo así? Era poco más que un vestigio de la era antigua, y su uso ya era imposible; apenas nos causaba problemas de mantenimiento. No hay daño real, así que no se preocupe.
—¿De verdad?
—Por supuesto.
—Uf…
Solo al recibir aquella confirmación, Ries sintió cómo el alivio lo inundaba. Se llevó la mano al pecho y exhaló como quien libera un suspiro contenido.
Las preguntas vinieron después. Greus esperó a que Ries se calmara por completo antes de plantear lo que deseaba saber.
—He revisado incontables registros, pero nunca encontré que se necesitara tanta energía sagrada para escuchar la voz de un dios.
—…
—En otras palabras, lo ocurrido es un caso extraordinario. Y esa singularidad, seguramente, proviene de usted, señor Elton. Si no es una falta de respeto, quisiera pedirle una explicación más detallada.
Después de que Greus se encargara de reparar el daño a la reliquia, lo mínimo era corresponder. Ries, rebuscando en su memoria, comenzó a relatar lo que había vivido.
Desde abrir los ojos y encontrarse en el fondo del mar, hasta conversar con un dios con forma de medusa y pedirle que retirara la bendición para no perder la memoria.
Greus asintió con gesto grave.
—Una conversación… Ahora entiendo por qué se necesitó tanta energía sagrada.
Para escuchar una sola palabra de un dios hacía falta la fuerza de un alto sacerdote; cuánto más para mantener un diálogo. Así comprendía también por qué la reliquia se había agrietado.
Después sonrió.
—¿Obtuvo la respuesta que buscaba?
—Sí, en parte. Al menos sé qué debo hacer.
—Me preocupaba no haberle brindado ayuda suficiente, pese a ocupar el puesto de sumo sacerdote… Me alegra que haya conseguido lo que deseaba.
Pero no era lo único que lo inquietaba. Ries lo notó y ladeó la cabeza.
—¿Hay algo que le preocupa?
—…Es imposible ocultárselo, señor Elton. Hay un asunto que me inquieta, pero mi conocimiento es insuficiente para dar una respuesta.
Cerró los ojos con firmeza. Al abrirlos de nuevo, parecía sumido en una profunda reflexión.
—Thalassa adoptó la forma de una pequeña medusa, y su capacidad de lenguaje parecía… de…gradada, ¿no es así?
Sus dedos arrugados golpeaban rítmicamente el brazo del sofá. La expresión era tan delicada que dudó en pronunciarla, pero al fin se atrevió a repetir las palabras de Ries.
—Yo lo sentí así.
—Quizá sea una preocupación infundada, pero temo que sea un… presagio. Es posible que la diosa haya querido aliviar la carga que podría recaer sobre su alma, aunque…
Dejó la frase inconclusa. Una palabra resonó con claridad en los oídos de Ries.
“¿Presagio?”
Esperó que continuara, pero Greus no explicó qué significaba.
El semblante de Ries se tornó algo indiferente.
Hacerlo esperar con tanta curiosidad para luego no decir nada parecía casi malicioso. Si no fuera por la expresión tan complicada de su interlocutor, lo habría presionado sin rodeos.
Tras vacilar un momento, Greus prosiguió:
—No existen precedentes como el suyo, señor Elton. Sin embargo, quizá en algunos antiguos textos del templo encontremos casos similares. Si mi hipótesis se confirma, entonces se lo comunicaré.
En ese caso, estaba bien. Ries asintió con la cabeza.
Fue entonces cuando Greus logró disipar la preocupación que se reflejaba en su rostro. Con una sonrisa algo incómoda, se levantó de su asiento.
—Deben de estar cansados; los he retenido demasiado tiempo. Dejemos aquí la conversación seria. Iré a preparar algo de té y dulces, esperen un momento.
Y sin dar ocasión a responder, salió apresuradamente del despacho.
Ries, que miraba de reojo a través de la puerta entreabierta, recordó de pronto un detalle.
“Ahora que lo pienso…”
Él también tenía una sola cosa que lo inquietaba.
“Dijo ‘maldiciones’, en plural, ¿no?”
Su mirada se deslizó hacia Yustin, sentado en silencio a su lado. La maldición de la que hablaba la diosa debía ser la que se enroscaba en su cuerpo.
Quizá solo fuera una cuestión de perspectiva. Thalassa la había llamado “residuos de lo corrupto”, y tal vez se refería a múltiples formas de maldad entrelazadas, expresadas en plural.
Pero aquella palabra seguía clavándose como una astilla bajo la uña. ¿Significaba que no era una sola maldición? La mera idea resultaba incómoda. Y si realmente fuera así…
El ceño de Ries se frunció de inmediato.
“¿Dónde están?”
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