El gato está en huelga - Capítulo 139
Las manos entrelazadas temblaron levemente. La emoción que se transmitía a través de ese contacto era tan honesta que las comisuras de los labios de Ries terminaron por curvarse, desafiando la gravedad.
—…Un poco.
—¿Un poco?
—…En realidad, bastante.
En contraste, la cabeza de Justin se fue inclinando cada vez más hacia abajo.
¿Sería por vergüenza? ¿O tal vez le incomodaba haberlo traído sin preguntar? No podía saberlo con certeza, pero aun así, le gustaba que no soltara su mano, que la sujetara con firmeza.
La cabeza, que había estado bajando, volvió a alzarse lentamente y se quedó mirando fijamente a Ries. Sus ojos, temblorosos, parecían buscar su reacción con cautela.
—¿No te gustó…?
—¿Eh? No, me encantó. Es solo que… ah.
Al observarlo en silencio, Ries también terminó por sincerarse. Las palabras brotaron tal cual de su corazón, sin filtros ni reservas.
Con un leve murmullo, Ries se pasó la mano por el rostro. Se sintió un poco avergonzado, y sin remedio, el calor le subió a las mejillas.
Pero hacía mucho que se había acostumbrado a ese tipo de calor. En lugar de alejarse, quien estaba a su lado se acercó aún más y comenzó a hablar en voz baja, como si contara un secreto.
—Los ojos de ese tipo me incomodan mucho. ¿Recuerdas que dijiste que Justin era muy perceptivo? Tal vez por eso me puse más nervioso… Y, siendo honestos, para un simple apretón de manos, lo sostuvo demasiado tiempo. Creo que le intereso… más de lo normal.
—¿…Interés?
Entonces, de repente, Justin abrió los ojos de par en par. Ries, sintiendo que alguien estaba a punto de malinterpretarlo todo, negó con la cabeza apresuradamente.
—¿Eh? No, no, no es ese tipo de interés que te preocupa.
Solo entonces la mirada de Justin se suavizó. Por poco provoca un malentendido descomunal.
“Yo te salvé.”
En su mente flotaba el rostro del hombre de la mirada abrumadora.
Olvidando por completo que había sido él quien lo empujó a ese borde tan incierto, Ries murmuró para sí, en un susurro que no llegaría a nadie.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
¡Hiiihiiin—!
Los caballos relincharon con fuerza y comenzaron a moverse al unísono. Se alejaron, y siguieron alejándose, más y más, hasta que la parte trasera del carruaje desapareció por completo de la vista.
En ese momento, los sirvientes que habían despedido en silencio el carruaje empezaron a murmurar entre ellos.
—…¿Ya se fueron? ¿Ya no pueden oírnos?
—A menos que el duque sea un monstruo capaz de escuchar susurros a esta distancia…
—¿Qué? ¿¡Un monstruo!? ¡Hay cosas que se dicen y cosas que no!
Uno de los sirvientes, que había intentado añadir un chiste sin venir a cuento, recibió una buena reprimenda verbal. Aun así, algunos no podían apartar la vista del lugar por donde se había marchado el carruaje.
—¿Lo viste? ¿Lo viste?
—Yo sí. Vi al duque escoltando al señor Elton.
—¿Escoltar solo? ¡Por favor! ¡Hasta que subieron al carruaje no se soltaron de la mano ni un segundo! Me puse roja solo de verlos.
El tema de conversación no era otro que el señor de la casa a la que servían y su asistente. Ojos de halcón que llevaban tiempo observándolos no podían haber pasado por alto la escena de antes.
Entre quienes charlaban animadamente, había una doncella que los miraba con expresión de total desconcierto. Frunciendo el ceño, las pecas salpicando su nariz, preguntó:
—¿De qué están hablando desde hace rato? ¿No tenía ya el señor Elton una novia? ¿No fue por eso que el pobre sir Derek andaba llorando por los rincones, con el corazón hecho trizas?
—Ay, por favor. ¿Cuándo fue eso? ¿No te enteraste de nada por tomarte unas vacaciones?
—¿Ya cambiaron las cosas?
Otra doncella se le acercó corriendo, sujetándose las faldas, y le susurró al oído:
—No lo andes contando por ahí, ¿sí? Una amiga que trabaja en la cocina me dijo que hace poco tuvieron que desalojar toda una cocina. Y resulta que fue porque el señor Elton la necesitaba para él solo.
—¿La cocina? ¿Para qué?
—La dejó impecable, sí, pero las chicas que trabajan ahí no son tontas. Por las migas y el olor, dijeron que había horneado galletas.
—¿…No será?
—Sí será. ¡Y esas galletas… se las regaló al duque!
Y no fue un regalo cualquiera: las envolvió con un lazo rojo precioso, del mismo tono que los ojos del duque. Al oír eso, una de las presentes puso cara de estar cayendo en la tentación.
—¿Un regalo…? ¿Con lazo y todo…?
Ni siquiera yo le he hecho algo así a mi novio.
Entonces recordó el rostro del asistente que acababa de ver.
Un hombre de apariencia tan encantadora que se había ganado la atención de todos en la casa ducal. Primero corrieron rumores de que tenía una amante secreta, y ahora… el duque mismo ocupaba su lugar a su lado.
“¿Un triángulo amoroso…?”
Para entonces, la mente de la doncella ya estaba llena de tramas dignas de una novela romántica de tercera categoría vendida en los mercados. Con las mejillas ligeramente sonrojadas, murmuró:
—…Creo que me encantan estas cosas.
—¡Sabía que te iba a gustar!
Si Ries la hubiera escuchado, se habría llevado las manos a la cabeza.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
—¡Achís!
Ries, que hasta entonces miraba tranquilamente por la ventana, estornudó de repente.
—…¡Achís!
Y no una, sino dos veces seguidas. Se sonó la nariz con un leve resoplido y, como si quisiera disimular, giró la cabeza de un lado a otro, fingiendo buscar algo a su alrededor.
—¿Alguien estará hablando de mí?
—Quizá sea por el viento. Podrías resfriarte, será mejor cerrar la ventana.
—Mmm… pero entonces se va a poner muy aburrido…
El paisaje que desfilaba tras el cristal, el relincho ocasional de los caballos, el vaivén constante del carruaje… Al principio, todo eso tenía su encanto. Pero con el paso del tiempo, todo empezaba a parecer igual.
Y aún les quedaba un buen trecho por recorrer. Solo de pensar en cuánto tiempo les había tomado bajar desde la capital hasta el ducado, a Ries le recorría un escalofrío.
Y ahora, encima, se quedaba sin siquiera algo que mirar. Con ojos suplicantes, se volvió hacia Justin. La mano que estaba a punto de cerrar la ventana se detuvo, temblando apenas.
Justin miró primero la ventana abierta de par en par, luego a Ries, que le devolvía la mirada parpadeando con intención. Tras alternar la vista entre ambos, tomó una decisión.
—…Entonces, solo hasta la mitad.
Parece que solo logró convencerlo a medias. Ries posó la mirada, llena de anhelo, en el marco de la ventana, pero la hoja, ya medio cerrada, no volvió a abrirse.
Y así, la duda regresó al punto de partida.
“¿…Y ahora qué hago?”
Si Sepite estuviera con ellos, al menos podrían charlar un rato. Pero por desgracia, él había subido al carruaje con Ketir, así que no estaba allí.
La balanza se inclinaba hacia un lado. Tal vez debería dormir un poco. Si se transformaba en gato y se acurrucaba en el regazo de Justin, seguro caería dormido en un instante.
“Un momento.”
Entonces, como un relámpago, una nueva idea cruzó su mente. Los ojos de Ries se movieron con rapidez, escaneando el entorno. Sintió cómo la mirada perpleja de Justin lo seguía.
Un espacio cerrado, sin interrupciones. No había mejor oportunidad para retomar lo que antes no habían podido terminar. Su voz sonó de pronto, solemne.
—Justin.
Como si lo hubiera estado esperando, el otro lo miró a los ojos justo cuando Ries le tomaba la mano con firmeza. Se acercó aún más, hasta que sus rostros quedaron tan próximos que podía sentir su aliento.
Entonces, en un rincón de su mente, resonó una voz conocida.
—¿Qué es esto? No tengo afición por espiar a nadie.
La respuesta que Sepite le había dado cuando le preguntó por qué no viajaba con ellos. En su momento, le pareció una excusa absurda, pero ahora… ahora comprendía que había sido una muestra de clarividencia.
La sabiduría de los ancestros, pensó, tiene algo especial. Aunque el aludido no quisiera ni un poco ese tipo de elogios, Ries le dedicó un sinfín de alabanzas en silencio antes de susurrar:
—Hagamos lo que no pudimos antes.
—…Eso.
El cuerpo, medio abrazado, volvió a estremecerse. Solo había dicho una palabra, breve y sin contexto, pero Justin actuó como si ya supiera exactamente a qué se refería.
Las yemas de sus dedos, entrelazadas con las de Ries, temblaron como si quisieran moverse. Pero Ries no tenía intención alguna de esperar pacientemente a que el otro se decidiera.
“¿Y si nos interrumpen otra vez?”
Aún no habían almorzado. Y por lo que había visto por la ventana, el sol ya estaba bastante alto. En cualquier momento, el carruaje podía detenerse y alguien podría llamar para anunciar la hora de la comida.
Eso no podía pasar. Así que, tragándose la vergüenza, Ries giró la cabeza primero. Estaban tan cerca que ese simple gesto bastó para que sus labios se rozaran.
—Mmm.
El primer contacto fue en la mejilla. Luego, tras mover apenas los ojos, Ries ajustó su rostro y esta vez sus labios se posaron justo donde debían.
Fríos. Firmes. Nada que ver con la sensación que él había imaginado tantas veces.
A pesar del calor que le subía al rostro por la vergüenza, Ries entrecerró los ojos con intención y soltó, sin rodeos:
—Quítatelo.
—¿Qué…?
¡Clonc! Por un instante, el cuerpo de Justin pareció despegarse unos tres centímetros del asiento. Con las mejillas teñidas del mismo tono que sus ojos, se echó hacia atrás con apuro.
—Espera un momento. Ries, yo…
—¿Qué pasa? Si antes no te costaba nada.
Por supuesto, Ries no pensaba dejarlo escapar tan fácilmente. En lugar de permitirle retroceder, le sujetó el rostro enmascarado con ambas manos, bloqueando toda vía de escape.
Justin no podía apartarse, pero tampoco tenía fuerzas para quitarle las manos. Permaneció en silencio un buen rato, hasta que por fin logró hablar:
—…Es que antes estaba oscuro.
Su voz, quebrada y torpe, sonaba como si hubiera sido exprimida tras incontables dudas. Ries leyó en ella una lucha interna, una vacilación profunda.
Sonrió, ladeando los labios con ironía. Esta vez, su sonrisa estaba cargada de una clara insatisfacción.
Seguro que eso es lo que piensa. Que, con su rostro arruinado por la maldición, besar a alguien sin barreras debe de ser algo que el otro no desea… Qué tontería.
—Está bien. A mí también me da igual.
—Ries…
Justin apenas había empezado a pronunciar su nombre cuando Ries, sin pedir permiso ni dar explicaciones, le quitó la máscara del rostro.
La máscara negra cayó al suelo con un leve golpe seco. Rodó un poco, de forma oblicua, hasta deslizarse bajo el asiento. A menos que Ries se apartara de encima, no habría forma de recuperarla.
Pero Ries lo sabía. Sabía que Justin, con su ternura excesiva, jamás lo apartaría.
Solo entonces, con una sonrisa satisfecha, comenzó a recorrer con la mirada el rostro desnudo que tenía justo frente a él.
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Hola muchas gracias a todos por leer en Newcat ♥