El gato está en huelga - Capítulo 138
El día de partida se acercaba con rapidez. Dado que también estaba la invitación de Greus, habían decidido subir a la capital varios días antes del inicio oficial del Festival del Descanso.
Frente al carruaje, listo para el viaje.
—No imaginé que Su Excelencia confiara tanto en mí.
Ries observaba al hombre que había ayudado con la comitiva de despedida.
Cabello castaño alborotado, ojos verdes de curva delicada. El barón Embio, al volver a verlo, seguía siendo el mismo en muchos sentidos. Nunca había sabido ocultar el interés que se le asomaba en la mirada, ni antes ni ahora.
Podría considerarse una actitud irreverente, pero al menos su señor, Justin, no parecía prestarle la menor atención a esa mirada.
‘¿Está loco ese hombre?’
‘El barón Embio… Que en paz descanse.’
‘Últimamente no ha parado de trabajar… Era cuestión de tiempo para que se le fuera la cabeza.’
Solo quienes habían captado esas palabras al vuelo se escandalizaron. Se les puso la cara pálida, tambalearon en su sitio, sudaron frío, tosieron en silencio.
Era evidente que no querían caer de la gracia de Justin. Aun así… Ries recorrió con la mirada los rostros tensos de los presentes.
‘No hay ninguno malintencionado.’
Como aquella vez que irrumpió en la reunión de vasallos con forma de gato: aunque algunos sonrieran, no había en ellos una doblez oscura.
Con eso bastaba. Reacciones un poco exageradas, sí, pero podía pasarlas por alto. Después de todo, un superior no debe parecer demasiado accesible. Justo entonces, mientras tomaba partido por Justin como si fuera lo más natural del mundo…
—Ya veremos.
—¡Cof!
Ante la respuesta indiferente de Justin, alguien no pudo contenerse y soltó una tos. Al volver la vista, Ries notó que los rostros estaban aún más lívidos que antes.
Sin duda habían interpretado las palabras de Justin como una advertencia. Ries tuvo que hacer un esfuerzo para no fruncir el ceño.
Últimamente, a menudo le venía un pensamiento.
‘Ojalá lo supieran.’
Que Justin era una buena persona. Que sabía ofrecer calor a vidas pequeñas y frágiles. Que, como cualquier otro, encontraba felicidad en las cosas más simples.
…Claro que, apenas unos segundos antes, había pensado que “un jefe no debe parecer fácil de tratar”. En momentos así, se sentía irremediablemente contradictorio.
Fue entonces cuando sintió una mirada punzante. Al alzar la cabeza con cautela, se encontró con los ojos del barón Embio, que lo miraba sin disimulo.
Como si lo hubiera estado esperando, el barón habló:
—Su Excelencia, si no es molestia, ¿podría conversar un momento con el vizconde Elton?
—…
Justin no respondió de inmediato. En lugar de eso, giró la cabeza. A través de la mirada que se cruzó con la del barón, sus pensamientos se hicieron transparentes.
‘Haz lo que quieras.’
Por dentro, Ríes deseaba negar con fuerza frente a esos ojos… pero no lo hizo.
Cerró los ojos con fuerza, procurando que no se notara. Con tantas miradas encima, rechazar abiertamente y sin una razón clara era casi imposible.
Al final, Ríes asintió con una leve inclinación de cabeza, como si se tragara una cucharada de mostaza a la fuerza. Justín, que entendió el gesto, se tomó su tiempo antes de conceder.
—…Si es solo por un momento.
—Muchas gracias. Ah, vizconde Elton. Siempre quise conocerlo en persona desde que oí hablar de usted. No se había dado la ocasión, pero al fin puedo saludarlo como es debido.
El rostro del barón Embio se iluminó de inmediato.
¿Qué podía hacer uno ante una sonrisa tan amplia? No quedaba más que corresponder. Ríes también ocultó como pudo su incomodidad y devolvió el saludo.
—Barón Embio. He oído mucho sobre usted.
—¿De veras? ¿Por ejemplo?
—…Que tiene la capacidad de dirigir una gran compañía sin causar alborotos, que sabe muy bien dónde debe y no debe poner un pie, y que es discreto, digno de confianza.
—Ja, parece que Su Excelencia tiene buena opinión de mí.
El rostro frente a él esbozó una sonrisa leve. Estaba claro que daba por hecho que todos esos elogios venían de Justín.
Pero había algo más que inquietaba a Ríes. Un brillo en los ojos del barón, demasiado vivaz para su edad. Ríes había visto esa mirada en algún lugar.
‘…Es igual que aquella vez.’
Los recuerdos, que se rebobinaban sin orden, se detuvieron en un punto preciso. Al final de la primera reunión con los vasallos, cuando Justín y el barón Embio conversaron a solas, y aun entonces, aquellos ojos no lograban ocultar su curiosidad.
Eran los mismos ojos que lo habían observado cuando era un gato. Esa mirada, ahora, era inquietantemente similar. Una sensación incómoda le recorrió la espalda como un escalofrío.
—Aprovechando la ocasión, ¿le parece si nos damos la mano?
—Sí, bueno…
Pero la reflexión basada en el recuerdo no duró mucho. Fue interrumpida por la mano alargada que se le ofreció apenas terminó de hablar.
Igual que al intercambiar saludos. Ríes, sintiéndose empujado, estrechó la mano que le tendían.
A diferencia de la de Justín, era una mano seca, con callos solo en la parte donde se sostiene una pluma. La sensación no difería mucho de lo que había imaginado.
—Ah, ¿sabe usted algo?
De pronto, una voz baja y cargada de intención le susurró al oído. Ríes alzó la cabeza hacia él. Los labios finos y alargados se movían con suavidad, y justo cuando el barón Embio iba a añadir algo más…
—Barón.
Una voz tan seca que parecía traer consigo una brisa helada lo interrumpió de golpe. Al volverse, Ríes vio a Justín, de pie, con una mirada tan gélida como su tono.
Las pupilas rojas giraron con un leve chasquido y se fijaron en un punto. No fue difícil adivinar hacia dónde se dirigía esa mirada.
‘…¿La mano?’
La mano que había estrechado para saludar, y que aún no había soltado. Fuera cual fuera la razón, el barón Embio, siguiendo el instinto que le advertía con insistencia, decidió soltarla primero.
Solo entonces se disipó el extraño escalofrío que se había posado en los ojos de Justín. Para cuando Ries se volvió a mirarlo, hasta el último rastro de aquella inquietud se había desvanecido por completo.
—Creo que el saludo ha sido suficiente. Será mejor que nos retiremos.
Y sin más, se dio la vuelta y se alejó sin mostrar el menor atisbo de duda. Mientras observaba la espalda del vizconde que lo seguía con la cabeza gacha, el barón Embio se llevó la mano al cuello casi sin darse cuenta.
—…Ja, ja.
Una risa quebrada se le escapó, y tragó saliva con dificultad. Sentía como si hubiera estado jugueteando imprudentemente al borde de una línea que no debía cruzarse.
Ni siquiera cuando decía con desparpajo que no sabía que confiaban en él, o que parecía que lo tenían en buena estima, había sentido lo que ahora lo invadía.
Con la tensa conversación ya concluida, y Justín lo bastante lejos como para que no pudiera oírlo, los que estaban a su alrededor comenzaron a reprenderlo uno tras otro.
—Barón, ¿no podía haberse contenido un poco?
—Eso digo yo. ¿Acaso cree que tiene dos vidas?
—Uf, hasta a mí me temblaban las piernas de solo verlo.
Pero no se le ocurría ninguna respuesta adecuada. Uno de sus vasallos, notando algo extraño, le puso una mano en el hombro.
—¿Barón? ¿Ocurre algo?
Pensó que tal vez se había desmayado de pie, o que el miedo lo había dejado sin habla. Pero no era ninguna de esas cosas.
—¿No lo sintieron?
En su lugar, respondió con una pregunta que nadie pudo entender.
—¿Sentir qué? ¿De qué habla?
—Su Excelencia… No, olvídelo. Debí imaginarlo. Tal vez fue solo una impresión mía.
—¿Perdón?
Pero incluso eso quedó inconcluso, dejando su intención completamente en el aire.
No le importó en lo más mínimo que los rostros de los nobles a su espalda se torcieran con desconcierto.
En lugar de seguir conversando, el barón Embio evocó la última mirada que le dirigió el duque. Si se permite una expresión irreverente, eran los ojos de una bestia protegiendo su territorio.
—Qué lástima. Quería preguntarle algo más.
Rienstein Elton. Sus movimientos eran transparentes, y aun así, había algo en él que daba la sensación de haber caído del cielo, como si no perteneciera del todo a este mundo.
El barón Embio recordó por un momento aquel rostro claro. Una expresión que, poco propia de un noble, no lograba ocultar del todo lo que sentía. Por eso se le había quedado grabada.
‘Su Excelencia el duque tiene un gato al que aprecia especialmente. Como parece que usted le es cercano, seguramente lo habrá visto alguna vez… ¿Podría hacerle llegar mis saludos? Últimamente no se le ha visto mucho. Incluso ahora, por ejemplo.’
¿Qué expresión habría puesto el vizconde si hubiera alcanzado a decirle aquello? La curiosidad lo carcomía, pero la oportunidad ya se había esfumado.
Claro que eso no significaba que se hubiera quedado sin respuesta. Poco a poco, los recuerdos acumulados se arremolinaban en su mente, agrupándose en torno a unas pocas palabras, para luego dispersarse de nuevo.
El gato. La actitud del duque. La extraña petición. La necesidad de contactar en secreto con un mago. Los artículos de intercambio cuyo uso era un misterio… Finalmente, su mente llegó a una conclusión tan inverosímil como inevitable.
—…Bueno. ¿Qué más da?
A pesar de haber descubierto una verdad, la reacción del barón Embio fue sorprendentemente indiferente. Al fin y al cabo, no era de los que codiciaban lo que no podían tener, ni tenía el más mínimo interés en provocar la ira de su superior por simple capricho.
Mientras no se tratara de una amenaza para la casa ducal de Laufhe, todo le parecía aceptable. Se encogió de hombros y se marchó sin más.
—…¿Barón? ¿No estábamos conversando hace un momento? ¿A dónde va tan de repente?
Solo uno de sus vasallos, que se había quedado sin interlocutor de golpe, lo siguió con la mirada, desconcertado. Su pregunta, sin destinatario, se perdió en el aire como un eco solitario.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
—¿Justín?
—…
Justo después de subir al carruaje.
Liberado por fin de la mirada incómoda del barón Embio, Ries soltó un suspiro de alivio. Pero algo en la reacción de Justín le pareció extrañamente fuera de lugar, y ladeó la cabeza con curiosidad.
Había pensado que el retraso se debía a que Justín había subido con prisa, pero el carruaje seguía inmóvil. Y su mano, aún entrelazada con la de él, no mostraba la menor intención de soltarse.
…Por supuesto, no es que le molestara.
A Ries le gustaba mucho la sensación que le transmitía esa mano. La palma firme, el dorso algo áspero pero con una suavidad inesperada, las venas apenas visibles bajo la manga, los nudillos ligeramente marcados.
Sobre todo, le agradaba la presión justa con la que le envolvía los dedos. Sin embargo… echó un vistazo de reojo a Justín. Al ver que seguía en silencio, no pudo evitar que una idea le cruzara por la mente.
Contuvo como pudo la sonrisa que amenazaba con escaparse y, con una voz suave y sugerente, preguntó:
—¿Acaso… estás celoso?
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Hola muchas gracias a todos por leer en Newcat ♥