El gato está en huelga - Capítulo 137
Solo que ahora, en forma de gato.
Con un suave “¡puf!”, se transformó en felino y se deslizó con sigilo y rapidez hasta su objetivo.
Con destreza, trepó por la pierna de Justín sin sacar las garras. Luego buscó un lugar adecuado, y al encontrar uno que le pareció perfecto, se dejó caer de lado con todo el cuerpo.
Estiró las patas y se acomodó. Entonces, lo envolvió esa sensación familiar y reconfortante que solía ser su favorita.
‘Hace tiempo que no hacía esto.’
Quizá porque últimamente había pasado más tiempo en forma humana. Sentía que hacía mucho que no se acurrucaba junto a Justín mientras él trabajaba, dejando volar mechones de pelo por doquier.
Así que podía decirse que era un dos por uno: satisfacía su antojo sin interrumpir el trabajo del otro. Pero hubo algo que Ries no previó.
—……
Desde el momento en que se lanzó en forma de gato, Justín ya tenía la mirada fija en él.
Prrr… prrr… prrr…
El ronroneo que venía desde abajo hizo que su cuerpo se moviera por sí solo. Una mano limpia, sin guantes, se posó sobre su lomo cubierto de suave pelusa.
—¿Miau?
El ronroneo se detuvo por un instante, reemplazado por un maullido sorprendido. Pero fue solo un momento. En un abrir y cerrar de ojos, Ries se derritió bajo las caricias expertas que recorrían su espalda.
Y sin que se diera cuenta, Justín ya tenía en la mano un pequeño cepillo especial para gatos. Su decisión de dejar el trabajo para después no podía ser más evidente.
Cuando algo tan blando, cálido y suave roza la palma, el corazón se llena de una ternura que lo desborda.
—Prrr… miau…
Ries se revolcaba en su regazo, disfrutando al máximo de las caricias, hasta que se tumbó boca abajo, con la barriga expuesta.
Fue entonces cuando Justín, llevado por un impulso, inclinó la cabeza. Su rostro se fue acercando, más y más, hasta que… lo primero que rozó fue su húmeda naricita rosada, y luego, finalmente, su hocico, donde la forma de una “ㅅ” se dibujaba con claridad.
Ries abrió los ojos de par en par, sorprendido.
Una máscara se interponía entre ambos, así que la sensación no tenía nada que ver con aquella suavidad que hasta hace unos días no lograba sacarse de la cabeza.
Pero lo importante era la intención detrás de ese gesto.
‘¿Qué fue eso?’
Parpadeó varias veces, y solo un segundo después cayó en cuenta. Igual que aquella vez, Justín había sido el primero en besar.
Aunque la máscara lo había impedido, aunque técnicamente no se tocaron… el gesto era el mismo.
‘…No, espera.’
De pronto, una voz dentro de su cabeza alzó la mano para objetar.
Hasta ahora, cuando estaba en forma humana y lo miraba fijamente durante horas, no había dado ni una señal. Pero bastó con que se pusiera en modo gato, mostrara un poco la barriga y soltara un par de monerías… para que él se lanzara a besarle.
No podía ser más descarado. Y eso que Ries había estado esperando el momento oportuno, tanteando varias veces la ocasión perfecta.
—¡Ugh!
Por eso, sin pensarlo más, cambió de forma de golpe.
Por muy rollizo que fuera un gato, su peso no se comparaba al de un humano. Justín soltó un quejido reflejo al sentir de pronto ese peso sobre él.
Pero no tardó en desviar la mirada, como hipnotizado. Hacia quien lo miraba desde arriba, sentado sobre sus piernas como si fueran una silla, con los ojos curiosamente ofendidos.
Los brazos que lo sostenían se tensaron de inmediato, y los músculos de los muslos se endurecieron también. Ries, sin notar que quien estaba debajo comenzaba a ponerse visiblemente nervioso, empezó a refunfuñar con voz suave.
—Esto es discriminación.
—¿Discriminación?
—Mira nada más. Aunque soy yo en ambas formas, cuando soy humano me miras fijamente y no haces nada. Pero cuando soy gato, no tienes problema en darme besitos.
Mientras hablaba, sus mejillas se iban tiñendo de rojo, aunque él no parecía notarlo. Justín tragó saliva en silencio. Un impulso difícil de poner en palabras comenzaba a asomar la cabeza.
Ese algo llevaba mucho tiempo enroscado en su pecho. Aunque le resultaba extraño, a veces deseaba simplemente dejarse llevar por esa corriente.
Y esta vez no era diferente. Quería presionar con el pulgar esos labios que se asomaban con un leve mohín, acariciar con la otra mano la nuca caliente y enrojecida. Y luego, quizá…
—…Ries.
Su voz salió quebrada, como si contuviera algo a duras penas. En los ojos de Ries, que se estremecieron, se asomó una chispa de expectativa.
Toc, toc, toc.
Un golpe seco en la puerta los separó. Fue como si les hubieran echado un balde de agua fría. Ries abrió los ojos de par en par y miró a Justín.
—……
—……
El despacho quedó sumido en un silencio denso. Justín solo mordía sus labios con inquietud, sin responder al visitante. Pero quien estaba afuera no parecía dispuesto a rendirse.
Toc, toc, toc, toc, toc.
—Sé que está ahí, mi señor duque.
El tono de los golpes se volvió irritado, y la voz que los siguió estaba cargada de cansancio. No hacía falta ver el rostro para saber perfectamente de quién se trataba.
Al final, Justín se pasó una mano por la máscara y respondió:
—…Está bien. Adelante.
¿Sonaba su voz un poco más sombría de lo habitual, o era solo una impresión?
Pero no había tiempo para detenerse a pensar en eso. En lugar de volver a su sitio, Ries optó por lo más rápido: cambiar de forma en un suspiro.
Con un “¡puf!” seco, la figura que estaba en brazos de Justín se encogió rápidamente. Solo entonces se abrió por fin la puerta cerrada del despacho.
—……
—……
Unos ojos ensombrecidos por una expresión severa recorrieron el interior de la sala. Luego, se detuvieron en la cola de gato que se agitaba suavemente junto a las rodillas rígidas de Justín.
El rostro pálido adoptó una expresión de “lo sabía”. No hacía falta ser adivino: estaba claro que había dejado el trabajo de lado para dedicarse por completo a mimar a Ries. Su siguiente comentario vino acompañado de un suspiro a medio camino.
—Ya se ha vuelto excesivamente habitual, así que no se moleste. Solo le pido que lo termine hoy. Por favor.
La palabra “excesivamente” sonó con especial énfasis. Hasta ahí, todo parecía dentro de lo esperado.
—…Está bien.
—…¿Ocurre algo?
La voz que respondió fue tan torpe, tan fuera de lugar, que podía contarse entre las más extrañas que le había oído jamás. Y ese aire raro que flotaba en la habitación…
Justo cuando una ceja de Ketir comenzaba a arquearse con suspicacia…
—…Menos mal que viniste. Ya que estás aquí, llévame contigo.
Una voz agotada se arrastró desde el suelo. Al mirar hacia abajo, vio una muñeca que se deslizaba lentamente como si reptara.
—¿Eh? ¿Qué…? Ah.
Ketir se tragó la pregunta que estaba a punto de hacer. El rostro que tenía delante era… impresionante, por decir poco.
Con unos rasgos tan simples, uno pensaría que expresar emociones sería difícil. Y sin embargo, esa expresión agria era impecable. Por instinto, comprendió que no debía insistir más.
Sus ojos rodaron de nuevo a su posición habitual. Esta vez, lo primero que captó su atención fue la cola del gato, ahora erguida con firmeza. Pero decidió no comentar nada al respecto.
En su lugar, con Sepite arrugado en una mano, Ketir mencionó por fin el motivo de su visita.
—El templo ha enviado una invitación. Más exactamente… es una carta del sumo sacerdote Greus.
Un sobre elegante, con un sello azul que mostraba la silueta de una mujer de espaldas al mar. En el centro, el emblema del templo grabado con claridad. Ketir lo sostenía en la mano.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
El cuartel entero bullía de actividad.
Gente cargando equipaje, otros revisando los carruajes, y quienes los dirigían con precisión. Ries observaba la escena desde el alféizar del despacho, con la barbilla apoyada en la mano. Desde lejos, el espectáculo era aún más impresionante.
—Todos parecen muy ocupados.
—Pasaremos un tiempo en la capital, así que hay mucho que trasladar.
—No pensé que volveríamos tan pronto…
Y así fue. Aunque algo repentino, estaban de regreso en la capital. Todo lo que se veía abajo era consecuencia directa de esa decisión. Quién iba a imaginar que todo comenzaría con una simple carta…
‘¿Aunque… fue tan repentino?’
Ries interrumpió sus pensamientos y ladeó la cabeza. Sus ojos rodaron perezosamente hasta posarse en Justín. ¿Cómo había reaccionado él al recibir la carta? Más que sorprendido, parecía alguien que simplemente veía llegar lo inevitable.
‘Después dijo que, aunque no hubieran recibido la invitación, igual habrían tenido que subir a la capital.’
Las palabras que escuchó después le vinieron a la mente una tras otra.
El Festival del Reposo. Una ceremonia para honrar a los héroes que enfrentaron la calamidad y apaciguar las almas, para que el imperio no volviera a enfrentarse a la ira divina. El único evento anual organizado conjuntamente por la familia imperial y el templo estaba a punto de celebrarse en la capital. Justín nunca había asistido, pero este año, por alguna razón, el emperador había insistido especialmente en su presencia.
—Parece que está al tanto de que mi estado ha mejorado.
Cuando lo oyó decir eso, Ries solo pudo tragar saliva en seco. Era un nombre demasiado grande como para ignorarlo. Y, como era de esperarse, enseguida le vino a la mente aquel rostro descarado y aquella voz inconfundible.
—Mi intuición me dice que pronto vendrás a la capital.
Y que no se le ocurriera romper su promesa, había dicho.
¿Intuición? Si él mismo había preparado todo, qué bien se le daba hablar. Ahora entendía por qué Sepite no soportaba a los miembros de la familia imperial.
Pero no tardó en desmoronarse. Al repasar los hechos, inevitablemente también recordó sus propias fechorías.
Sintiendo cómo el calor le subía al rostro como un espectro, se cubrió la cara con ambas manos.
—¿Ries?
—…Nada. Déjame quedarme así un momento…
La voz preocupada de Justín quedó relegada al fondo, sin remedio.
Por muy alterado que estuviera, ¿cómo pudo olvidar que Sepite estaba en la misma habitación? Recordar que había dicho cosas como “esto es discriminación” o “dame un beso” lo dejó aún más abatido.
Y al mismo tiempo, Ries lo supo con certeza: esta vergüenza no sería pasajera. Esta mancha en su historial… sería la más duradera de todas.
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Hola muchas gracias a todos por leer en Newcat ♥