El gato está en huelga - Capítulo 136

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Sin embargo, en el instante en que se giró, sorprendido, hacia el frente, todos esos pensamientos dispersos se desvanecieron de golpe. Fue porque la figura de Justín, con su expresión relajada, se apoderó por completo de su campo de visión.

 

Un rostro que solo podría verse cuando alguien está rodeado de cosas que ama profundamente. Incluso alguien que lo viera por primera vez pensaría lo mismo, sin duda alguna.

 

Recordar lo sucedido la noche anterior fue, en verdad, algo inevitable.

 

Al final, Ries cerró los ojos con fuerza. Un cosquilleo, como si mariposas revolotearan en su estómago, se extendía hasta la punta de sus dedos.

 

‘Esto… ¿cómo se supone que debería llamarlo?’

 

Solo después de lo que pareció una eternidad, logró encontrar una expresión adecuada.

 

‘Provocador.’

 

Sí, provocador. ¡Desesperadamente provocador…!

 

Una combinación que podría hacer que alguien se escandalizara o incluso espumara por la boca. Pero por más que lo pensara una y otra vez, no encontraba palabra que encajara mejor.

 

Era como si la silueta de una mujer invisible flotara tras Justín, translúcida. Al ver cómo levantaba el pulgar con firmeza, parecía claro que estaba muy satisfecha con la actuación de su hijo.

 

Sin tener la menor idea de que había desatado una tormenta en la mente de su interlocutora, Justín volvió a hablar. Mientras tanto, el tacto de sus dedos entrelazándose con los de él era excesivamente vívido.

 

—Es por los demás. Me preocupa que se interesen demasiado por ti.

 

—¿Eh? ¿Qué? ¿Quiénes?

 

—Los vasallos que asistirán a la reunión.

 

—Ah… ah, ellos.

 

Gracias a eso, se dio cuenta un segundo tarde.

 

En parte porque su mente estaba tan llena de pensamientos que incluso había olvidado por completo la conversación anterior.

 

Solo después comprendió que aquello era una continuación del “¿puedo acompañarte?”, y asintió con la cabeza. Entonces, él mencionó un nombre familiar.

 

—¿Recuerdas al barón Embio?

 

—Sí, claro. Es difícil olvidarlo, después de todo…

 

El rostro de Ries se torció en una mueca de disgusto al instante.

 

En medio del bullicioso salón de operaciones, pocas personas le habían dejado una impresión tan fuerte. A lo sumo, Melissa, que había sido su escolta durante mucho tiempo, y un par de sirvientes que siempre le ofrecían dulces al verlo.

 

Para bien o para mal, el barón Embio era uno de ellos. De pronto, recordó con claridad el día en que lo vio por primera vez en una reunión de vasallos.

 

‘Pensé que se le iban a salir los ojos.’

 

Su actitud ya era bastante, pero lo que más le impactó fueron sus ojos brillantes, como los de un niño que descubre algo fascinante y divertido. Incluso al recordarlo, aquella mirada seguía resultando abrumadora.

 

Y así, comprendió por qué Justín se mostraba tan reticente a que lo acompañara.

 

—El barón Embio dirige una compañía mercantil, es hábil con los números y muy perspicaz. Fue él quien organizó el trato con el mago que te hizo la ropa. Si siguen viéndose…

 

Su voz se fue apagando poco a poco, pero no fue difícil adivinar lo que no llegó a decir.

 

—Mejor cancelo lo de ir contigo. Al final, creo que lo mío es más bien despedirte.

 

—Sí. Buena decisión.

 

Ries retiró su propuesta sin dudar. Detestaba las complicaciones…

 

Justín, por su parte, no se molestó en ocultar su alivio. Si uno levantara su máscara, seguramente encontraría la comisura de sus labios curvada con claridad.

 

Solo imaginarlo le provocó a Ries una extraña ligereza en el pecho, y sin darse cuenta, se acercó a Justín y empezó a parlotear sobre cosas que él ni siquiera había preguntado.

 

Desde su conversación con Melissa, pasando por su desahogo de que casi había revelado su identidad, hasta quejarse de que Sepite desapareció justo cuando más lo necesitaba.

 

Por cierto, Sepite había desarrollado un gusto por mendigar dulces a los sirvientes. Decía que, en su ausencia, se comería todos los postres nuevos que se hubieran inventado.

 

‘Si no lo trataran como a un hada, hace rato lo habrían echado por glotón.’

 

Siempre se lo preguntaba: ¿quién habría empezado ese rumor de que era un hada?

 

Pero esa chispa de curiosidad se apagó pronto, desplazada por otra duda que se coló sin aviso.

 

—Oye, los ancianos del clan… ¿no será que el marqués de Merillin está metiendo mano?

 

El tema volvió a Melissa, como si la charla sobre Sepite nunca hubiera existido, pero la sospecha no era descabellada.

 

‘Decían que ese patán se reunía seguido con el marqués de Merillin.’

 

Dejó pasar el término “entre iguales” que le vino a la mente.

 

Ries frunció el ceño. Parecían bastante cercanos, y quizá el marqués estaba influyendo en la sucesión del linaje.

 

Pero Justín no parecía convencido.

 

—No es tan fácil pensar así. Para intervenir directamente en la sucesión de una casa se necesita mucho dinero y esfuerzo, y la verdad, no hay mucho que ganar de su familia.

 

La casa del conde Yucalt no era rica, sus tierras estaban lejos de la capital y no tenían nada especial. Tampoco destacaban por su fuerza militar.

 

—Y si fuera por alianzas políticas… ambos son nobles que apoyan al imperio, así que tampoco tendría sentido.

 

En resumen, eran nobles del montón, sin valor estratégico que justificara tanto esfuerzo.

 

—Además, si realmente estuviera interviniendo, este sería el momento en que más contacto deberían tener… pero desde que me lo mencionaste, apenas se han visto. En cuanto a los ancianos… por si acaso, daré la orden de que se investigue más.

 

Justín desgranaba razones con tanta solidez que Ries empezó a sentirse como un conspiranoico. Sacudió la cabeza de inmediato.

 

—No, no hace falta. Creo que me equivoqué.

 

—La idea era buena. Así que no te sientas mal.

 

—No me siento mal.

 

—Entonces, mejor.

 

Sintió su mano acariciándole suavemente el cabello. No sabía si era un gesto de consuelo, de ternura… o de aprobación.

 

Claro que, en el fondo, cualquiera de las dos opciones le parecía bien. Ries, sin razón aparente, sonrió tontamente y se apoyó en Justín. Al sentirse blando por dentro, esta vez sí, se le escapó una tontería entre los dientes.

 

—¿Y qué importa si no hace falta ni dinero ni esfuerzo? Si le dicen “haz esto”, lo hace sin rechistar.

 

—…Hmm.

 

—Perdón. Fue una tontería. No tienes que responder, no lo pienses en serio…

 

Pero, por supuesto, Justín se lo tomó en serio. Esa era parte de su encanto, sí, pero Ries no quería que se preocupara por cosas inútiles, así que se apresuró a detenerlo.

 

Después de eso, cayó entre ellos un silencio liviano. El aire tranquilo, la brisa que se colaba suavemente por la ventana, el calor tibio que le envolvía la mano. No había nada que le disgustara.

 

Ries jugueteó con los dedos, sintiendo el roce de la piel ajena, y sin querer soltó una risita apagada.

 

‘¿Que si le das una orden la cumple sin decir nada?’

 

Incluso al pensarlo de nuevo, sonaba como algo sacado de un sueño o una novela. ¿Cómo podría un ser humano, que no es un dios, manipular a otro a su antojo?

 

 ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

 

Un día como cualquier otro. Si había que señalar algo fuera de lo común, sería esa mirada intensa que no parecía tener intención de apartarse.

 

—Ay…

 

El suspiro que se escapó justo frente a el ya hacía tiempo que había aprendido a ignorarlo.

 

Los papeles sobre el escritorio, dispuestos solo para aparentar, estaban abiertos sin tocarse. Ries, el dueño de aquella mirada, apoyaba la barbilla en la mano mientras observaba fijamente a su interlocutor.

 

Recordaba con claridad todo lo que había pasado desde que hablaron sobre la casa Yucalt. Aunque… en realidad, no había pasado gran cosa. La investigación no arrojó resultados notables, y la maldición seguía estancada.

 

Aparte de eso, había adquirido un nuevo hábito: observar a Justín.

 

‘Hoy parece estar de buen ánimo.’

 

Después de pasarse el día entero mirándolo, al caer la tarde llegaba siempre a esa misma conclusión.

 

Y todo era culpa de esa maldita maldición. Recordó algo que Sepite había soltado sin parar un día cualquiera.

 

—¿Sabes cuál es el mejor nutriente para una maldición? Las emociones del huésped.

 

Cuanto más se hundiera Justín en emociones negativas, más se colaba la maldición por las rendijas. En otras circunstancias, quizá no se habría vuelto tan extrema, pero dadas las circunstancias, era difícil dejar de preocuparse.

 

‘No ha pasado tanto desde que Hillein se fue.’

 

Una persona que llora en sueños a medianoche no puede estar bien, por más que lo aparente.

 

—Dicen que cuando uno quiere a alguien, se le pega todo. Ustedes dos son iguales, igualitos. Están los dos perdidos.

 

Eso había dicho Sepite, negando con la cabeza y chasqueando la lengua. Decía que se notaba que Justín estaba lidiando con ello a su manera, que no hacía falta preocuparse tanto.

 

Ries también lo sabía. Pero los sentimientos no se ordenan tan fácilmente. Desde que los reconoció y los dijo en voz alta, parecía que se le habían vuelto aún más intensos.

 

‘¿Será esto lo que Justín sintió en su momento?’

 

Los ojos rojos, que solían delatar ansiedad ante cualquier cosa, flotaban suavemente en un rincón de su campo visual.

 

Su mirada se desvió un instante hacia la mano que sostenía el bolígrafo, moviéndose con rigidez. Últimamente, a veces le venía este pensamiento de forma repentina:

 

‘Quizá no sea tan necesario recordar mi vida pasada.’

 

Los ojos, de un gris plateado muy tenue, tanteaban el inicio de esta vida.

 

A diferencia de aquel entonces, cuando tenía plena conciencia de haber sido humano y conservaba recuerdos bastante nítidos, ahora casi todo se había desvanecido.

 

Lo único que quedaba eran conocimientos básicos y, de vez en cuando, palabras extrañas que salían como si las hubiera usado mucho en otro tiempo.

 

‘No tengo miedo.’

 

Si hubiera tomado conciencia de todo esto poco después de abrir los ojos en este mundo, probablemente no habría podido contener el miedo que le habría brotado de forma instintiva.

 

Pero ahora no era así. Y todo se debía a la presencia de un hombre justo frente a él.

 

Apenas pensó en eso, sus miradas se cruzaron como si fuera cosa del destino. Siguió con insistencia los ojos rojos, que temblaban levemente, quizá por sorpresa.

 

Ya tenía a Justín, alguien valioso para él. Ya tenía un hogar al que regresar. Solo con eso, tenía más que suficientes razones para no tener miedo.

 

—Hmm…

 

Pensar en ello le despertó de pronto unas ganas intensas de estar muy cerca de Justín.

 

Lanzó una mirada fugaz a los papeles que desordenaban el escritorio, pero solo por un momento. Como no había nada urgente, Ries obedeció sin dudar el impulso que acababa de surgir.

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