El gato está en huelga - Capítulo 134

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—…¿Qué…?

 

La persona, con el rostro desencajado por la confusión, se estremeció sin poder articular palabra. Sus instintos, hasta entonces paralizados, comenzaron a sonar con estrépito como una alarma desbocada.

 

—¿Qué piensas… hacer con eso?

 

—¿Necesitas saberlo?

 

Pupilas dilatadas al máximo, la cabeza ladeada con desgano. No obtuvo respuesta, pero eso bastaba. No debía involucrarse. Incluso en medio del desconcierto, lo supo con certeza.

 

Diana negó con la cabeza y retrocedió un paso.

 

—…No quiero.

 

—¿No quieres?

 

—¡He dicho que no! ¿Qué te pasa desde hace rato? ¡No dejas de mirarme con esa cara, de decir cosas horribles…! Aunque… aunque ya no te agrade, no tienes por qué tratarme así.

 

Sus ojos, empañados de lágrimas, intentaban mirarlo con fiereza.

 

Pero en ellos aún se adivinaba un resto de apego que no había logrado desechar. Y esa forma de retroceder sin atreverse a darle la espalda le resultó tan patética que Chesif soltó una risa desdeñosa.

 

Debería haberlo hecho desde el principio. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.

 

—Qué lástima, Diana. Pero no tienes elección.

 

—¿Qué… qué quieres decir?

 

—El lugar en el que estás ahora… ¿de verdad crees que llegaste ahí solo por tus méritos? Vamos. Por muy ingenua que seas, no puedes creer eso.

 

Glup. El sonido seco de su saliva tragada se oyó hasta donde él estaba. El rostro de Diana se había puesto tan pálido que parecía imposible que pudiera perder aún más color.

 

—¿No desapareció de repente aquel sacerdote prometedor que estaba a tu nivel? ¿No fue enviado a un rincón olvidado aquel compañero que no te soportaba? ¿No te pareció extraño que un superior, con quien deberías haberte esforzado por agradar, te tratara tan bien sin razón aparente?

 

—Ah…

 

—Pobre Diana. ¿De verdad creías que todo eso lo habías conseguido tú sola? En este mundo no existen coincidencias tan amables.

 

Chesif acortó la distancia que ella había puesto entre ambos. A pesar de lo cerca que estaba ahora, Diana permanecía erguida como clavada al suelo. Él alargó la mano y tomó un mechón de su cabello.

 

—¿Qué crees que pasará si esto se sabe? ¿Crees que el sumo sacerdote, decepcionado, seguirá protegiendo tu posición? Lo perderás todo. Puede que incluso termines de vuelta en los barrios bajos que tanto detestabas.

 

—¡……!

 

Diana se estremeció visiblemente.

 

—Pero eso solo si no haces lo que te digo.

 

La voz, que hasta hace un instante estaba afilada como una cuchilla, se suavizó de golpe.

 

Con una delicadeza casi tierna, le apartó el cabello detrás de la oreja. Como si nunca hubiera sido amenazante, como si solo quisiera consolarla.

 

—Si haces lo que te pido, nada cambiará. Y si me traes resultados satisfactorios, mejor aún. Yo sé recompensar a las piezas valiosas.

 

—……

 

—¿Qué tal si empiezas por ser honesta con tu deseo? ¿Quieres convertirte en santa? ¿No te gustaría tener un final hermoso, como el de una heroína de cuento? Yo puedo hacer que eso se cumpla.

 

La voz, que ya rozaba lo íntimo, se volvió aún más descarada. Diana, que hasta hace un momento temblaba de miedo, permanecía inmóvil, y sin saber cómo, ya estaba mirando a Chesif como si estuviera hechizada.

 

—Para cumplir ese deseo, aplastar a una o dos personas en el camino es inevitable. No tienes por qué preocuparte. Solo sigue como hasta ahora. Y si además me transmites todo lo que veas y escuches, con un poco más de esfuerzo, será suficiente.

 

—Mi… deseo…

 

Un destello cruzó sus ojos rosados. Sus pupilas, enturbiadas como si ya hubieran pisado el lodo, tanteaban el vacío como si allí vislumbraran el futuro que tanto anhelaba.

 

‘Es cierto. El sumo sacerdote solo estorba.’

 

Ese anciano que se interponía en cada paso de su camino. Si no fuera por él, Diana ya habría alcanzado el puesto de santa.

 

En el instante en que lo comprendió, la voz de Greus, que hablaba de permisos y otras cosas incomprensibles, se desvaneció como una mentira. Su campo de visión se estrechó como el de un caballo antes de la carrera.

 

—Elimina a ese estorbo.

 

—No vas a ensuciarte las manos. Por eso, no está tan mal, ¿verdad?

 

—Imagínalo. Los ignorantes del imperio adorándote como santa, los nobles idiotas incapaces de menospreciarte. Será… muy divertido.

 

Una voz resonaba en sus oídos, no sabía si era de Chesif o una alucinación que solo ella podía oír. Pero cada susurro era dulzura pura.

 

Y al final, Diana asintió.

 

—Sí… Está bien. Lo haré.

 

—Perfecto. Esta vez, espero que cumplas con lo que te pido.

 

Puedes irte. Con esa orden seca, la mano que había conseguido lo que quería se retiró con limpieza. Diana, que le dio la espalda sin oponer resistencia, salió tambaleándose de la habitación.

 

Una actitud impropia de alguien que hasta hace poco no podía dar un solo paso por el miedo. Pero Chesif ya no tenía ni el tiempo ni el interés para prestarle más atención.

 

Su rostro, antes impecable, se agrietó sin piedad. La expresión que había hecho estremecer a Diana volvió a cubrir su semblante.

 

—Debí haberme deshecho de ese viejo hace mucho.

 

Claro que, si todo seguía su curso, eliminarlo sería solo cuestión de tiempo. Ese joven sacerdote, tan ingenuo, jamás imaginaría que alguien intentaría clavarle un cuchillo por la espalda.

 

No, lo que realmente le carcomía los nervios no era el sumo sacerdote. Era otro.

 

Una imagen se dibujó con nitidez en su mente. El rostro de un hombre. Y con él, una oleada de odio irracional lo invadió.

 

—Laufe, Laufe, ese maldito Laufe…

 

Su aspecto sombrío, su cara irritante, esos ojos de mala espina.

 

Esa actitud altiva, como si llevara una maldición a cuestas y aun así no se dignara a inclinar la cabeza, le resultaba insoportable. Su destreza con la espada, superior a la suya. La atención del príncipe heredero, que por derecho le correspondía, arrebatada sin esfuerzo. Todo. Todo.

 

Chesif apretó los labios con furia. Sus ojos, abiertos de par en par, se inyectaron de sangre, y siguió arrancándose las cutículas con tanta rabia que, al final, gotas de sangre comenzaron a brotar de sus dedos.

 

La piel, aplastada sin piedad entre los dientes, acabó por sangrar.

 

—Ese bastardo, que debería seguir arrastrándose por el suelo… ¿por qué sigue intentando arrebatarme mi lugar?

 

Ahora que por fin estaba solo, Chesif se despojó incluso de la máscara que llevaba por mera formalidad.

 

Sus manos se rascaban con furia, como si tuviera un brote de urticaria. Sus labios, ensangrentados. Sus ojos, inyectados de sangre. Su murmullo, casi obsesivo. Cualquiera que lo viera en ese estado habría salido huyendo.

 

Hubo un tiempo en que Chesif se hizo una pregunta.

 

—¿Es realmente por eso?

 

¿Porque su apariencia le resultaba desagradable? ¿Porque su actitud le irritaba? ¿Porque se atrevía a codiciar cosas que, por derecho, le pertenecían a él?

 

En aquel entonces, Chesif negó con la cabeza. Le desagradaba, sí, pero no hasta el punto de caer en un odio tan visceral. Era algo más profundo…

 

Pero el Chesif de hoy ya había olvidado que alguna vez se hizo esa pregunta.

 

Odiar a Justin Laufe. Ese sentimiento se había convertido en un mandato absoluto, grabado a fuego en su instinto, imposible de desafiar.

 

  ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

 

—¿Asesor?

 

—Ah.

 

Sus ojos, perdidos en pensamientos, recuperaron de pronto el foco. Ries, al notar la mirada perpleja de quien tenía delante, se apresuró a disculparse.

 

—Perdón. Hoy tengo la cabeza en otro lado.

 

Los ojos verdes del interlocutor se curvaron con suavidad, como diciendo que no pasaba nada. Hacía tanto que no se veían que no podía evitar escudriñar su expresión una y otra vez.

 

—Está bien. A mí también me pasa seguido últimamente.

 

Y se le notaba.

 

Melissa Yucalt. Reincorporada ayer a su puesto como escolta, pero con un rostro tan cargado de fatiga que costaba creer que hubiera estado ausente tanto tiempo.

 

¿Y por qué, teniendo a alguien así justo frente a él, Ries seguía sumido en sus pensamientos?

 

—Haa…

 

Los pensamientos dispersos volvían a extender sus ramas. Ries suspiró hondo sin darse cuenta y se frotó el rostro con ambas manos.

 

Los recuerdos de la noche anterior regresaron con suavidad.

 

‘……’

 

‘¿Meoown? ¿Miau?’

 

Desde que Hillein se fue, Justin solía tener pesadillas. O más bien… sueños tristes. A veces, cuando Ries se acercaba al notar algo extraño, lo encontraba llorando en silencio, con las lágrimas deslizándose por sus mejillas sin un solo sonido.

 

También anoche fue así. Verlo en ese estado le resultaba tan doloroso. Tal vez era porque sabía que era algo que Justin debía superar por sí mismo, y por eso mismo le dolía más.

 

Hasta ahora, cada vez que lo encontraba así, siempre lo sacudía para despertarlo. Pero anoche… por alguna razón, no quiso hacerlo.

 

—Uff, venga.

 

Tras rondar un rato cerca de Justin, Ries se transformó rápidamente en humano y se sentó justo a su lado.

 

Y entonces, empezó a tararear con lentitud una melodía.

 

—Hmm, hmm-hmm, hmm… duerme tranquilo, no llores más, sueña bonito.

 

Era aquella canción que Hillein solía cantarle antes de marcharse. Más de la mitad de la letra se le había borrado, y lo que quedaba lo había modificado a su antojo, así que ni siquiera podía llamarse la misma nana.

 

Aun así, pensó que era un esfuerzo bastante decente.

 

—Duerme bien, duerme bien, mi niño.

 

Terminó de cantar su versión improvisada y volvió a mirar a Justin. Las lágrimas, que antes corrían sin cesar, se habían detenido sin que se diera cuenta.

 

—Oh… se detuvieron.

 

Una tibia sensación de orgullo le subió por dentro.

 

Tal vez por eso, o tal vez porque era justo esa hora en que la sensibilidad se vuelve más aguda, Ries actuó por puro impulso. Mientras observaba fijamente el rostro dormido de Justin, se inclinó lentamente hacia él.

 

Iba a besarle la frente. Como lo haría una madre con su hijo. No podía decir que no hubiera ni una pizca de intención personal en ello, pero…

 

—……

 

—……

 

El problema vino después. Justo antes de que sus labios tocaran la piel, Justin abrió los ojos como si hubiera presentido algo.

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