El gato está en huelga - Capítulo 132
Fue entonces cuando le tomaron la mano. Ries, que observaba la escena un paso más atrás, alzó la cabeza, sorprendido.
—Vamos, Ries, tú también ven a dormir. Ya es tarde.
—¿Eh? E-espera un momento…
La atmósfera, que se mantenía en un delicado equilibrio entre la tristeza y la cotidianidad, se rompió de golpe.
Cuando quiso darse cuenta, ya lo habían arrastrado hasta la cama. De pronto, convertido en humano, se encontró acostado junto a Justin, encogiéndose por puro reflejo.
Por supuesto, espacio no faltaba. Si hasta cuando era gato podía rodar en círculos sin problema en esa cama.
Dormir juntos no era nada nuevo. Lo que no había hecho antes era dormir junto a él en forma humana.
Antes de reconocer sus emociones, ni se lo habría planteado. Y después de hacerlo… echó un vistazo de reojo a Hillein.
‘Con los padres mirando desde tan cerca, esto es un poco…’
Así que, en cierto modo, era la primera vez. No quería darle demasiada importancia a la situación, pero su cuerpo no cooperaba: traicionaba a su razón con reacciones cada vez más extrañas.
Tum-tum. El corazón se aceleraba poco a poco, las palmas comenzaban a sudar. Y todo se agravaba por la sonrisa radiante de Hillein frente a él. La vergüenza crecía a un ritmo alarmante.
¡Puf!
—¡Miau!
—Ay…
Al final, Ries no pudo resistir más y volvió a su forma de gato. Se dijo a sí mismo que así, entre los dos, sería más fácil ayudar en la conversación.
Y al verlo, Hillein…
—Rieees…
Puso una cara de tristeza tan evidente que no dejaba lugar a dudas. Y por si fuera poco, alargó las palabras con una voz cargada de nostalgia. Ante una reacción tan exagerada, Ries no supo qué hacer y empezó a mover los dedos de los pies, incómodo.
—…No se burle de mí, por favor.
—¡Ah…! ¿Me descubriste?
—A veces puede ser un poco traviesa ¿no cree?
—Es que eres tan adorable… no pude evitarlo.
Justin, que había estado observando en silencio, intervino con voz suave. Y al escuchar las palabras que siguieron, a Ries le cayó una revelación como un rayo.
‘¿Me estaba… tomando el pelo?’
No lo podía creer. ¿Cómo podía cambiar de expresión con tanta facilidad, tan vívidamente?
—Perdón. Es que incluso en forma humana eres tan tierno como cuando eres gato, y sin querer… ¿te enojaste?
—…Miau. Ña~.
Pero no. No le daban ganas de enfadarse.
La voz suave que intentaba consolarlo, la caricia de Justin deslizándose por su entrecejo, y una atmósfera tan serena y apacible que costaba creer que fuera una noche de despedida… todo eso fue lo que hizo que Ries se rindiera.
En lugar de llorar culpando a Hillein, bajó el cuerpo y se tumbó sobre la cama. No olvidó enganchar una de sus patitas en el dobladillo del vestido.
—Jeje, yo confío en Justin. Hoy te dejo pasar, pero si vuelve a surgir la oportunidad, te atraparé sin dejarte escapar. ¿Entendido, hijo?
La última frase sonó un poco rara… pero en fin.
—Bueno, basta de charla. Ahora sí es hora de dormir, mis pequeños.
La noche había caído por completo. Como si les pidiera que cerraran los ojos de una vez, Hillein alzó ambas manos y dio suaves palmaditas a su hijo y al gato.
Ries obedeció y cerró los párpados. Al perder la vista, comenzó a percibir sonidos que antes no notaba.
El viento golpeando la ventana, el zumbido tenue de los insectos nocturnos, la respiración acompasada de Justin… y los latidos de su corazón, un poco más rápidos de lo habitual.
Y entonces, por fin, escuchó el murmullo de una melodía. Sin darse cuenta, aguzó el oído, atento a ese canto.
Toc, toc. Las palmaditas en su espalda fueron encontrando un ritmo. Hillein, acompañándose de ese pequeño compás, comenzó a cantar:
El mar te canta una nana,
la luna te arropa con su luz,
mi niño, mi niño, mi dulce niño,
no tengas miedo, duerme en paz,
no estés triste, sueña bonito.
…Una voz tierna y delicada. Las palabras que escapaban de sus labios se esparcían por cada rincón del dormitorio, templando el aire con su calidez.
El viento, los insectos tras la ventana, el susurro de las sábanas al moverse, las palmaditas suaves en la espalda… todo se convertía en su instrumento.
Las olas ahuyentan tus pesadillas,
las estrellas colgadas del cielo
te ayudarán a no perder el rumbo.
Mi niño, mi niño, mi dulce niño,
no te preocupes, duerme profundo,
no tengas miedo, llama al amanecer.
‘…No debería dormirme.’
Pensó que no podría dormirse.
Pero esa idea se desvaneció como si fuera mentira, y poco a poco, su mente comenzó a nublarse. Aunque fruncía el ceño con todas sus fuerzas para mantenerse despierto, la canción de ella seguía fluyendo.
Mmm, mmm-mmm, mmm-mmm…
Un gatito junto a la almohada,
el viento travieso golpeando la ventana,
el dulce aroma de un pastel impregnado en la manga,
aquí estoy, aquí estoy, mamá está aquí,
duerme bien, duerme bien, mi niño querido.
La voz se volvía cada vez más tenue.
¿Lo hacía a propósito, o era que el sueño vencía sus sentidos? Pero había una cosa, una sola, que seguía llegando con claridad a sus oídos.
La respiración acompasada de alguien.
—Duerme bien, Justin.
La canción se detuvo. Una despedida nocturna cargada de amor… incluso con la mente entumecida, comprendió enseguida. Justin se había dormido.
—…Te quiero, hijo mío. Que Thalassa bendiga tu camino.
Cris-cras. El roce de las telas.
Hillein, que estaba sentada junto a la cama, parecía haberse incorporado. La patita enganchada en su vestido se balanceó suavemente con su movimiento.
—Miau… ñaang… ña…
—Jeje. Qué adorable.
Una risa ligera descendió sobre su balbuceo adormilado. Sintió unos dedos frescos y suaves acariciarle entre las orejas, como una pluma.
—Que tengas dulces sueños, Ries. Cuida bien de mi hijo.
La conciencia, que se sostenía a duras penas, se hundió de golpe.
Ya no pudo distinguir con claridad lo último que dijo Hillein, pero sí supo, con certeza, que fue algo que le dejó una resonancia muy hermosa. Algo que recordaría por mucho, mucho tiempo.
Hillein contempló en silencio a los dos que dormían plácidamente.
Las respiraciones acompasadas. Los cuerpos que subían y bajaban con ritmo regular. Los rostros en calma… Lo capturó todo con la mirada, una y otra vez.
Solo un poco más.
Solo un poco más.
Solo un poco más…
Y así, mientras se demoraba frente a ellos, el tiempo siguió su curso sin remedio. La luna, que colgaba baja sobre la tierra, ya se había elevado hasta lo más alto del cielo.
Cuando ya no pudo resistir más, cuando comprendió instintivamente que no debía demorar ni un segundo más, Hillein se sonó la nariz con suavidad y sacudió las últimas gotas de apego que aún colgaban de ella.
—Así que los dormiste a propósito. ¿Te vas?
—Señor ancestro…
Fue también por entonces que sintió una presencia familiar a su espalda. Hillein giró la cabeza y miró a la pequeña figura que flotaba en el aire.
Esbozó una sonrisa deliberadamente traviesa.
—Pensé que te irías sin despedirte.
—Y tú fingiendo sorpresa, cuando sabías perfectamente que vendría.
Como era de esperarse, recibió una breve queja. Pero Sepite no se dio la vuelta ni dijo nada más. Más bien, no podía hacerlo.
Sus ojos redondos rodaron hacia abajo. Hillein sabía bien adónde miraba, pero no se molestó en seguir su mirada.
Sabía mejor que nadie cómo se vería su cuerpo en ese momento.
Desde la punta de los pies comenzaron a brotar burbujas doradas. Su cuerpo, ya de por sí ligero, se volvía aún más etéreo. Como si el último hilo que la mantenía atada a este mundo se hubiera roto por completo.
Pero no sentía miedo. Tampoco tristeza. Tal vez porque se lo había prometido a sí misma… o tal vez porque, al girar el cuerpo y mirar hacia la cama, lo comprendió todo.
Seguían siendo adorables. Sin necesidad de forzar el gesto, una sonrisa natural se dibujó en su rostro. Ahora que sabía con certeza que su hijo ya no estaría solo, podía marcharse en paz.
—¿Has venido a despedirme?
—Dices que es para no dejar tristeza, pero el último viaje no debería ser solitario. Alguien tiene que acompañarte, ¿no?
Sepite alzó sus branquias como si encogiera los hombros. Su voz era seria, pero su aspecto era tan ridículamente tierno que Hillein no pudo evitar soltar una risa ligera.
—Siento haber sido dura contigo antes. Al final, eres una criatura muy amable y cariñosa.
—…Es la primera vez que me dicen algo así.
—Cuida bien de Justin y de Ries, por favor. Asegúrate de que puedan ser felices.
—Oye…
Y eso fue todo.
Como si ya no quedara ni una pizca de apego, su cuerpo comenzó a deshacerse más rápido. Las burbujas doradas, que se habían multiplicado en un instante, empezaron a dispersarse en el aire.
Los pies, las piernas, las manos, el rostro que aún sonreía… su forma se fue deshaciendo poco a poco, transformándose en burbujas.
Estas atravesaron la ventana cerrada y se elevaron al cielo nocturno. Liberadas de toda atadura, las estrellas que emergieron… eran de una belleza indescriptible.
Sepite observó cómo la última burbuja rozaba con delicadeza la mejilla de Justin antes de desaparecer.
No tenía forma definida, y sin embargo, parecía la imagen de una madre dejando un beso en la frente de su hijo recién nacido.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
A la mañana siguiente.
—…¿Miau?
Los ojos se abrieron de golpe, sin previo aviso, y la visión se desvaneció en un blanco cegador. Un ataque solar sin una pizca de compasión.
Se cubrió los ojos con las patas delanteras y rodó por la cama, hasta chocar con algo. Para entonces, su vista ya se había recuperado lo suficiente como para entender qué había pasado.
—……
Había chocado contra la espalda de Justin. La espalda de su dueño, que estaba sentado en la cama, mirando en silencio hacia la ventana.
El cabello negro, despeinado en todas direcciones. La ropa arrugada. Ni siquiera parecía haber pensado en volver a ponerse la máscara que reposaba junto a la almohada.
—…Ah. Ya despertaste.
Notó la presencia de Ries un momento después. Su reacción fue varios compases más lenta de lo habitual, y los bigotes blancos de Ries colgaron lánguidos a ambos lados de sus mejillas.
‘Se ha ido.’
Giró la cabeza para mirar alrededor del dormitorio, pero no encontró rastro alguno de ella. Decía que quería cantarle una canción de cuna… Jamás imaginó que realmente lo dormiría y se marcharía sin decir una palabra.
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Hola muchas gracias a todos por leer en Newcat ♥