El gato está en huelga - Capítulo 130

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Se sentó con cuidado a los dos sombreros que había traído consigo, colocándolos en un lugar apropiado. Entonces llegó el silencio. Ries no tuvo más remedio que juguetear con los dedos mientras alternaba la mirada entre ambos, atento a sus reacciones.

 

Con Justín hablaba sin problema, pero aquí… la cosa era distinta.

 

Y es que, al fin y al cabo, esto era un asunto familiar, ¿no? Aunque la mayoría de sus recuerdos de cuando era humano se hubieran desvanecido, al menos conservaba el suficiente instinto como para saber que no debía entrometerse a la ligera en momentos como este.

 

—Justín.

 

Por suerte, aquel silencio incómodo no se prolongó demasiado.

 

Fue Hillein quien rompió el hielo. Su expresión parecía cambiar a cada segundo, pero al final logró recomponerse y alzó la cabeza. Desde donde estaba, algo alejada, le hizo un gesto a Justín.

 

—Puedes acercarte y sentarte aquí.

 

—…Pero…

 

—Está bien, de verdad.

 

Aunque se había propuesto no rehuir la conversación, seguía preocupado por su maldición. En su único ojo visible se leía la vacilación.

 

Pero frente a Hillein, que incluso le tomó de la mano para atraerlo hacia sí, no tuvo escapatoria. Sin tiempo para resistirse, acabó sentado a su lado, con el cuerpo rígido como una tabla.

 

—Lo sé. Te preocupa lo que pueda pasar, ¿verdad? Pero estoy bien. De verdad. Así que… me gustaría hablar un poco más contigo, así, de esta manera… y también pedirte perdón.

 

Lo dijo con una sonrisa tenue dibujada en los labios.

 

Solo el inicio fue difícil; después, todo fluyó con relativa calma. Tal vez lo único que necesitaban era un pequeño empujón.

 

A veces se instalaba un silencio ambiguo, cuando se tomaban su tiempo para encontrar las palabras adecuadas, pero al menos la conversación no se rompía. Ries, con las orejas bien atentas, escuchaba cada palabra que cruzaban.

 

Si hubiera que resumir lo que se dijeron, sería algo así:

 

—…Lamento haberme marchado sin decir nada. Imagino que tú también estabas tan confundida como yo.

 

—¿Hmm? No, no te preocupes. Yo habría hecho lo mismo. No tienes por qué disculparte.

 

Una disculpa.

 

—Fui yo quien te engañó, así que en realidad soy yo quien debería pedir perdón… No debí ocultarte algo tan importante. Lo siento mucho. Fui egoísta, no pensé en cómo te sentirías.

 

—Yo… estoy bien. No tiene por qué disculparse.

 

—No tienes que decir eso. Aunque parezca joven por fuera, he pasado mucho tiempo en la Estación de Trabajo, ¿sabes? He visto cómo crecías. Así que no tienes que actuar como un adulto conmigo.

 

—……

 

Otra disculpa.

 

—Cuando te enteraste de que… no me quedaba mucho tiempo, ¿qué sentiste? ¿Me odiaste por no habértelo dicho? ¿Te sentiste traicionado por haberlo ocultado? ¿O… te culpaste? ¿Pensaste que todo era tu culpa?

 

—…No la odié. Tampoco me sentí traicionado. Pero… no pude evitar culparme. Si no fuera por la maldición que llevo dentro, usted no tendría por qué morir.

 

—Justín…

 

—Pero, más que eso…

 

Lanzó una mirada de soslayo. En medio de su frase, Justín desvió los ojos hacia Ries. El pequeño gato, que en algún momento se había acurrucado entre los pliegues del vestido, asomaba apenas la cabeza.

 

Asintió. Su carita redonda se movió arriba y abajo, como dándole permiso para hablar. Justín tomó aire y continuó.

 

—…Pensar que no queda mucho tiempo para mirarnos así, frente a frente… no me gustó.

 

Titubeante, como si pronunciar esas palabras le resultara completamente ajeno, las fue soltando una a una, con esfuerzo.

 

Cuando por fin su mirada dejó de temblar y encontró su sitio, lo primero que vio fue a Hillein, sonriéndole con dulzura.

 

—Ya veo. Gracias por decírmelo con tanta sinceridad… De verdad.

 

Tiró de las comisuras de sus labios con todas sus fuerzas, pero su rostro, curiosamente, parecía triste. Era la prueba de que sentía lo mismo que él.

 

De cualquier modo, habían logrado abrir sus corazones, aunque fuera por un momento.

 

—Durante todo este tiempo no me atreví a decirlo, pero… hay algo que siempre quise contarte. Es sobre mí… y sobre tu padre.

 

—……

 

Hillein, que hasta ahora había evitado con destreza ese tema, lo sacó a la luz sin reservas. Era aquella historia que ya había escuchado una vez, junto a Sepite.

 

—Yo… siempre pensé que no tenía derecho a quedarme a tu lado. Aunque no hacía más que rondarte cuando eras pequeño, paradójicamente, me sentía así.

 

—Si hubiera tenido el valor de enfrentarme a la situación, si hubiera intentado hablar contigo antes, si al menos hubiera sido yo quien castigara a mi esposo… entonces, quizás, él no habría seguido atormentándote incluso después de muerto.

 

—Si no fuera por Ries, si no fuera por el ancestro… no habría tenido el valor de llegar hasta aquí. Y esto es un secreto, pero… en realidad, estoy un poco orgullosa de mí por haberme atrevido.

 

Sonrió, traviesa. Sus ojos se curvaron con dulzura, y en sus mejillas se formaron dos hoyuelos redondos mientras susurraba:

 

—Gracias a eso, he podido verte así. A ti, que ahora tienes a alguien valioso, que sabes desear, que sabes amar. Por eso, nunca he lamentado la decisión que tomé.

 

—…Ah.

 

—¿Dices que sufres por tu maldición, que podrías desaparecer? No. En absoluto. Estuve tan feliz de verte todo este tiempo, que ni siquiera tuve espacio para sentir dolor.

 

—……

 

—Y además… no voy a desaparecer. Cuando llegue el día en que mi cuerpo ya no pueda más, tenía pensado regresar. Solo que no quería que ese día llegara. Cada momento que paso contigo, riendo, hablando así… es tan valioso que no puedo describirlo. Por eso lo fui posponiendo, una y otra vez.

 

Hillein se movió con cuidado. Con una mano acarició a Ries, convertido en gato, y con la otra tomó la mano de Justín.

 

Una mano suave, sin guantes. Con el pulgar, le acarició el dorso con delicadeza. Como siempre, el deseo de no soltar ese instante de paz volvió a asomar.

 

Desde lo más hondo del pecho, una punzada de pesar comenzó a hervir. Quizá Justín también sentía lo mismo. Ella sonrió, procurando no dejarlo ver.

 

—Solo estoy regresando al lugar al que debí haber ido desde el principio. Así que, si no te molesta… me gustaría quedarme a tu lado. Incluso si eso significa que el día de mi partida llegue antes, está bien.

 

Déjame seguir observándote un poco más, ahora que por fin sabes lo que es la felicidad. Déjame disfrutar de este instante milagroso en el que podemos mirarnos, hablar y reír juntos.

 

Si hubiera estado sujetando su vestido, la tela estaría arrugada sin remedio. Y si su cuerpo aún estuviera vivo, sus palmas estarían empapadas por la tensión.

 

Así de intensa era la súplica de Hillein. Aunque le pidiera que no se sintiera culpable, sabía que su hijo no podía arrancarse ese sentimiento del pecho. Aun así, egoístamente, se aferraba a la única cuerda que le quedaba.

 

Y entonces, en el momento en que los ojos rojos de Justín —más cálidos que los del hombre al que tanto se parecía, más cálidos que los del esposo que había visto por última vez— se posaron en ella…

 

—¿Hay algo que desee hacer?

 

—¿Eh? ¿Algo que quiera hacer?

 

Justín, que había permanecido en silencio todo este tiempo, por fin habló.

 

A primera vista, la pregunta parecía fuera de lugar. Hillein ladeó la cabeza, con el rostro lleno de interrogantes, y él, algo avergonzado, desvió la mirada antes de añadir:

 

—Si hay algo que siempre quiso hacer conmigo, no importa qué sea. Si el tiempo es tan corto… creo que deberíamos vivir sin arrepentimientos. Al menos, eso haría yo.

 

—Ah…

 

Hillein se quedó inmóvil. Incluso su mano, que hasta hace un instante acariciaba el pelaje de Ries para calmar la ansiedad que le subía hasta la barbilla, se quedó rígida.

 

Poco después, se movió con torpeza.

 

Miró hacia abajo sin razón, luego volvió a mirarlo a él. Se llevó una mano a la oreja, como si no pudiera creer lo que acababa de oír. Después, como para comprobar que no era un sueño, se dobló un dedo hacia atrás.

 

Claro que su cuerpo ya no podía sentir dolor, así que no sirvió de nada. Pero fue suficiente para convencerse de que no lo había imaginado.

 

—Cosas que quiero hacer… Hay muchas. Muchísimas. Tal vez te moleste con tantas. Pero aun así… ¿harías eso por mí?

 

—Sí. Lo prometí.

 

—Ja, ja… Has crecido tanto. Demasiado. Mi hijo, qué bien has crecido.

 

Y tenía razón. Justín, que ahora tenía a alguien a quien proteger, que había aprendido a desear, a amar, comprendía a Hillein.

 

Sabía lo que era querer estar con la persona amada hasta el último aliento, hasta que el cuerpo ya no pudiera más. Porque él también había encontrado a alguien así.

 

—Ah… qué raro. ¿Por qué, por qué no puedo…?

 

—Está bien.

 

—…Ah, uh…

 

Por eso se quedó a su lado, incluso cuando ella ya no podía sostener la cabeza, como si no pudiera resistir más. Por eso, aunque le resultara torpe, acercó la mano y le dio unas palmadas en el hombro.

 

En cambio, su mirada no tardó en encontrar su destino. Se cruzó justo con los ojos de Ries, que seguía amasando con sus patitas sobre el vestido.

 

—Mmm… nyaa.

 

Ante eso, Ries soltó un maullido ahogado. Su boquita triangular, que hasta entonces había permanecido cerrada con recato, se abrió apenas, dejando asomar un colmillito del tamaño de un grano de arroz.

 

Fue un llanto breve, casi imperceptible. Justín no tenía el don de entender el lenguaje de los gatos, pero por alguna razón, sintió que comprendía perfectamente lo que su pequeño compañero intentaba decirle.

 

“Lo hiciste bien.”

 

La comisura de su boca, curvada hacia arriba en una sonrisa redonda, y sus ojos, que parpadeaban lentamente una y otra vez, parecían decir justo eso.

 

Solo entonces se le escapó un suspiro profundo entre los dientes. Una sensación de alivio, sin causa aparente, le recorrió el cuerpo.

 

  ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

 

Ries alzó la vista hacia Hillein.

 

Aunque tenía el rostro hundido entre las manos y no se le veía bien, era evidente que estaba llorando. Las gotas que humedecían el espacio entre sus dedos brillaban al chocar con la luz del sol que entraba por la ventana.

 

De vez en cuando, alguna lágrima caía, pero se evaporaba en un abrir y cerrar de ojos. Al deshacerse en el aire, parecía decir que incluso esas lágrimas carecían ya de forma tangible.

 

—Meow…

 

¿Y qué importaba eso?

 

Ries extendió sus dos patitas delanteras y dio suaves golpecitos al suelo. La falda mullida del vestido se arrugaba y se alisaba bajo sus patas, una y otra vez.

 

Aunque no tuviera cuerpo, aunque no fuera más que una presencia, este momento, este tiempo que ella compartía con su hijo, no era una mentira. Solo eso bastaba.

 

“Sabía que mi humano lo lograría. Siempre lo supe.”

 

Aunque no pudo ocultar su inquietud cuando Sepite se marchó solo, ahora asentía con descaro, como si nunca hubiera dudado.

 

Todo había salido bien, las preocupaciones se habían disipado, el ánimo había mejorado. Y así, una cancioncilla interna empezó a sonar en su pecho, y un ronroneo suave se escapó por entre sus colmillos apenas entreabiertos.

 

Tenía la sensación de que, a partir de mañana, volvería a estar ocupado.

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